El punto en el que pierdes completamente la cabeza
Por supuesto, no seguí el consejo de Adele ni fui a la oficina. No confesé nada ni pedí ayuda. Y supongo que Thessa ya daba todo el asunto por zanjado.
Me pasé horas haciendo números y reorganizándolo todo hasta el punto de organizar mi vida prácticamente al minuto.
Bueno.
Mi vida imaginaria futura, mejor dicho.
Porque, si los años anteriores servían de referencia, todavía me quedaban unos días antes de que Ben me lanzara encima el catálogo de barcos.
El único problema era que mi día y medio libre semanal desaparecía por completo.
Eso significaba dos horas libres al día, además de seis horas de sueño.
Durante cuatro meses y medio.
Tampoco era el fin del mundo.
Con disciplina podía sacar aquello adelante.
Una vez más me maté a trabajar durante los primeros días para al menos poder relajarme el sábado por la noche con los demás.
Todo iba según el plan: ritmo de trabajo infernal, sentadillas en el balcón y vueltas nocturnas a la manzana. Solo después de anochecer, cuando la farmacia ya estaba cerrada y no había ninguna posibilidad de cruzarme con nadie.
El jueves, como el pequeño parque entre los edificios estaba extrañamente tranquilo, después del paseo me senté en un banco y me quedé disfrutando del aire templado de la noche.
Justo estaba pensando que ya iba siendo hora de depilarme las piernas cuando el padre karateca apareció de la nada.
—Vaya, vaya… La Chica Mágica.
Se paró delante de mí con una chaqueta vaquera y rodeado por una suave nube de colonia que parecía acariciarme por dentro.
Volví a notar los párpados pesados y aquella extraña tensión cálida entre las piernas regresó al instante.
Tuve que levantarme.
—¿No deberías estar enseñando a niños pequeños a abrir puertas en un gimnasio?
Se echó a reír por lo bajo, con aquella risa grave y burbujeante tan suya.
—Hoy no hay entrenamiento. Esta noche me voy de caza si no quiero morirme de hambre —dijo señalando con la cabeza el supermercado al final de la calle.
Aunque hasta ese momento me había olvidado por completo de que seguía ahí, saqué automáticamente del bolsillo de la sudadera mi media barrita energética de cereza, abierta desde hacía casi dos semanas.
—Acabo de sacar mi especialidad del fuego —dije muy seria mientras se la tendía—. Si quieres, sírvete, pero cuidado, que quema.
—Uf, ni loco me pierdo eso —soltó entusiasmado mientras me la quitaba de la mano.
Desapareció en su boca de un solo bocado.
Contuve la respiración mientras lo veía masticar aquel resto reseco, probablemente ya con sabor a sudadera y, para colmo, empezado por mí.
Me dio hasta repelús.
Pero la idea de que acabáramos de compartir una barrita energética hizo que aquella sensación cálida y desconcertante me recorriera el cuerpo con todavía más fuerza.
—Dame eso —dije intentando recuperar el envoltorio—. Lleva la receta. No vaya a ser que me vuelva a entrar antojo y luego se me olvide cómo se hace.
Con gesto juguetón me atrapó la mano, dejó el envoltorio en mi palma y me cerró suavemente los dedos sobre él.
La calidez de su contacto me recorrió el cuerpo entero.
Me estremecí.
—¿Tienes frío? —susurró.
Dudo muchísimo que no supiera perfectamente qué había provocado aquello.
La mirada se me deslizó hasta su boca y fui incapaz de apartarla.
Todavía no me había soltado la mano.
Sin saber cómo, nuestra respiración empezó a acompasarse.
Y de pronto me di cuenta de que respirábamos al mismo ritmo.
Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no acercarme más.
No podía pensar en otra cosa que en cómo sería sentir su boca sobre la mía mientras tenía bajo las manos la chaqueta vaquera y aquella camiseta blanca fina.
Hasta fruncí el ceño del esfuerzo por contenerme.
Lo deseaba muchísimo.
—Vete ya al supermercado —susurré.
