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El diario de Emily – Entrada 18

Si algo puede salir mal, saldrá mal

Mi semana empezó con un pequeño «ups». Ya sabes, de esos que te hacen querer prender fuego al portátil.

La responsable del proyecto de la cuenta de telecomunicaciones me envió una bronca envuelta en buenas palabras. Según ella, la calidad del trabajo de la semana pasada estaba claramente por debajo de mi nivel habitual.

¿Cómo, perdona?

Jamás nadie había hecho un comentario negativo sobre mi trabajo. Y mucho menos en un mensaje con la extensión de una novela corta.

En fin. Ellos no tienen ni idea de por lo que estoy pasando: una reducción del volumen de trabajo, dos proyectos urgentes, una jefa gilipollas, Ryan y ese tipo de agotamiento que poco a poco te va consumiendo.

Así que me permití un rato de autocompasión. Una buena sesión de llanto, acurrucada en posición fetal en el lado largo del sofá.

Al final, la colcha que me regaló Adele resultó ser de lo más práctica. Al menos solo acabó manchada ella con la máscara de pestañas corrida por las lágrimas, y no la tapicería color lavanda claro que había debajo.

Todavía no había reunido fuerzas ni para darme una ducha fresca cuando Ryan me escribió. Sus hijos están enfermos, así que va a cuidar de ellos toda la semana.

Y allá se fueron unos cuantos minutos más, quién sabe cuántos, entre lágrimas.

A aquel lunes horrible le siguió una semana igual de horrible. Esta vez la regla vino acompañada de unos retortijones brutales, y sentía la cabeza como si alguien intentara partirla en dos desde dentro. Con todavía menos horas de sueño de lo habitual y un estado permanente de ansiedad, tuve que sacar fuerzas de donde no las había para entregar un trabajo impecable para el proyecto de telecomunicaciones mientras seguía volcada de lleno en el catálogo de Ben.

Para el jueves a mediodía ya estaba funcionando por pura inercia.

Estaba furiosa conmigo misma.

Con todo.

Al final conseguí calmar un poco la tormenta que llevaba dentro pensando en el dinero que iba a ganar a cambio de todo aquel sufrimiento. Y en todo lo que iba a comprar con él. Un suelo de resina epoxi en tres dimensiones para el baño. Un lavabo doble. Una elegante barra de desayuno con sus taburetes a juego…

La verdad es que, solo de escribirlo, vuelvo a ilusionarme.

Como era de esperar, no salí a caminar. Y, alegando motivos femeninos, también me concedí oficialmente unas vacaciones de las sentadillas.

En su lugar, de vez en cuando me consolaba con un zumo de melocotón bien frío. Sinceramente, no sé cómo esta bebida ha podido pasar tanto tiempo fuera de mi vida. Es espeso, dulce y sedoso al deslizarse por mi garganta. Ahora mismo ni siquiera me imagino bebiendo alcohol o cualquier cosa con gas. Eso es lo que provocan la vergüenza y la abstinencia sexual.

Adele me convenció de que un par de horas de desconexión me sentarían bien y de que debía permitírmelo. Así que quedamos para desayunar en mi casa el sábado. Si quedas por la tarde, antes de darte cuenta son las dos de la madrugada y seguís con una copa de vino en la mano, arreglando el mundo.

Por alguna razón, mi piso se ha convertido en el lugar donde todos consiguen relajarse de verdad. El de Mark es demasiado moderno e impersonal. Sofia alquila el suyo desde que se fue a vivir con ese medio idiota. Adele todavía ni siquiera tiene una casa propia. Y Dave, sencillamente, no es de los nuestros. Por alguna razón, a nadie le apetece pasar el rato en su casa.

Como siempre, Sofia estuvo a la altura. De su cesta de pícnic de lona gruesa fueron saliendo una delicia tras otra. Cacao bien frío en altas botellas de cristal con cierre mecánico. Cruasanes recién horneados, todavía templados y con un aroma irresistible. Fresas maduras y fragantes guardadas en recipientes forrados con papel de cocina.

Como algún día Mark la deje, la siguiente en salir con ella seré yo.

No se me ocurre una pareja más atenta.

Adele debió de imaginarse que Sofia volvería a darlo todo, así que preparó una tabla de quesos decorada con lonchas de jamón serrano cuidadosamente enrolladas y sujetas con un palillo.

A mí solo me tocó poner el café.

—Sois unos ángeles, chicas. Gracias.

—¿Y yo qué? —protestó Mark—. Soy yo quien pone a Sofia para que todo esto sea posible.

Adele y Sofia resoplaron al unísono.

—¿Perdona? ¿Qué soy yo exactamente? —chilló Sofia.

Mark abrió los brazos con gesto teatral.

—Una veterinaria de éxito que, sin mí, estaría pasando los días sola.

—Eso lo dirás tú.

—¿Qué parte es solo cosa mía? ¿Que te va de maravilla? ¿O que sin mí te morirías de soledad?

—La segunda. Aunque de la primera tampoco estoy tan convencida. Todo depende del punto de vista.

Adele siseó entre dientes. Sus dedos se aferraron al cuchillo con el que estaba a punto de untar mantequilla en el cruasán. Claro. El dinero. Ese tema siempre le tocaba la fibra.

—Vi el otro día la lista de precios de la clínica —dijo con amargura—. Mi sueldo de un mes no da ni para una operación menor en vuestra clínica.

—Hasta que apruebes el examen de acceso —le recordé.

—¡Sí, joder, hasta que apruebe el examen de acceso! —me espetó Adele—. Ya lo sé. No hace falta que me lo recuerdes cada dos por tres.

