Sin raíces. Sin conversación. Algo no encaja.
Niko estuvo a punto de dejar caer el bol de mezcla cuando salió del cuartito del fondo y vio a la joven de cabello naranja tostado con un vestido ligero de flores. Apretó los dedos contra el borde, pero el pincel se le escapó y cayó al suelo con un golpe seco. Creía que estaba solo en el salón. No había oído entrar a nadie.
La mujer inclinó apenas la cabeza, como si registrara su reacción. Niko le dio un segundo, esperando que dijera algo —lo que fuera, aunque solo fuera un hola—, y luego forzó una sonrisa.
—¿Te puedo ayudar?
Ella asintió despacio. En lugar de responder, llevó las manos al pelo, con los dedos abiertos, y —como en cámara lenta— las pasó desde las sienes hacia afuera, deslizándolas por los mechones.
Niko apretó los labios hasta que se le afinaron. Otra imbécil creída, pensó.
—¿Manicura? ¿Pedicura? —preguntó con frialdad, como si no supiera ya que Lara libraba ese día.
—Pelo —dijo la mujer, con una voz fina, ligeramente nasal.
Niko necesitó un momento. Años de experiencia, cientos de clientas, situaciones absurdas a montones… y aun así no terminaba de acostumbrarse a la mala educación. Ni a esa superioridad silenciosa.
Se aclaró la garganta para que no se le notara la irritación. Al fin y al cabo, era una clienta.
—Voy a mirar lo que dejó apuntado mi compañera… a ver qué había que hacer.
A la mujer se le iluminó la cara.
—Vamos a teñir —dijo, casi canturreando.
Niko frunció el ceño ante aquel entusiasmo repentino. Volvió la vista a la pantalla. No es que no hubiera preparado ya exactamente el tono que había pedido antes de que le diera el susto. Asintió un par de veces, con gesto profesional.
—Sí… ya lo veo.
La sonrisa se le quedó en la cara como una máscara bien pintada. Se acomodó en el sillón con movimientos lentos, sin prisa, mientras Niko buscaba en vano cualquier rastro de raíces. No era raro que a una clienta no le gustara el color y volviera a los pocos días para arreglarlo. Pero no era el caso. Tenía que aplicar exactamente el mismo tono. Revisó las puntas: sanas. Claro. Nada fuera de lo normal. Mujeres con dinero y tiempo de sobra que van al salón para matar el tiempo, había muchas.
La mujer seguía cada uno de sus movimientos con una satisfacción tranquila, los labios entreabiertos dejando ver los dientes. Sus miradas se cruzaron un instante en el espejo. Un escalofrío le recorrió la nuca a Niko. En esos ojos verdes no había dónde posarse. La luz podía reflejarse en ellos, pero no se abrían, no dejaban pasar nada: devolvían la mirada sin más.
Niko se acercó al mostrador como si buscara algo y subió un poco el volumen de la radio. La mujer cerró los ojos y esperó.
*
—¡Hola! —jadeó Mia al entrar—. Estoy empapada… por fin —añadió, medio riéndose.
Dejó el bolso en el mostrador y desapareció en el baño. Niko ni se inmutó. Se sabía la escena de memoria. Y, curiosamente, la mujer tampoco mostró interés por lo que ocurría a su alrededor. Ni siquiera abrió los ojos para ver quién había llegado.
Al poco, Mia pasó al cuartito estrecho y de ahí a la pequeña cocina, desde donde gritó:
—¿Alguien quiere café?
Niko miró, desconcertado, cómo la mujer levantaba la mano.
—Mia —dijo—, ponle un café a la clienta, por favor.
—¿Cómo lo quiere?
—En taza —respondió Niko, seco. Que no se ponga exquisita. Bastante tiene con que le demos algo, añadió para sí.
No hubo más preguntas desde la cocina. Unos minutos después, Mia salió con una taza grande. En el platillo, un sobre de azúcar moreno y una monodosis de nata.
Niko puso el temporizador con rapidez y se dejó caer en la silla del mostrador, fingiendo estar ocupado.
—Necesito el ordenador un momento —dijo, mirando de reojo a Mia, que seguía de pie en medio del salón con la taza en la mano.
Mia se encogió de hombros y se sentó en el sofá. Ni siquiera lo miró. Cuando Niko se ponía así, lo mejor era no acercarse.
La espera, el lavado y el secado transcurrieron en silencio. Poco a poco, la tensión fue desapareciendo. La irritación que le rascaba por dentro se fue apagando, y el silencio acabó convirtiéndose en algo casi agradable, como un recogimiento.
Cuando terminó, la mujer se levantó de un salto, en completo contraste con la lentitud que había mostrado antes. Apartó la silla y se colocó frente al espejo. Con desafío, se miró directamente a los ojos y recorrió su rostro con los dos índices, desde la frente hasta la barbilla.
Se giró ligeramente, doblando la pierna más cercana al espejo, apoyando la punta del zapato en el suelo. Posó la mano en la rodilla y la deslizó despacio por el muslo, hasta que el vestido subió apenas un poco. Hizo girar la cabeza en un movimiento lento mientras la lengua rozaba sus labios.
Niko y Mia observaban la escena conteniendo la respiración. Para ella, el mundo había dejado de existir. Al final, giró sobre sí misma en ambas direcciones, examinándose desde todos los ángulos, y asintió con una sonrisa satisfecha.
Con la mirada perdida, se acercó al mostrador. Sacó el teléfono del bolso y miró directamente a Mia.
—Pago con tarjeta.
La pequeña reverencia, casi teatral, con la que se despidió no sorprendió ni a Mia ni a Niko. No había otra forma de cerrar una escena tan absurda.