Vera no se contiene
Lara miró el reloj de marco en tono rosa dorado de la pared, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿No venía alguien a las nueve? ¿O me estoy liando?
Mia ni siquiera miró el sistema de citas.
—Vera viene a hacerse la pedicura. ¿La llamo?
—No, tranquila. Nunca llega tarde. Son solo cinco minutos… seguro que ha tenido algún motivo.
Apenas había terminado de decirlo cuando la figura alta y atlética de Vera apareció en la puerta. Entró con prisas, dejando pasar con ella el aire cálido y soleado de la mañana de mayo.
—Perdón… joder. Me ha entretenido uno de esos padres gilipollas —soltó atropelladamente—. Ya sabes, el que se me queda mirando las tetas. Te hablé de él.
Lara asintió, rebuscando en la memoria. En las historias de Vera siempre había al menos un “padre gilipollas”. Algunos miraban escotes, otros se quedaban clavados en los culos, y hasta había habido alguno que no sabía mantener las manos quietas.
—Después de terminar con la niña —por fin consigue encestar bien el balón—, en vez de alegrarse por ella, de felicitarla… el tío se pone a susurrarle a mis tetas lo bien que hace hoy. Pero vamos a ver, ¿qué coño le pasa a la gente?
Dejó caer el bolso en el pequeño sofá junto a la puerta. Mia se sobresaltó con el golpe.
Lara le indicó en silencio que se sentara. El pediluvio, caliente y burbujeante, ya la estaba esperando.
Todos sabían que la fisioterapeuta, directa y de lengua afilada, necesitaba unos minutos para desahogarse. No tenía sentido interrumpirla. Un gesto, un asentimiento bastaban para que supiera que la escuchaban, que les importaba, que estaban pendientes.
—Como siempre: cada uña de un color, baby —dijo de repente, cambiando de tono. Movió los dedos de los pies en el agua con evidente placer—. A los niños les encantó. Sobre todo a mis chicas. Vamos a poner algo neón esta vez, les va a flipar.
Mia esbozó una sonrisa y miró a Nico. Si tuviera que elegir a su clienta favorita, sin duda sería Vera. Porque con la misma intensidad con la que ponía verdes a los hombres, hablaba de sus pacientes con un cariño casi devoto. En sus frases largas y atropelladas convivían sin problema “mis pequeños angelitos” y “los gilipollas de turno”.
—Uf… qué gusto —gimió Vera, cerrando los ojos.
Durante unos minutos se dejó llevar en silencio. Su respiración se fue calmando, la tensión abandonó su pecho. Nico, Mia y Lara parecían contenerse, esperando a que terminara de asentarse. Al final, Vera soltó un suspiro largo y satisfecho: su señal de que ya estaba tranquila y lista para su charla habitual.
—Bueno —retomó, ahora más despacio—, el baboso ese que me mira las tetas también está en una app de citas. A ver, el tío no está mal, está fuerte —flexionó un brazo para demostrarlo—, pero es un imbécil. También se le queda mirando a mi asistente, se le cae la baba, y la pobre es plana como una tabla. Pero a él parece que le da igual: se monta su película y mira lo que le da la gana.
Lara levantó con cuidado el pie de Vera y lo apoyó sobre su regazo.
—Ojo ahí, baby. La otra vez te pasaste un poco —dijo Vera, acomodando el talón sobre la rodilla de Lara.
—Tranquila, esta vez no voy a limar tanto —respondió Lara con calma.
Se abrió la puerta del salón y entró Gael, el masajista. Su cuerpo alto y delgado quedaba algo suelto bajo una camiseta blanca de algodón y un pantalón de lino color crema, ligeramente transparente. Mia se inclinó sobre el mostrador y tomó ambas manos de Gael entre las suyas.
—¡Gael! —se animó Vera—. Qué bien verte. Ya casi se me están quitando los moratones azulados y verdosos de la última vez, cortesía de esos dedos huesudos tuyos. —Le lanzó una mirada con un toque de burla—. Dentro de nada vuelvo a estar lista para otra ronda.
Él esbozó una leve sonrisa.
—¿No eran morados y negros? —preguntó con fingida duda—. ¿O ya son azul y verde? Solo para saber de qué son capaces estos. —Movió sus largos dedos.
Vera se echó a reír.
—Sea como sea, me dolía todo. Y ese crujido… todavía me retumba en los oídos cómo me hacías crujir los huesos. No quiero oír eso ni en sueños…
—Te viene de maravilla. Y a ti especialmente. Te pasas el día agachada, doblada con los niños.
—Paso del crujido, gracias. Pero apúntame para un masaje de cuerpo completo de sesenta minutos, Mia.
Como siempre, Mia dio unos golpecitos con el ratón sobre la mesa y luego hizo un par de clics.
—Listo. El miércoles que viene, a la misma hora: a las nueve.
—Perfecto. A ver si ese padre baboso no aparece ese día y viene la exmujer. No es mucho más lista que él, pero al menos no se me queda mirando los pezones.