Rabia, rebeldía y desesperación
Ben me llamó el lunes por la mañana. Tampoco es que fuera para agradecerle nada. Según él, yo había quedado en devolver el catálogo terminado el 29 de mayo, pero juraría que recordaba el 9 de junio. Me habló como si fuera una cría que acaba de derramar el cacao sobre una alfombra persa blanca inmaculada. Se le notaba en la voz que le habría encantado ponerme verde, pero no podía permitírselo. La traducción seguía en mis manos. Eso sí, dejó bien claro que estaba «tremendamente decepcionado». Vale. Lo dijo. En parte tenía razón, pero que le den igual. ¿Por qué no me avisó el viernes? Si me hubiera puesto a trabajar toda la noche, lo habría tenido el sábado. ¿Qué demonios estaba esperando hasta el lunes? Encima me soltó que estaba plantado en la imprenta sin saber qué decirles. Pues que les dijera: «¡Buenos días, imprenteros!», joder.
Así que no pegué ojo de lunes a martes. Terminé ese catálogo miserable y asqueroso a las siete de la mañana. Juro que en mi vida quiero volver a hacer esa mierda. Es más, ni siquiera quiero volver a verlo. El año que viene, cueste lo que cueste, no lo acepto. Aunque me despidan por eso.
Después de enviarlo, no conseguí dormir bien. Me sentía como al día siguiente de una fiesta salvaje. O peor, incluso. Todo mi respeto para quienes trabajan en turno de noche. Yo no sobreviviría.
Con eso perdí prácticamente dos días enteros. Claro que mientras tanto también seguía con el proyecto de la telecom, y media mañana del miércoles se me fue corrigiendo errores. Lo cual me llevó a otra noche en vela. Y luego a otra más. Parecía que aquello no iba a terminar nunca.
Si no fuera por Ryan, no sé cómo habría sobrevivido a esta semana.
Mi cariño me llamó el lunes muy temprano para decirme que quería pasarse por casa. Mi primer pensamiento fue: Dios, no. No quería que mi rabia hacia Ben, el pánico y la autocompasión me arruinaran el poco tiempo que podíamos pasar juntos. Pero un segundo después cambié de idea. ¿Qué mejor remedio para ese estado de ánimo que el sexo?
Pues… me equivoqué. Fue indescriptiblemente bueno verlo por fin, abrazarlo, acurrucarme contra él, pero cuando media hora después salió por la puerta, casi me muero. Quería con locura que se quedara. Pero no pude decírselo. No pude demostrarlo.
También quería pasarse después del trabajo, pero tuve que elegir traducir en su lugar. Quería venir después del trabajo otra vez, pero tuve que seguir trabajando.
El miércoles por la noche por fin recuperamos los días perdidos. Pude abrazarlo largo rato, rodearlo con mis brazos, acariciarlo. Necesitaba sus brazos fuertes. Su forma de sujetarme. Necesitaba que, por una vez, alguien no me pidiera nada. Necesitaba que, aunque fuera un rato, acallara en mí las palabras horribles de Adele y la «tremenda decepción» de Ben.
—¿Te quedas a dormir hoy? —se me escapó.
—¿Por qué? ¿Has cumplido con tu cupo diario? —contestó él sonriendo.
Me enredó los dedos en el pelo, y luego los abrió despacio y los deslizó por él. Se me puso la piel de gallina. Quería que se quedara. Que me acariciara, me abrazara, me mimara hasta el amanecer. En vez de responder, lo besé. Él no volvió a preguntar. Con suavidad me tumbó de espaldas y se inclinó sobre mí.
Quizá sea porque es mayor que yo. Quizá porque tiene hijos. Sea cual sea el motivo, Ryan sabe mantener la cabeza fría incluso cuando la tentación es fuerte. No se quedó a pasar la noche, porque sabía que así me hundiría todavía más en el trabajo. No le había contado nada sobre la bronca de la semana pasada con la telecom ni sobre el numerito de Ben el lunes por la mañana, pero por las pocas frases sueltas que se me escaparon, entendió perfectamente que no estaba nada bien.
En cuanto a Adele, sabe de sobra que se pasó de la raya. Desde entonces está desaparecida. No he sabido nada de ella. La conozco. Tiene buen corazón, pero es incapaz de admitir cuando se equivoca. Y pedir perdón, desde luego, no es lo suyo. En fin. Que se cueza en su propia salsa hasta que reúna el valor de venir arrastrándose a pedirme perdón. Hay cosas que no se le dicen a nadie. Y menos a tu mejor amiga.
