El secreto de la azotea
—¡Dios, qué calor! —jadeó la mujer de pelo espeso y rizado que le llegaba hasta el trasero, mientras prácticamente se desplomaba por la puerta.
No miró a nadie, solo se dejó caer en el sofá, con las piernas despatarradas sin ningún cuidado dentro de un pantalón de lino fino y a rayas, como si estuviera en su propia sala de estar. Gimoteó y suspiró largo rato. Todos en el salón la miraban escandalizados.
Lara le lanzó una mirada de desconcierto a Mia y luego miró el reloj. Todavía no había terminado con su clienta, Nico apenas acababa de empezar con la suya, y Gael ya se había ido a casa hacía rato. Algo no encajaba.
—¿Quién es esta? —musitó.
Miró de reojo para asegurarse de que la desconocida no la había visto. Mia se levantó de detrás del mostrador y se acercó a la mujer. Se puso las manos en la cintura.
—¿Puedo ayudarla?
La mujer resopló y con un gesto le indicó a Mia que podía volver a lo suyo tranquilamente.
—Vengo a hacerme las uñas, pero todavía tengo tiempo. Es que no aguanto este calor. Prefiero estar aquí que en casa. ¡Uf! —refunfuñó—. Se me sudó tanto el culo que hasta la ropa interior se me manchó. Como si me hubiera meado encima. Joder.
Se incorporó, se palpó el trasero y se acercó al mostrador. Agarró la jarra de agua y bebió directamente de ella, sin molestarse en usar un vaso. Suspiró satisfecha, volvió arrastrando los pies hasta el sofá y se estiró de nuevo sobre él.
—Un calor de mierda.
Luego cerró los ojos.
El salón se sumió en un silencio tenso. La clienta ni siquiera notó las miradas de reproche que le lanzaban. Parecía que lo único que le importaba era refrescarse. Ya hacía como si se hubiera quedado dormida.
Mia enjuagó la jarra y cambió los vasos. Le molestaba que la mujer ni siquiera hubiera preguntado si podía quedarse tumbada una hora antes de su cita. Pero pronto todos volvieron a sumergirse en su trabajo, y el salón se llenó de nuevo con el murmullo suave y habitual de las conversaciones. Mia también se tranquilizó y retomó el inventario de Nico. Mientras tanto, la mujer parecía haberse quedado dormida de verdad.
Cuando terminó la manicura, Lara acompañó a su clienta hasta el mostrador. Esperó a que pagara y luego se despidió. A través del cristal de la puerta le hizo un último gesto de despedida y volvió a mirar hacia el interior del salón. No podía creer lo que veía. La mujer, que hacía un momento estaba tumbada en el sofá con los ojos cerrados, ahora estaba sentada en la mesa de manicura. O más bien despatarrada sobre ella. Lara se acercó a la mesa. Junto a la mano de la mujer había un pequeño montón de folletos. Levantó el de encima.
—¿Y esto?
—Ah, esos son para la chica. Puede dejarlos en el mostrador —dijo la mujer.
El folleto de colores anunciaba un espectáculo de poi de fuego.
—¿Es usted?
En el rostro de la mujer se dibujó una sonrisa satisfecha.
—Claro que sí. Sé arreglarme bastante bien, ¿no? —se rió—. Todo es cuestión de maquillaje.
Lara asintió con admiración.
—Nada mal. Debe de ser todo un número montarlo.
La mujer se encogió de hombros.
—Todo trabajo parece difícil para quien nunca lo ha probado. Hacer uñas también parece difícil, pero es solo pintar, ¿no? Hasta el color lo elige la clienta, ni siquiera hay que pensar. —Volvió a reírse.
A Lara se le ensombreció el rostro.
—Dígaselo a alguien con las manos temblorosas. A lo mejor cambia de opinión.
—Está bien, está bien, solo estaba bromeando —se suavizó la mujer—. Si fuera tan fácil, lo haría yo misma. Ni siquiera tengo esmalte en casa.
—Entonces, poi de fuego —retomó Lara el tema—. ¿Tiene muchas actuaciones?
—En verano me llaman para fiestas en casas, reuniones familiares, ese tipo de cosas. Soy como la payasa de los cumpleaños. Aunque esto requiere mucha concentración. Si se me cayera uno y saliera volando hacia el público, habría gritos. Al payaso, en cambio, nadie se le ríe por eso.
Se quedaron calladas un momento.
—Me encantaría verlo alguna vez.
—Si no le apetece contratarme, suelo practicar en la azotea muy entrada la noche —se rió, algo avergonzada.
—¿Y qué opinan los vecinos? ¿Les gusta? ¿Salen todos a mirar?
La mujer se llevó la mano a la frente.
—¡Ahí ha dado justo en el clavo! Enfrente vive una anciana. Un poco chiflada. —Se golpeó la sien con el dedo índice con gesto elocuente—. Está convencida de que soy bruja —dijo, y soltó una carcajada estridente.
Las tijeras se le cayeron de la mano a Nico con un ruido metálico. Su clienta se sobresaltó.
—Perdón —balbuceó.
Recogió las tijeras, las apartó para desinfectarlas y agarró otro par. Todavía le temblaba la mano cuando volvió a acercarla al pelo de su clienta. Mia, como si de repente se le hubiera ocurrido algo urgente, corrió con una cinta métrica en la mano a ponerse detrás de Lara y fingió estar midiendo algo en la pared. Nunca se habían imaginado que la bruja de la que siempre hablaba Dolores, su clienta más veterana, existiera de verdad. Y que, además, fuera al salón de belleza.
—¿Bruja? —preguntó Lara, como si no hubiera pasado nada.
—Lo sé, es una locura. Así es Dolores.
—¿Y si la invita a subir para que la vea? Seguro que así se quedaría tranquila. Puede que hasta le gustara.
La mujer hizo un gesto de resignación con la mano.
—Uf. No sé. Esa mujer me da mala espina. El otro día me la crucé en la tienda y sonreía de lo más satisfecha. Se dio unas palmaditas en el bolso y me guiñó un ojo.
A Nico se le torció la boca. Ya se imaginaba lo que llevaba en el bolso: las galletas de lavanda de Dolores, que según ella hasta a una bruja dejaban inofensiva, y con las que la anciana había presumido ante él hacía poco. Fingió una tos fuerte para disimular la risa.
—¿Alguien quiere una galleta de lavanda? —preguntó en voz alta.
—Puaj —saltó la mujer—. Odio la lavanda.
Lara le puso suavemente la mano en la muñeca.
—Entonces no hay problema. Invite a su vecina sin miedo.
¿Quién es Sonja Blonde?
Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?
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