El precio del lujo
Lara se tomó su tiempo para preparar la llegada de su clienta.
Rellenó la caja de guantes desechables, limpió la lámpara UV hasta que no quedó ni una mota de polvo y después alineó las hileras de esmaltes hasta que todas las etiquetas quedaron orientadas en la misma dirección. Abrió el muestrario de colores en forma de abanico, lo agitó distraídamente un par de veces en el aire y volvió a colgar el aro del borde de la estantería.
Disfrutaba del silencio.
El salón solo le parecía realmente suyo cuando estaba sola. Podía ser la propietaria, pero en cuanto los demás llegaban y se ponían a trabajar, dejaba de pertenecerle solo a ella. Lo compartía por igual con las mismas personas sin las que jamás habría conseguido sacar el negocio adelante.
Cuando compró el salón y decidió montar su propio negocio, sabía que estaba asumiendo un riesgo. Si no encontraba a otros profesionales de la belleza que quisieran trabajar con ella, acabaría metida en un buen lío. Aun así, tenía claro que quería aquel local. La elegante combinación de negro, dorado y blanco la había cautivado en cuanto cruzó la puerta por primera vez. En ese mismo instante supo que quería trabajar allí.
Percibió la llegada de Mia antes incluso de que la joven abriera la puerta.
La alocada recepcionista parecía ir empujando delante de sí su energía inagotable y su buen humor permanente. A Lara siempre se le dibujaba una sonrisa cuando pensaba en aquella rubia de ojos risueños.
—¡Madre mía, qué calor hace ya a estas horas! ¡Me encanta el verano!
Lara negó con la cabeza, dubitativa. Ella era más de primavera.
—¿Sabes quién es mi primera clienta? Es que no consigo acordarme.
Mia ni siquiera tuvo que mirar el ordenador.
—Uf… está tan buena que se te va a caer la mandíbula cuando la veas.
Lara la miró sorprendida.
—¿Cómo puedes acordarte tan bien de ella?
Un leve rubor cubrió las mejillas de Mia.
—Porque una cara así… y un cuerpo así… no se olvidan.
Lara arqueó una ceja.
—¿Insinúas que…?
Mia hizo un gesto impaciente con la mano.
—¡No! Pero hay que reconocer que está increíble. Es un pibón. —Suspiró—. Aunque —añadió de mala gana— me pareció un poco raro que pidiera cita con Nico en vez de conmigo.
Lara soltó una carcajada.
—Como hacen la mayoría de las chicas jóvenes.
Mia puso los ojos en blanco.
—Las mayores también están locas por esa carita de niño que tiene.
Lara fingió mantenerse ocupada para refugiarse unos minutos más en su pequeño mundo antes de que empezara el implacable trajín del día. Una vez llegaba la primera clienta, ya no había descanso, aunque de vez en cuando hubiera algún rato muerto. Ya no era lo mismo. Terminaba ayudando a Nico: barría a su alrededor, fregaba, contestaba al teléfono.
—¿Por qué no te escapas un rato? —dijo de repente, sorprendiéndose incluso a sí misma—. Yo me encargo de este «pibón». Baja al río a tomar el sol. Llévate también mi manta. Está en el cajón de abajo del armario de la cocina.
A Mia se le abrió la boca.
—Lara, me encantaría…
—Vete antes de que cambie de idea —respondió Lara con una sonrisa tranquila.
Mia dudó visiblemente unos segundos, luego cogió el bolso y salió casi corriendo, olvidándose de la manta.
Lara apenas tuvo tiempo de suspirar antes de que llegara su clienta.
La joven atraía todas las miradas en cuanto entraba en un sitio. Bajo su flequillo rebelde desafiaba al mundo con la mirada, mientras sus labios formaban, casi sin querer, un ligero mohín. Su larga y espesa coleta, recogida bien alta, se balanceaba con cada movimiento de cabeza.
Dejó caer el bolso sobre el mostrador de recepción y avanzó con paso decidido hasta la mesa de manicura. Sin dejar de fruncir los labios, clavó la mirada en Lara y sacó el móvil del bolsillo de sus amplios pantalones de lino.
