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El diario de Emily – Entrada 21

Sin reloj

Llamé a Ryan. Me encerré en el baño, respiré hondo y toqué su nombre en la pantalla. Se le notaba la sorpresa en la voz.

—Vaya, vaya, Chica Mágica…

La forma en que lo dijo me ablandó por dentro de golpe. No le ponemos motes cariñosos a cualquiera. ¿Verdad? Me sentí un poco aliviada.

—Pensé en llamarte, para saber si estáis todos bien.

Ni idea de por qué lo dije en plural. Simplemente salió así.

—Gracias, todos estamos bien. ¿Y tú?

Intenté tragarme el nudo frío que se apretaba en mi garganta.

—Yo también. Aunque estoy empezando a olvidar cómo hacer magia.

Me miré en el espejo y le hice un gesto de aprobación a mi reflejo.

Nada mal. Un juego de palabras. Con doble sentido. Antes de las nueve de la mañana. Nada mal.

Del otro lado de la línea llegó una risita suave. Así que también lo había apreciado.

—Bueno, a ver qué podemos hacer al respecto —dijo, casi en un susurro—. Te escribo pronto, ¿vale?

—Vale —susurré.

El nudo creció más. Cuando colgamos, una opresión dolorosa se instaló en mi estómago.

No sé… de alguna manera había esperado más de él. Aunque no esperaba nada. O eso me decía a mí misma. Podría haber contestado con entusiasmo desbordante. En cambio, fue amable. Educado. Contenido.

No me atreví a mirarme al espejo. Tenía miedo de la cara que me devolvería la mirada. Con sentirlo ya era más que suficiente.

Cabizbaja, arrastré los pies hasta la cocina. Saqué mi taza de la infancia con forma de fresa, la que me regalaron cuando me rompí el brazo y mi madre quería consolarme. Hoy en día solo la saco cuando necesito un poco de compasión. Para los problemas gordos, está el gin.

Me quedé un buen rato en la terraza, tomando café sin prisa, solo mirando el río. Nada me calma como el agua. Lago, río, mar, océano, da igual. Ver su movimiento lento me tranquiliza. Y si además oigo su murmullo, o siento su vaivén, no hay nada mejor.

Por un instante me vino a la mente la puesta de sol en el barco de Ben. Un escalofrío de emoción me recorrió entera. Los dedos de los pies se me volvieron a encoger. Sonreí. Aunque ya había decidido que no volvería a navegar. Era tiempo que no me podía permitir perder.

Entonces, como impulsada por un resorte, me puse de pie de un salto y corrí hacia mi escritorio. Me puse a trabajar de inmediato y seguí así hasta las dos de la madrugada, como una angelita aplicada. Antes de dormir, bebí a sorbos mi gin-tonic de la taza de fresa, mirando la ciudad dormida al amanecer. Sin pensarlo demasiado, observé los barcos hotel que pasaban por el río. Ni siquiera noté lo movido que estaba el tráfico a esas horas.

Los días se me confunden un poco, pero creo que era miércoles cuando bajé a la tienda de la planta baja de mi edificio. No tenía muchas ganas. Ya desde que salí tuve una sensación rara. Incluso me detuve un segundo en la puerta. Pensé que sería mejor quedarme en casa. Pero, claro, no me hice caso.

En la pequeña tienda no había nadie más que la cajera. Aliviada, fui tirando cosas a la cesta y corrí hacia la caja. Esta vez el nudo no estaba en mi garganta, sino apretándome en algún punto del pecho.

Justo cuando salía después de pagar, entró Ryan.

Con los dos niños.

Y una mujer mayor.

Se me clavaron los pies al suelo. Desde que empezamos a acostarnos, nunca nos habíamos cruzado fuera de mi apartamento. No tenía ni idea de qué hacer. Y menos con esa mujer, cuyos rasgos se parecían de forma inquietante a los de Ryan.

Me puse a saludar con una sonrisa boba. Y ellos, por instinto, me devolvieron el saludo. Todos. Uno por uno. Fue humillante.

Creo que hasta di una patadita en el suelo, con la esperanza de que se abriera y me tragara de una vez. Para colmo, el grupito se dirigió justo hacia los pasillos detrás de mí. Ryan hizo un gesto torpe con la cabeza, con los labios apretados, y enseguida apartó la mirada.

—Bye-bye —susurré.

Y salí disparada de la tienda.

Bye-bye Joder. ¿Por qué demonios se me ocurrió decir eso? Nunca me había despedido así en la vida.

Me pasé la mano libre por el pelo, en la nuca, y me agarré con fuerza, hasta que me dolió. Necesitaba algo que me sacara de ese estado, para no ponerme a lloriquear en voz alta delante de la tienda por lo idiota que había sido.

