Calle la Rosa, 22 – Parte 100
—No es tan difícil empezar una nueva vida —dijo Bernard con suavidad—. Da mucho miedo.
—Hasta que no estás dentro de la situación, no puedes saber de verdad si lo es o no… —respondió Pauline.
Calle la Rosa 22 – serie intrigante y compleja sobre la vida de una comunidad. Historias ligeras y entretenidas de Sonja Blonde.
—No es tan difícil empezar una nueva vida —dijo Bernard con suavidad—. Da mucho miedo.
—Hasta que no estás dentro de la situación, no puedes saber de verdad si lo es o no… —respondió Pauline.
Pauline se estremeció cuando se levantó el viento frío de la noche. Miró hacia la casa, pero aún no quería entrar. Se subió la cremallera de la sudadera hasta el cuello y se hundió un poco más en la tumbona, con la esperanza de que la lluvia no empezara antes de que decidiera volver dentro.
Ludmilla se alejó de Ted hecha una furia. Cruzó el patio a paso rápido y no se detuvo hasta llegar a la casa de María José. Al ver que la puerta de la terraza estaba entreabierta, entró sin dudarlo.
—Ted —Noud le dio unas palmadas en el hombro al hombre de las gafas de culo de botella—. ¡Por fin de vuelta entre nosotros!
Ted arqueó una ceja.
—Me imagino cuánto me habéis echado de menos —dijo con sarcasmo—. Sobre todo vosotros dos.
Carlos acomodó las finas salchichas rojas en la parrilla para hacer sitio a los bogavantes. Lanzó una mirada de reojo a Ted, que estaba sentado en su propio sillón, envuelto en una manta. Por un instante fugaz le cruzó la cabeza lo patético que resultaba así el hombre siempre pendenciero y malhumorado.
Pablo, con las manos en la cintura, observaba el árbol artificial con satisfacción. Luego volvió a subir a la escalera y revisó otra vez las ramas para asegurarse de que estuvieran bien sujetas. Miró hacia abajo, a la guirnalda de luces tirada sobre el suelo de piedra, y suspiró. Iba a tener que empezar de nuevo, subiendo y bajando una vez más.
—¡Hola, vecina! —jadeó Dajana.
El grito agudo de Viktoria retumbó en el garaje subterráneo, denso y con olor a gasolina, y se prolongó durante varios segundos.
Dajana se quedó mirándola, paralizada.
Dajana tamborileaba con las uñas sobre el cristal mugriento de la mesa de la azotea, despacio y con tensión. Un pequeño músculo le temblaba en la mejilla; la frente se le arrugaba sola.
Debían de haber pasado al menos cuarenta y ocho horas desde que Ted fingió por primera vez estar inconsciente. Intentaba reconstruir el tiempo a partir de las dos figuras que aparecían a su alrededor de vez en cuando.
«A ver…» María José frotó sus palmas secas, temblando de la emoción.
Enderezó la pizarra magnética de cuatro patas, ajustándola con cuidado para que no se tambaleara.