Por eso me sorprendió que el viernes por la noche, ya bastante tarde, me llamara Ben. Acababa de despedir a Ryan cuando sonó el teléfono. En cuanto vi su nombre en la pantalla, se me cayó el alma a los pies.
¿Qué demonios querrá ahora?
—¿Qué tal si hacemos las paces? —preguntó sin más preámbulos.
—Yo no me he peleado con nadie —respondí secamente.
—Vaya, qué frío suena tu voz, se me ha congelado hasta la oreja.
Me tapé la boca con la mano para contener una carcajada que amenazaba con escapárseme. Ni hablar. De verdad que no soy ninguna cría que se reconcilia en cuanto le sueltan un chiste tonto. Aunque la culpa fuera mía.
—Ah.
Decidí que no diría nada más. Que hablara él. El adulto era él…
—¿Ah? ¿Eso es todo? ¿Ah? —fingió sentirse ofendido.
Suspiré hondo.
—Siento el retraso, como ya te expliqué en el correo. Pero, ¿sabes? —tragué saliva—. Si me hubieras avisado el viernes, no habrías tenido que llamarme el lunes desde delante de la imprenta…
Silencio sepulcral. Se me heló la sangre.
—No te llamé desde la imprenta.
Aparté el teléfono de la oreja y solté el aire sin hacer ruido. Esperé unos segundos hasta lograr recomponerme.
—Lo sé.
Resopló al otro lado de la línea, como si contuviera la risa.
—Por cierto, quedó perfecto. Me encanta.
—Me alegro.
—Entonces, ¿hacemos las paces con una escapada en velero? La exposición es el próximo fin de semana, estás más que invitada, y el sábado siguiente zarpamos. ¿Qué me dices?
Era demasiada información para asimilar, procesar y sopesar de golpe. Así que ni lo intenté.
—Suena genial —solté.
¿A que sí?
¿A quién le importa el trabajo perdido? ¿El cansancio que se te mete hasta los huesos? ¡Vamos a hacer planes, que dormir es cosa de débiles! Las chicas duras como yo, que hacemos el trabajo de tres personas a la vez, no perdemos el tiempo en tonterías como descansar. En vez de eso, nos reímos con unos vejestorios en una exposición de mierda, y luego nos vamos a navegar…
Dios, no estoy bien de la cabeza.
Ya encontraré la manera de escaquearme.
Aun así, se me quitó un peso enorme de encima. Sencillamente no soporto que se enfaden conmigo. Estaba deseando que llegara el día siguiente para por fin poder acostarme con Ryan sin reprimirme. Quería demostrarle que la pasión salvaje no se había apagado en mí. Solo estaba enterrada bajo la montaña de críticas que había cargado sobre mis hombros en una sola semana. ¿Quién no acabaría hecho polvo con eso?
*
—¿Cuántas relaciones serias has tenido? —preguntó Ryan, cuando por fin se le calmó la respiración y los latidos del corazón.
Me pilló desprevenida. Después de un… ejem… asalto más intenso de lo habitual, no era precisamente la pregunta que esperaba.
Fingí que lo pensaba. Y de hecho lo pensé. Primero, por qué querría saberlo. Luego, cuál sería la respuesta correcta. No quería mentir. Al final llegué a la conclusión de que la relación de seis meses que tuve en el instituto, que en su momento me pareció una eternidad, probablemente no significaba lo mismo después de un matrimonio de quince años.
—Hasta ahora nunca quise comprometerme de verdad —solté al fin, tras un silencio incómodo—. En la universidad era mucho más cómodo tener relaciones esporádicas.
Dios mío… ¿por qué demonios dije eso? Sonó como si el único motivo por el que alguien no se hubiera acostado conmigo fuera que no había querido.
—Ya veo —susurró, y me besó la frente.
Y ya está.
Joder.
De verdad que no estoy bien de la cabeza.
En vez de decir simplemente uno. O dos. Total, nunca lo comprobaría. ¿Dónde iba a buscarlo, en el Gran Catálogo Nacional de Relaciones?
No le devolví la pregunta. Solo esperé en silencio a que cambiara de tema. Por desgracia, Ryan tenía otros planes.
—Yo soy más del tipo apegado. Me gusta sentir un vínculo fuerte con mi pareja. Aunque, la verdad, eso también tiene sus ventajas —dijo, dándome una palmadita juguetona en el hombro.
Tragué saliva. Quería decirle que eso ya no era así, para nada. Que no era una universitaria, que me había graduado hacía tres años y que desde entonces había madurado bastante. Pero no me salió la voz.
Da igual. De todas formas, no vale la pena ponerle etiquetas a las relaciones. Al menos, en mi opinión.