Para cuando llegué al apartamento, ya me había calmado un poco. Empecé a verlo todo de otra manera. El raro había sido Ryan. Él fue el que actuó extraño. Ni siquiera supo saludar como es debido. Y encima apartó la mirada enseguida. Todavía no sé decidir si fue humillante o simplemente un momento de mala suerte. En cualquier caso, si esa mujer era su madre, seguro que no lo voy a averiguar pronto.

*

Ben me mandó una foto el viernes por la mañana con dos veleros flotando uno al lado del otro. Uno blanco y otro negro. El mensaje decía solo:

¿Derecha o izquierda?

Sonreí. Me pareció un detalle bonito. Así que solo había que elegir entre dos, no entre veinte. A mí, claro, seguía gustándome más el yate azul grande, el de la puesta de sol. Solo que ese no tiene vela. Así que tuve que conformarme con estos dos, igual de imponentes. Elegí el negro, con sus enormes velas grises. Sexy y un poco intimidante al mismo tiempo. Las fotos no eran del río, sino del mar.

«Vale, pues lo ensillo.»

Parece que al final sí voy a navegar mañana. Volvió a recorrerme ese cosquilleo agradable. Joder. Agua. Velocidad. Un barco enorme.

Antes de acostarme, me tomé la infusión de melisa del Gruñón en vez de gin. Lo último que me faltaba era una resaca y vomitar toda esa maravilla.

*

Ben me esperaba junto a su coche, con los brazos cruzados a la espalda. Enseguida noté el pelo recién cortado. Su ropa de vela, elegantísima, me arrancó una sonrisa discreta. Está claro que este hombre hace bien las cosas. Y por más que intenté parecer relajada, no pude hacer nada contra el hormigueo emocionado que me recorría el cuerpo, ni contra la comisura de la boca, que insistía en curvarse hacia arriba. Casi sentía cómo me brillaban los ojos, con los músculos a su alrededor bailando de alegría.

—Espero que no tengas ningún plan para hoy —dijo mientras arrancábamos—. Quien navega no mira el reloj.

No me molesté en decirle que a mí ya casi me daba igual. Cien por cien seguro que esta escapadita me iba a pasar factura. En vez de eso, solo negué con la cabeza, tímida.

Después bajé las persianas por dentro. No quería pensar en nada más que en lo que existía en esos pocos metros cuadrados. Esto era para mí, ahora.

Encajaba en ese barco. Sí, iba vestida de blanco de pies a cabeza, pero mis zapatillas plateadas de cordones y la falda que marcaba mi cintura combinaban a la perfección con el barco y con la ropa de Ben.

—¡Ven a la proa! —me tendió la mano.

Nuestras palmas encajaron con suavidad. Después los brazos se tensaron. Me apoyé en él, y él me sostuvo firme.

Cuando llegamos a la proa, me enseñó dónde agarrarme al mástil.

—Voy a arrancar el motor. En cuanto salgamos del puerto, tienes que volver aquí, porque de momento esto no es seguro para ti. Cuando le agarres el truco, te va a encantar, pero hasta entonces, quédate a mi lado.

Sus palabras firmes y cálidas se me metieron muy dentro, de la mejor manera. Cuida de mí.

¡Dios, qué gusto salir del puerto! Me habría gustado cerrar los ojos, pero al mismo tiempo quería ver el mundo pasando a mi lado.

Mientras volvía torpemente hacia él, no me quitó los ojos de encima ni un segundo. No paraba de decirme qué agarrar, dónde pisar, hacia dónde ir. Después me senté lo más cerca posible de él.

Verlo izar la vela fue una de las mejores escenas de mi vida. Cada movimiento suyo transmitía confianza y fuerza. Parecía que todo tenía su sitio exacto. Con precisión milimétrica. El corazón me dio un vuelco cuando la vela por fin atrapó el viento que yo ni siquiera había notado hasta entonces.

Y cuando viramos, eso lo fue todo. El impulso del giro. Los músculos tensos de Ben. Su concentración. Su mirada seria. Esa atención que lo abarcaba todo. Me dejó completamente hechizada. De la emoción, agarré el borde del asiento con las dos manos, sonriendo con los dientes apretados, como si mi propia fuerza también formara parte de la maniobra.

Este es un hombre que jamás pasaría de largo junto a alguien en una tienda con la cabeza gacha. Iría directo hacia ella, la abrazaría con seguridad, y diría:

—Ven, Emily. Te presento a mi madre.

Por cierto, es guapísimo.

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?

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