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El diario de Emily – Entrada 22

Dos mensajes

Algo había cambiado en mí. Ni siquiera sé cómo ponerlo en palabras exactamente. Era como si se hubiera abierto una puerta hacia un mundo completamente distinto, nuevo, emocionante. El lunes me levanté media hora antes, solo por si a Ben se le ocurría invitarme otra vez a navegar, para poder ir sin líos. No me paré a pensar por qué me llevaría con él, suponiendo que ni siquiera saliera a navegar. Simplemente esperé.

Tres semanas enteras después, me llamó Mark.

—¿Cómo vas con el curro? ¿Ya lo entregaste?

Torcí la boca.

Al menos podría fingir que le importaba. Fingir que algo más allá de sí mismo le interesaba de verdad.

—El proyecto dura hasta finales de agosto.

Soltó un silbido entre dientes, exagerando claramente el papel.

—Uy... ¿todo el verano currando? ¿Ni un día libre?

Claro. Sigue así. Disfrútalo.

—Esta vez lo aguanto.

—¿Cuánto dijiste que era, otra vez?

Gilipollas. Sé perfectamente que nunca le dije la cifra. Y menos a él. Sea lo que sea, para Mark es calderilla.

—El triple de mi sueldo.

—No está mal —murmuró, todavía fingiendo interés.

Me molestó muchísimo. Y aun así, echaba de menos nuestras noches juntos. Nuestras tardes. Lo que fuera. Sé que ahora mismo estoy hecha un desastre emocional, y que por eso no pasamos tiempo juntos. No podría soportarlos ahora mismo. Y menos sus quejas. Sofia es la única que nunca se queja. Solo hace lo suyo y se adapta a todo y a todos.

Ella sí podría venir. Limpiar en silencio, lavar, plancharme la ropa hasta dejarla oliendo bien, como hace con Mark. De paso, cocinar para varios días. Sacudí la cabeza. Era hora de volver a la realidad.

—¿Qué? ¿Perdón?

—No dije nada. ¿Estás bien? —se extrañó Mark—. Por cierto, estoy cerca. ¿Me paso?

Lo pensé un segundo.

—¿Sabes qué? —me animé—. Ven. Pedimos algo, y luego sigo trabajando.

Me pareció mejor dejar las condiciones claras desde el principio. Me habría gustado añadir: nada de quejas, nada de sacar nuestro pasado, y a Adele ni se te ocurra mencionarla. Pero para entonces ya había colgado. Solo esperaba que fuera buena compañía y no me arrastrara con él al fango.

No sé dónde estaba eso de "cerca", pero sospecho que llamó desde la puerta del edificio. Apenas nos habíamos despedido cuando ya sonaba el telefonillo. Se dejó entrar con mi código.

—Madre mía, Emily... —me miró, incrédulo—. Parece que te haya pasado por encima una apisonadora. Joder, qué mala cara tienes.

—Que te den.

—Va, en serio. —Abrió los brazos—. Ven aquí.

Se acercó y me abrazó fuerte. Me niego a creer que tenga tan mala cara. Unas veces me acariciaba la cabeza, otras me daba palmaditas en la espalda, como si fuera una niña pequeña. No tenía ni fuerzas ni ganas de resistirme.

—¿Pasta King? —musité, casi contra su axila.

—Por ti comemos hasta pescado muerto —ronroneó.

No me hice de rogar. Me solté de su abrazo y corrí a la cocina. Despegué de la nevera, sujeto con un imán, el menú del sushi.

—¿Te pido algo a ti también?

En vez de responder, hizo un gesto con la mano y se fue hacia el balcón.

Era como si Mark también hubiera cambiado. Igual nos estamos haciendo mayores. A medida que nos acercamos a los treinta, ¿por fin empezamos a madurar un poco? No se quejó de Sofia. No soltó ni un comentario borde sobre Adele, aunque ahora mismo yo también estoy furiosa con ella. Simplemente fue un buen amigo, con quien pude pasar hora y media tranquila. Hablamos de cosas ligeras, alegres. Nos centramos en el presente. La comida. El verano. Las vistas al río. En lo cómoda que es de verdad nuestra vida.

Cuando lo acompañé hasta el coche, lo abracé largo rato.

—¡Adiós, chicos!

Ryan nos saludó. Iba hacia su coche.

Ahora sí que sabía saludar bien alto y claro. Lo que yo digo. Todo el mundo está pasando por algún tipo de cambio.

