En este momento estás viendo El salón – Parte 10

El salón – Parte 10

Esto me suena de algo

—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

Nico miró la hora. En teoría, tanto Lara como Mia estaban fuera, en el salón. Ni se movió. Todavía le quedaba casi una hora para su siguiente cliente. Le dio un enorme mordisco a su sándwich caliente de pavo cargado hasta arriba.

Durante unos segundos solo se oyó silencio desde la parte delantera del local. Luego llegaron unos pasos acercándose.

—Que aproveche —susurró una voz ronca junto a su cuello.

Nico pegó un grito.

Sobresaltado, el desconocido se llevó las manos a los oídos.

—¡Hostia! ¿Tan poco os esperáis a los clientes por aquí? —se rio.

Desconcertado, Nico no sabía ni qué hacer primero. Se limpió rápidamente la boca con la manga mientras intentaba tragarse el bocado de sándwich que tenía atravesado en la garganta. Se dio unos golpes en el pecho, como si así fuera a bajar más rápido.

—Perdona, es que… —tosió antes de sacar con educación, aunque con firmeza, al joven musculoso de la cocina.

Cuando volvieron al salón, Mia y Lara ya habían aparecido.

—Mia —soltó Nico con aspereza—, atiende al cliente, por favor, para que la próxima vez no tenga que venir a buscarme hasta la cocina.

Mia puso los ojos en blanco de forma exagerada y acto seguido le dedicó una sonrisa deslumbrante al atractivo desconocido.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—La verdad es que pasaba por aquí, he visto el salón y me preguntaba si alguien tendría tiempo para un retoquito rápido —preguntó mientras se pasaba una mano por el pelo abundante.

Mia se plantó directamente delante de Nico, que ya intentaba escabullirse. Sin molestarse siquiera en disimular el enfado, lo miró fijamente a los ojos.

—¿Nico? ¿Tú qué dices? ¿Puedes atender al chico? Si todavía te sobra tiempo.

—¿Por qué no iba a sacrificar mi hora de comer? —masculló entre dientes.

Luego se volvió hacia el hombre y señaló el sillón de peluquería.

—Uf, gracias, me salvas la vida —dijo el cliente mientras se dejaba caer con entusiasmo en el asiento—. Solo arréglamelo un poco y desaparezco. Además voy con prisa. Tengo que llevar a mi hija a rehabilitación.

—¿Por aquí cerca? —preguntó Nico con su cortesía habitual.

Muchas veces preguntaba cosas casi de manera automática, como si tuviera un mecanismo funcionando dentro de la cabeza. La última frase de un cliente siempre le activaba algo: una pregunta preparada, una respuesta preparada. Esta vez tampoco estaba prestando demasiada atención.

—No exactamente. Acabo de salir de comisaría, de aquí al lado, porque me han vuelto a tomar declaración —añadió con desgana—. Y encima todo por culpa de la fisioterapeuta… En serio, toda la situación es bastante ridícula.

La atención de Nico seguía en otra parte. A los clientes que entraban sin cita —los que probablemente no volverían jamás— no les dedicaba ni de lejos el ochenta por ciento de su atención. Quince era el máximo. Y eso solo se activaba con ciertas palabras: largo, forma, capas, flequillo, degradado. No con cháchara inútil.

—¿Y salió todo bien? —preguntó automáticamente.

El hombre gruñó por lo bajo.

—Depende de cómo lo mires. Por una parte sí: repasamos todo otra vez y conté lo que sabía. Por otra, no tanto. Porque la fisioterapeuta de mi hija es precisamente la mujer a la que quiero invitar a salir.

—Ya… incómodo.

—Más incómodo fue cómo le dejó sin dos dientes al pobre desgraciado.

Nico levantó la cabeza de golpe. Por fin procesó lo que acababa de oír.

Al ver que ahora sí tenía su atención, el cliente se volvió todavía más hablador.

—Te juro, tío, que no he visto tanta sangre en mi vida. Y estuve presente cuando nació mi hija. Pero los dientes… joder, los dientes sangran una barbaridad. La blusa de la chica estaba empapada de sangre. Había sangre por todas partes. Casi vomito.

—¿Estáis oyendo esto, chicas? —les soltó Nico a sus compañeras—. La fisioterapeuta de la hija de este caballero le arrancó dos dientes a un tipo.

Las dos mujeres aparecieron junto a ellos de un salto.

—Uy, esto me suena muchísimo —dijo Mia maravillada—. ¿Y cómo pasó exactamente?

Lara le lanzó una mirada de aprobación a Mia y esperó la continuación conteniendo el aliento.

—La verdad es que no sé muy bien qué pasó. Yo solo oí el crujido. Buah, ese sonido fue horrible, creedme. —Hizo una mueca un instante—. Y entonces Vera, la fisioterapeuta, empezó a chillar como una loca: “¿No puedes mantenerte en pie sobre esas dos putas piernas tuyas, joder? ¿Para qué las tienes, de adorno?”

—¿Y el taxista está bien? —soltó Nico sin pensar.

—¿Qué taxista? —preguntó extrañado el cliente, mientras su mirada se quedaba clavada en el reflejo del pecho de Lara en el espejo.

Lara interceptó la mirada y enseguida se cruzó de brazos más arriba, cubriéndose el escote.

—Sí, Nico, ¿qué taxista? —remató Mia.

Seguía molesta porque la hubiera reprendido delante de los demás.

—He entendido algo mal —balbuceó Nico, poniéndose rojo como un tomate—. Entonces… ¿de verdad vas a invitarla a salir? —añadió rápidamente, desviando la conversación.

Miró orgulloso alternativamente a Lara y a Mia. Las dos mujeres se quedaron de piedra.

—¿Cómo? —soltó Lara, alucinada—. ¿En serio?

El hombre apartó la mirada con incomodidad.

—Y-yo… —tartamudeó—. ¿Por qué os parece tan interesante?

Lara levantó una mano en gesto conciliador.

—No es interesante, es solo que… teniendo en cuenta que le arrancó dos dientes a alguien…

El hombre le quitó importancia con un gesto de la mano.

—Primero escucharé su versión. Igual el tío era un cerdo impresentable que la estaba tratando fatal. Es que los hombres de hoy en día pueden llegar a ser muy cabrones…

Lara arqueó lentamente una ceja y, casi sin darse cuenta, se cruzó todavía más los brazos sobre el pecho.