La cocina quedó sumida en un silencio absoluto. Adele cogió medio cruasán, se lo metió entero en la boca de una sola vez y después se llevó una fresa. Me quedé inmóvil observándola. Aquel arrebato podía haber acabado perfectamente con ella muriéndose atragantada. Está claro que septiembre ya le parece demasiado cerca.

Esperamos a que consiguiera tragárselo todo. Poco a poco, con cautela, volvimos a movernos. Maldito dinero. ¿Quién narices tenía que sacar ese tema? Aunque, pensándolo bien, tampoco es del todo justo que Adele nos lo eche en cara una y otra vez.

Sí, abrirse camino como abogada lleva más tiempo, pero precisamente por eso el futuro que tiene por delante es mucho más prometedor. Sobre todo si sigue moviéndose en círculos políticos. Dave ya le pasa trabajo, aunque de momento sea más bien para que practique que casos de verdad. En cuanto abra su propio despacho, tendrá un flujo constante de clientes. Y de los que dejan dinero.

Sofia pasó años estudiando para poder tratar animales exóticos. Mark ya trabajaba como freelance para empresas de informática cuando todavía estaba en la universidad. En cuanto a mí, es la primera vez en mi vida que de verdad me pagan bien por mi trabajo. Y me he ganado hasta el último céntimo. Vale, es culpa mía estar pasándolo tan mal, pero aun así… Adele sabe perfectamente hasta qué punto he acabado completamente agotada en cuestión de pocas semanas. Es un poco injusto que siga dándole vueltas una y otra vez a su sueldo de becaria.

Sorprendentemente, fue mi amigo, incapaz de tener tacto por naturaleza, quien rompió la tensión. Mark simplemente sacó la última aplicación en la que había estado trabajando. Un calendario menstrual. Ni que decir tiene que a las tres se nos desencajó la mandíbula. Ni siquiera Sofia sabía en qué estaba trabajando. Según él, va a ser la mejor aplicación del mercado para planificar embarazos.

Cuando desapareció la última miga y las botellas de cacao quedaron vacías, todos empezaron a recoger sin que nadie tuviera que decir nada. Se lo agradecí. Me ahorraron esa parte incómoda en la que primero empiezo a lanzar indirectas cada vez menos sutiles y, al final, termino diciendo sin rodeos que ya es hora de marcharse.

En cuestión de unos minutos, Mark y Sofia ya se habían ido. Adele se quedó un poco más, secando compulsivamente hasta el último plato que yo había fregado. Le acaricié la espalda con agradecimiento.

—De verdad, no hacía falta.

Se encogió ligeramente de hombros. Su pelo negro como el azabache se deslizó con el movimiento, acariciándole el largo cuello.

—Anda ya. No iba a dejarte todo esto a ti. Bastante tienes encima.

Noté que se me hacía un nudo en la garganta, pero me tragué cualquier muestra de agradecimiento. Con los nervios que llevaba encima, podría haberme echado a llorar otra vez sin ningún esfuerzo. Además, después del estallido que había tenido hacía un rato, no tenía nada claro que aquello fuera a terminar con un abrazo de reconciliación. Cuando a Adele le da uno de esos episodios, lo mejor es dejarla tranquila. Exámenes. Juicios. Trabajo. Cumpleaños. Santos. Viajes. Romper con Dave. Volver con Dave. Podría seguir. Así que decidí cambiar a un tema un poco más ligero.

—¿No te parece increíble que precisamente a Mark se le haya ocurrido una aplicación para planificar embarazos? —dije—. ¿Te imaginas que algún día acabáramos usándola para quedarnos embarazadas?

La cabeza de Adele cayó hacia delante como la de una muñeca de trapo. Después, muy despacio, volvió a levantarla y giró hacia mí casi como si todo ocurriera a cámara lenta. Cuando por fin quedó frente a mí, tenía los ojos ardiendo.

—¿Un hijo? ¿Tú? Te acuestas con cualquiera. Eres incapaz de sentar la cabeza. Nunca serás madre.

Por segunda vez aquel día, se me cayó la mandíbula. No me salió ni una sola palabra. Me limité a abrir y cerrar la boca como un pez fuera del agua. Al final señalé la puerta en silencio.

Adele salió sin decir una palabra.

Sus palabras me golpearon de lleno en el pecho. Necesitaba salir. Salir del piso. Salir del edificio. No tenía ni idea de adónde me llevaban los pies.

*

—Hombre, mira quién ha decidido aparecer.

Me sobresaltó la voz de Gruñón. Me quedé mirando al farmacéutico, inmóvil, al otro lado del mostrador. No tengo ni idea de cómo terminé en la farmacia en vez de bajar al río. Para serenarme un poco, apoyé las palmas de las manos sobre el frío mármol del mostrador.

—¿Qué? —pregunté, todavía aturdida.

Sacó una caja del bolsillo de la bata, la agitó ligeramente y la dejó delante de mí.

—Vitaminas. Hacía tiempo que no te veía. He pensado que, si no sales de ese piso, a tu cuerpo le vendrá bien un pequeño empujón. Invita la casa. Tómate una o dos al día. Hasta mi abuela tiene mejor cara que tú. Bueno, ¿qué te trae por aquí?

—La verdad… no lo sé —murmuré, desconcertada—. Unas tiritas, supongo.

Y, efectivamente, metió también las vitaminas en la bolsa junto con las tiritas.

Que hasta Gruñón pareciera haberse estropeado terminó por dejarme sin suelo bajo los pies.