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El diario de Emily – Entrada 23

Bajo la piel

Me di cuenta de que nunca había estado con un hombre de verdad. De esos que son hombres de la cabeza a los pies, las veinticuatro horas del día.

Una mañana sonó el telefonillo. Abajo esperaba un mensajero con un paquete.

Sobre la dirección solo habían escrito una palabra: Emily.

Desconcertada, lo recogí. Desenvolví el paquete con cuidado. Dentro había unos prismáticos. Nada más. Ni nota ni remitente. No tenía ni idea de quién podía habérmelo enviado. Ni siquiera abrí la caja. La dejé en el recibidor, por si alguien reclamaba que se había equivocado de dirección, aunque, a juzgar por el nombre, parecía poco probable.

Poco después sonó el móvil. Ben. Me quedé helada.

¿Y si llamaba para sermonearme otra vez? Sobre eso de no mandar mensajes idiotas, borracha, a hombres de más de cuarenta.

Por un instante casi no contesto. Al final ganó la curiosidad.

—¿Tienes ventana al río? —preguntó con la voz insólitamente excitada.

—Claro. ¿Por qué?

—Coge los prismáticos, rápido, y mira al agua. ¡Date prisa!

Su excitación se me contagió al instante. Sin pensarlo corrí a por la caja, la rasgué, saqué los prismáticos y en un par de saltos ya estaba en la terraza.

—¿Y bien? —me apremió.

—Espera... —jadeé, mientras sujetaba el teléfono entre la oreja y el hombro e intentaba, desesperada, enfocar los prismáticos.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que me tembló todo el pecho.

Se me abrió la boca.

Era el yate azul.

—Joder... —susurré con la voz ronca.

—¿Lo ves? —preguntó casi sin aliento.

—Sí... —exhalé.

—¡No lo pierdas de vista! ¡Ya casi lo alcanzo!

Unos segundos después apareció detrás de él, a toda velocidad, una lancha motora. Lo adelantó, y cuando ya lo había dejado bien atrás, giró de golpe y se le acercó de frente.

En el fondo sabía que aquello no era una persecución real. Pero mi cerebro se lo creyó de todos modos, sin rechistar, tragándose todo lo que le ofrecían mis ojos. Temblaba de la emoción. Casi se me olvidaba respirar.

La lancha por fin se puso a la altura del yate.

—¡Lo tengo! ¡Lo he recuperado! Ahora voy a desaparecer un tiempo, todavía tengo un par de cosas que resolver... —soltó de un tirón, y antes de que pudiera decir nada, colgó.

Yo me quedé ahí plantada, mirando el agua. Ni siquiera recuerdo si llegué a ver cómo los dos barcos se perdían de vista.

Me dejó a la vez conmocionada y eufórica.

Durante días pensé que había hecho el ridículo.

Y mientras tanto, él estaba organizando todo esto.

Le daba vueltas a los prismáticos entre las manos, sonriendo.

¿De verdad existe esta clase de cosas?

A partir de ahí me costó un mundo concentrarme en el trabajo. Lo que de verdad quería decirle era: Mira, Ben, esto ahora mismo no me viene nada bien. Necesito tranquilidad hasta finales de agosto. Aguanta mes y medio más, por favor. Después me apunto a cualquier aventura, pero ahora no me remuevas así.

Mientras tanto, claro, esperaba en ascuas su siguiente movimiento. Estaba claro que el gran robo del yate no era el final de la historia. Ben no hace las cosas a medias.

El viernes por fin se apiadó de mí y me mandó una foto del yate azul.

«Todo bien. Lo recuperé, y lo guardo para ti. La puesta de sol ya la viste desde ahí. ¿Tienes curiosidad por el amanecer también? Si es que sí, te lo enseño el sábado a primera hora.»

Lo leí una y otra vez, aturdida, con la cara ardiendo. Cada vez que llegaba a «y lo guardo para ti», el corazón se me aceleraba. La media frase más bonita y emocionante de mi vida.

Y eso que no quiero nada de él.

Es mayor.

Y encima ya ando enredada con Ryan. Si es que a esto se le puede llamar enredo. No había vuelto a escribir desde entonces. Bueno, una vez sí, para decir que se iba de vacaciones con los niños.

Para colmo, Adele también dio señales de vida, diciendo que quería hablar. No me apetecía lo más mínimo, pero la conozco bien. Si no le seguía la corriente, tarde o temprano me acabaría echando encima todo el marrón, y al final la culpable sería yo. No tenía ningún ánimo para otra función de teatro, pero quería quitarme de encima la reconciliación de una vez. Necesitaba a mi amiga. Ya no podía cargar con tanto yo sola.