Lo mejor de mi semana fue Thessa. Ella también me llamó desde el aparcamiento de delante del edificio, el jueves por la noche. Por lo visto es así de obvio que no tengo vida fuera de mi apartamento.

Como en una peli de intriga, me subí al coche a su lado, y ella me puso en las manos un sobre grueso.

—Cuéntalo —me ordenó, con una sonrisa maliciosa.

Si no fuera tan hija de puta, hasta la envidiaría. Puede que hasta la admirara. Pero ella se aferra sin falta a su carácter horrible. No cambia ni un poco.

Da igual. Me lancé sobre el fajo de billetes. Los conté con las fosas nasales bien abiertas. Luego otra vez. Había mucho más de lo que habíamos acordado.

—¿Algún problema? —preguntó, con retintín.

—¿Esto ya incluye el próximo mes?

Negó con la cabeza.

—Están encantados contigo en la teleco, y Ben también te puso por las nubes, así que te añadí un poco más.

Luego, como si estuviera a punto de seducirme, ladeó la cabeza y arqueó las cejas. Me quedé sin palabras. Por dentro, claro, gritaba de alegría.

—Gracias —musité.

—Solo que no se te suba a la cabeza —añadió.

Toda una aguafiestas.

En cuanto se cerró de golpe la pesada puerta del portal detrás de mí, subí corriendo hasta el tercero. Ni se me pasó por la cabeza esperar el ascensor. Subí los escalones tan rápido como pude. Me quité los zapatos a patadas, sin aliento, nada más entrar en el apartamento. Giré la llave en la cerradura, me dejé caer en el sofá y vacié todo el contenido del sobre sobre la mesa de cristal. Entrelacé las manos. Me quedé mirando el montón desordenado. Nunca había tenido tanto dinero en efectivo junto en toda mi vida. Luego hundí las manos en él. Agarré un buen puñado, bien hondo, y dejé que los billetes cayeran de vuelta sobre la mesa.

Me levanté de un salto, vibrando de emoción, y di vueltas por el salón. ¿Qué demonios podía comprarme ahora mismo, algo que por fin me hiciera sentir que de verdad gano bien? Algo que pudiera tener en mis manos al instante.

Durante un rato, solo hubo una nube negra dándome vueltas en la cabeza.

Entonces se me ocurrió.

Volví a plantarme delante de la nevera y busqué el catálogo más reciente del distribuidor de bebidas. Un set de ginebra rosa en botella decorativa, con copas de regalo a juego. Con su tónica rosa correspondiente. Por una pequeña fortuna. Eso sí, había que pagarlo por adelantado, pero bueno.

Aun así, lo compré con ese dinero.

En cuanto llegó, me duché y me puse la bata de satén. Salí al balcón y, con el pecho hinchado de orgullo, bebí a sorbitos sobre la ciudad iluminada.

Después de la tercera copa, se me metió el diablillo dentro.

No sabía si escribirle a Ryan o a Ben. Así que les escribí a los dos.

A Ryan, esto:

«El marido de mi amiga Sofia —ya sabes, al que acompañé a la puerta cuando tú llegabas— dijo que te pareces a Ryan Phillippe. Yo creo que tú eres mucho más guapo...»

Y a Ben, esto:

«¡Hola, Ben! Tengo que preguntarte, ¿ya vendiste ese yate azul? Porque si es así, voy a tener que cazar al nuevo dueño...»

Uf.

Lo sé.

Qué vergüenza.

Esto es lo que hacen juntos el dinero y el alcohol. De repente te sientes más fuerte y más buena de lo que en realidad eres.

Ryan contestó como una hora después.

«Jaja, qué corte tener que buscarlo para saber quién era. La verdad es que se parece, pero por desgracia yo no tengo tanto carisma. Pero gracias.»

Y ya está.

Joder.

Y yo que pensaba que en cuanto lo leyera, vendría corriendo a mi casa y no se iría hasta la mañana siguiente.

Y en cambio... «Jaja». Y... «Gracias».

Pensé que iba a explotar.

Y Ben... Nada.

Sigue sin decir nada.

Qué vida de mierda.

Menudo ridículo hice.

Intento consolarme pensando que pronto se le olvidará. Y que el año que viene, desde luego, no vuelvo a encargarme de su catálogo.

Bueno, y con mirar el dinero en la caja fuerte.

Y con ginebra, claro.

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?

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