—Quiero estas. ¿Puedes hacerlas?
Sin alterar la expresión, Lara cogió el teléfono. Observó atentamente la fotografía y respondió con un leve asentimiento.
Uñas largas, elegantes, con forma de almendra. Una base blanco lechoso con un delicado acabado cromado nacarado que reflejaba la luz de manera distinta con cada movimiento. Finas láminas doradas en los dedos anulares y un pequeño cristal en la base de cada uña. Las de los pies hacían juego: el mismo blanco lechoso con un detalle dorado en los dedos gordos.
Mientras tanto, el móvil de la joven no dejaba de vibrar. Las notificaciones aparecían una detrás de otra. De vez en cuando lo cogía con desgana, recorría los mensajes a toda velocidad con el pulgar libre y lo volvía a dejar sobre la mesa.
—Entonces… ¿es tu primer día aquí? —preguntó de pronto con una calma inquietante.
Todos los músculos del cuerpo de Lara se tensaron.
Arqueó una ceja. En lugar de responder, se inclinó un poco hacia ella.
La mujer señaló con la barbilla la mano que Lara sostenía entre las suyas.
—A ver… seamos sinceras… esto no es precisamente un trabajo de alta categoría.
Lara lanzó instintivamente una mirada hacia la recepción. Solo entonces recordó que había mandado a Mia al río. Al no encontrar a nadie en quien apoyarse, bajó la vista y examinó de nuevo las uñas terminadas.
—¿Qué es exactamente lo que no te convence? —preguntó con dulzura.
Sus dedos descansaron suavemente sobre la muñeca de la joven.
La clienta retiró la mano de un tirón.
—No es lo bastante refinado —respondió con sequedad antes de mirar por encima del hombro de Lara—. ¿Dónde está tu jefa? ¿O esa chica de la que todo el mundo habla maravillas?
Una de las cejas de Lara apenas se movió. Por lo demás, ni un solo músculo de su rostro se alteró.
—La dueña soy yo —dijo con suavidad—. Y también soy la única manicurista del salón.
Tras una breve pausa añadió:
—Si quieres, puedo hacerte un treinta por ciento de descuento.
Esta vez miró hacia el mostrador vacío con discreto alivio. A esas alturas, Mia ya estaría haciéndole muecas a la clienta.
—Bueno, me da igual —refunfuñó la mujer mientras se levantaba y se acercaba al mostrador.
Lara la siguió sin decir una palabra.
—¿Cómo vas a pagar?
La mujer se encogió de hombros.
—Con tarjeta.
—Adelante.
Pitido.
—¿Ya está? ¿Puedo irme?
—Lo siento, la ha rechazado. Voy a intentarlo otra vez.
Otro pitido.
La joven soltó un suspiro irritado.
—¿Y?
—Lo siento. La ha vuelto a rechazar. ¿Tienes otra tarjeta?
—Entonces pagaré en efectivo —espetó.
Sin la menor preocupación por sus uñas recién hechas, empezó a rebuscar frenéticamente en el bolso hasta sacar una cartera turquesa decorada con mariposas blancas. Le temblaba la mano mientras forcejeaba con la cremallera. Después de varios intentos fallidos consiguió abrirla por fin.
Dentro no había más que papeles.
—Joder… esta no es. Se me había olvidado por completo que pasé todo el dinero a la cartera nueva. La compré ayer —balbuceó—. Pasé todo porque iba a usar esa… y luego, no sé cómo, dejé la buena encima de la mesa y me llevé esta… joder…
Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—¿Y ahora qué coño hago? —se le escapó.
Lara permaneció inmóvil, con el rostro impenetrable, observando cómo la mujer se hundía en su desesperación.
—¿Sabes qué? —dijo con calma—. De todas formas, no te gustaban las uñas. Dejémoslo.
La joven seguía sin mirarla. Metió la cartera en el bolso, se lo colgó al hombro y se dirigió hacia la puerta.
—Sí… supongo que tienes razón.
Un instante después, frente al mostrador de recepción ya solo quedaba el espacio vacío donde había estado ella.