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El salón – Parte 15

Falsa alarma

La lluvia caía como una cortina suave que separaba el salón del ruido de la calle. Lara esperaba a su primera clienta con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Nico se mecía adelante y atrás en el sillón, con las manos flojas sobre el regazo. Mia se hundía en el respaldo de su silla, con los ojos cerrados. Bostezó enorme. Soltó el aire despacio, con gusto.

Lara se llevó el dorso de la mano a la boca y, perezosa, imitó a Mia. Nico intentó contener su propio bostezo, pero la cara se le torció en una mueca.

—Perdón —canturreó Mia.

—Mierda —masculló Nico para sí. —Vine a hacer el pedido y aquí estoy, en las nubes.

—¿Por qué no usas la app de inventario? —se extrañó Lara.

—Para eso tendría que llevarla al día…

—Puff —rio Mia por lo bajo.

—Puedes configurarla para saber cuánto se gasta de cada producto en cada servicio —siguió Lara, con un deje de reproche.

—Eso es. Debería configurarla.

Mia se enderezó y giró todo el cuerpo hacia Nico.

—¿La configuro yo? Sabes que me encanta este tipo de cosas.

Nico hizo un gesto con la mano.

—No puedo ser tan vago.

—Esto no es vagancia —ronroneó Mia. —Es que no tienes paciencia. Yo sí.

Lara puso los ojos en blanco. El entusiasmo de Mia siempre le arrancaba una sonrisa. La recepcionista consideraba a Nico un talento nato y no se cansaba de admirarlo.

—Uf —irrumpió en el salón un hombre de mediana edad, con el pelo revuelto.

Nico le miró los mechones despeinados, luego echó un vistazo sorprendido al reloj, y después a Mia. Frunció el ceño con severidad, su mirada se endureció mientras la recepcionista tecleaba frenéticamente con el ratón sobre la mesa.

—Un momento —tartamudeó Mia, buscando desesperada la cita del cliente.

Lara observaba con preocupación a su colega, alterada. ¡Hacía tanto que no se equivocaba en nada!

Mientras tanto, el hombre se volvió, dudoso, hacia Lara.

—Yo… lo siento muchísimo —chilló Mia. —No está anotado. Metí la pata en serio.

—Lo resolvemos —dijo Nico, levantándose del sillón. —Venga conmigo, por favor —e hizo un gesto hacia el lavacabezas.

Los labios del hombre se entreabrieron, pero de ellos no salió más que un gemido apagado.

—Menos mal que no vino nadie más —tartamudeó Mia, con la voz quebrada por la vergüenza. —Tome asiento, por favor.

El hombre miró a Lara, desesperado.

—Yo… —titubeó.

—¿Qué es lo que hacemos hoy? —se apresuró Nico a echarle una mano.

El hombre tragó saliva.

—Los pies…

Mia se echó hacia atrás. Nico se quedó mirando al hombre, desconcertado.

—Entonces siéntese conmigo —lo invitó Lara con voz suave.

El hombre se acomodó, incómodo, en el sillón, mientras Lara hacía todo lo posible por distraerlo de ese comienzo tan bochornoso.

—Espero haber puesto bien la temperatura del agua. —Le tocó la rodilla con suavidad. —¿Prefiere el masaje más fuerte? ¿O más suave? ¿Cómo le gusta?

—La verdad, no sé —se encogió de hombros el cliente, ladeando un poco la cabeza. —Está bien así, como está.

—Genial. Entonces solo tiene que relajarse.

Un suspiro hondo y cansado escapó del hombre.

—Me vendría bien.

La tristeza de su voz recorrió todo el salón. Mia dejó el teléfono. Nico deambulaba sin rumbo entre el sillón y el lavacabezas. Lara observaba el rostro cansado del hombre con una sonrisa comprensiva.

—Este tiempo de lluvia agota a cualquiera.

—A mí me han agotado las últimas semanas. Si supiera que una cita me iba a costar dos dientes, le juro que ni me molestaría en buscar pareja. Eh… —hizo un gesto de fastidio con la mano.

Lara, Mia y Nico se sobresaltaron a la vez, como si les hubiera dado una descarga eléctrica. Sus miradas saltaron, inquietas, de uno a otro. El hombre no pudo dejar de notarlo.

—¿No me creen?

Se removió, incómodo. Miró, azorado, primero a Lara y luego a los otros dos.

Lara se inclinó hacia delante.

—Pero, ¿qué pasó en esa cita? —se le escapó.

Mia y Nico se acercaron también, sin poder evitarlo. El hombre se pasó la mano por el pelo revuelto. Su boca se torció en una sonrisa irónica, como si estuviera reviviendo la escena.

—Esa mujer… —negó con la cabeza. —Es como una explosión nuclear. Ya ni recuerdo cómo nos conocimos. O fue por una app de citas, o en el taxi, mientras trabajaba. El caso es que terminamos quedando. Y cómo jura esa mujer… Creo que ni se da cuenta. Eso solo ya debería haber sido una señal de alarma. —Suspiró. —Claro que yo nunca hago caso ni a mi instinto ni a los buenos consejos. La invité a salir. Y esa mujer vio a un tipo por ahí, quiso esconderse detrás de mí, y me empujó con tanta fuerza —que conste que medía casi dos metros— que me di de cabeza contra la barra. ¿Alguna vez se le ha roto un diente? Un dolor de locos. Y sangre como para una película de terror.

Mia no pudo contener la curiosidad.

—¿Y luego? —preguntó con los ojos brillantes.

El hombre pareció darse cuenta recién entonces de que no solo Lara, sino todos los demás, lo escuchaban conteniendo la respiración. Se volvió hacia la recepción, sorprendido, y después abrió los brazos, avergonzado.

—Me arreglé los dientes…

—¿Y ella pagó? —interrumpió Mia.

Lara le lanzó una mirada fulminante. Mia se encogió en la silla, avergonzada. Nico carraspeó, impaciente, pero no esperó a que Lara lo fulminara también a él. Dio media vuelta y se metió en la cocina. Nadie tenía por qué saber que se quedó pegado al otro lado de la puerta.

Mia lo vio, pero estaba completamente de acuerdo con el peluquero. Por fin iban a conocer la historia entera. Ya conocían la versión de Vera y el padre mirón, pero sin la versión, ya famosa, del taxista con el diente roto, la historia no tenía sentido.

—Al principio no quería. Es más, me vino con que la sangre le había arruinado la ropa. Hasta me amenazó a mí, con dos agujeros en la boca. Después, de un día para otro, me pagó. Reconozco que no me importa, porque todo fue tan bochornoso que ni se me pasó por la cabeza cobrarle la factura del dentista. Y mucho menos denunciarla. Creo —añadió, sonrojándose—, que si me hubiera vuelto a sacar el tema de la ropa una vez más, se lo habría pagado también, con tal de librarme de esa mujer…