Mis horas de sueño se habían quedado fijas en cinco. Y mi paciencia, por los suelos. Temía que la visita de Adele acabara en gritos o tirones de pelo. Supongo que ella también lo intuía, porque esta vez se acercó casi arrastrándose, con una sonrisa tímida. Volvió a traer comida del restaurante de Dave. Esta vez hasta miró lo que había dentro de las cajas.

Sopa de guisantes, filete de atún a la plancha con verduras y, de postre, mousse de fresa. Nos pusimos a comer como si no hubiera pasado nada. Mientras comíamos, solo hablamos de cosas del día a día.

Se podía cortar la tensión con un cuchillo.

—¿Quieres un café? —le pregunté después del último bocado.

Fingió pensárselo.

—¿Tienes ron para acompañarlo? —preguntó como quien no quiere la cosa.

Se me arquearon las cejas.

—¿De dónde lo iba a sacar? En casa solo tengo ginebra. Y los vinos de Mark.

Torció la boca.

—¿Le echamos ginebra?

—¡Puaj! ¿Te has vuelto loca? —Saqué del armario la preciosa botella decorativa—. Esto no se puede mezclar así como así.

Me la quitó de las manos. Sirvió un buen chorro en el vaso.

—Joder... ¿de dónde has sacado esto?

Me erguí, orgullosa, y luego saqué también las copas a juego.

—Cobré mi primera paga. Con una bonificación extra encima. Quería estrenarla contigo. Pero claro...

Se le venció la cabeza hacia delante, sin fuerzas.

—Lo sé, joder. Fui una imbécil. El examen me está machacando, la secretaria de Dave, que es una arpía, me está machacando, y encima de mi propio curro me endosa el suyo. Lo siento. Estoy hecha polvo de los nervios.

Entrecerré los ojos mientras la escuchaba. Al final ya solo la veía por una rendija estrecha, siguiendo aquella defensa acompañada de aspavientos frenéticos.

Total: el examen. Dave. La secretaria.

Ella no.

Tampoco esta vez.

Nunca.

—Yo también estoy agotadísima, ¿sabes? —dije en voz baja—. Casi no duermo ya.

Levantó una ceja, hundió la barbilla.

—¿No sabes organizarte el tiempo, o qué?

No podía creer lo que oía.

—¿Sabes que me salió lo del catálogo del vendedor de barcos...? —tuve que pararme, porque al decirlo en voz alta sentí un escalofrío agradable recorriéndome entera. Carraspeé—. Eso se sumó al trabajo de telecomunicaciones.

—¿Eso no lo llevas haciendo ya años? —preguntó, cortante.

—Sí.

Puso cara de no entender nada.

Lo dejé correr. No lo va a entender nunca. O no quiere.

Para ella solo existen los abogados, los médicos y los altos directivos de las multinacionales. Solo esos tienen de verdad mucho trabajo. Todos los demás solo fingen trabajar.

Me acordé de lo desconcertada que se había quedado cuando, después de mi carrera de Económicas, saqué también el título de traductora. Pensé que desde entonces me vería de otra manera. Por lo visto me equivocaba. Para ella sigo siendo solo una traductora.

Durante una fracción de segundo pensé en intentar hacerle entender la responsabilidad que supone entregar un catálogo a tiempo. Luego lo dejé pasar. Hasta finales de agosto, nada de dramas. Después ya arreglaré mis relaciones. Hasta entonces, contaré con cada uno según lo que sea capaz de dar.

—Bueno —zanjó Adele—. Centrémonos en el verano. La semana que viene podríamos hacer una cena ligera en tu casa una noche. Con lo bonito que es sentarse en la terraza en esta época.

—Buena idea —asentí.

A lo mejor la cancelo.

*

El viernes por la noche sencillamente no conseguí dormir. Temblaba de la emoción. O del agotamiento. Ya ni yo misma lo sabía. Me quedé hasta el amanecer con la vista clavada en el techo. Quise pintarme las pestañas para sentirme un poco más guapa, pero en cuanto me toqué el rímel se me saltaron las lágrimas, así que lo dejé correr también.

Desde que vi a Ben junto a su coche hasta que me llevó de vuelta a casa, fue como flotar en una especie de sueño extraño e hipnótico. Su olor. La fuerza de sus brazos cuando me ayudó a subir al barco, y de nuevo después, cuando me ayudó a bajar. Su voz, que me recorría la espalda con un cosquilleo suave. A veces me sorprendía mirándole la boca. Su mandíbula ancha y varonil. Su pelo espeso y sano.

El amanecer fue precioso, pero no fue más que decorado frente a lo que me recorría por dentro, a nivel celular.

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?

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