—Para eso tendría que soltarte la mano.
Bajó la vista hacia nuestros dedos entrelazados.
—Y no me apetece.
Ya está.
Estaba perdida.
Me lancé a su boca como alguien que se está ahogando.
Mi lengua buscó la suya con impaciencia mientras mis manos se aferraban a él sin control, arrugando la camiseta, la chaqueta vaquera… cualquier cosa que pudieran agarrar.
Al segundo siguiente quería piel.
Piel suave.
Y entonces, de pronto, se echó a reír en mitad del beso.
Me aparté y lo miré con curiosidad.
Esperaba muchas cosas.
Pero risa no.
Me devolvió la mirada con una sonrisa despreocupada.
—Cuando me he levantado esta mañana no tenía ni idea de que el día iba a dar tanto de sí. Un bocado a una cosa con sabor a bolsillo… y un bocado a ti.
Y el momento se evaporó.
No me enfadé.
Más bien me quedé pensando qué demonios acababa de pasarle.
Entonces me acarició la cara.
—Les cuento cuentos a mis hijos incluso cuando no están conmigo —susurró, algo avergonzado.
Me enterneció un poco.
No porque fuera un padre adorable.
Sino por cómo lo dijo.
Casi como si se disculpara.
Era ridículamente tierno.
Y al mismo tiempo —y sé que esto me convierte en una persona horrible— me importaba una mierda quién era o qué hacía cuando no estaba conmigo.
Quería besarlo.
Y acostarme con él.
Como no tengo hijos y la maternidad me queda ahora mismo tan cerca como Plutón de la Tierra, me cuesta entender por qué un cuento por videollamada pesa más que la posibilidad de un polvo espectacular.
Muy en el fondo sé que así es como tienen que ser las cosas.
Y precisamente por eso eligió bien.
Eso es lo que lo convierte en una buena persona.
Pero, por otra parte, aquí estoy: excitada, frustrada y pensando en el vibrador especial de Adele.
Deseaba a este entrenador de kárate tanto que casi dolía.
Me estaba volviendo loca no poder simplemente acercarme a él y tirármelo encima.
No estaría tan al borde de perder la cabeza si no me hubiera besado.
O mejor dicho —porque tampoco hace falta engañarse— si no lo hubiera besado yo.
Y además era tremendamente frustrante que, después del cuento, no subiera al sexto y gritara:
—¡Chica mágica! ¡Sal de ahí! ¡Déjame hacerte el amor hasta perder el sentido!
En vez de eso tuve que conformarme con mis amigos.
Anoche hicimos nuestra habitual noche de sándwiches calientes.
Sofia —que de verdad es una persona increíble— apareció con todo preparado. Nosotros solo tuvimos que meterlo en la sandwichera.
Además trajo verduras y salsas perfectamente colocadas, como si hubiera salido todo directamente de una revista.
Lo juro: se me cayó la mandíbula.
Y si tuviera que decir quién trabaja más duro de los cuatro, sería ella sin ninguna duda.
Porque, seamos sinceros, hay vidas que dependen literalmente de lo que sabe.
Esta semana operó a una tortuga.
Todavía soy incapaz de procesar eso.
Y aun así luego llega a casa y prepara sándwiches y salsas.
—He hablado con tu amigo —soltó Mark durante la cena, como quien no quiere la cosa.
Se me paró el corazón.
Porque mi primer pensamiento fue que había hablado con el entrenador de kárate.
Hasta me mareé.
—¿Con quién? —preguntó Adele por las dos.
—¿Cómo lo llamáis? ¿Cara de pocos amigos?
—¿Gruñón? —intervino Sofia.
—Sí, ese. El farmacéutico.
Respiré aliviada e hice un gesto con la mano.
¿A quién le importaba aquel imbécil frustrado?
—Es que me tiene hasta los huevos —continuó Mark, completamente ajeno al hecho de que mi cabeza estaba a kilómetros de allí—. Joder, estoy harto de las caras que pone y de las pullitas que va soltando, como una vieja amargada. Así que al final le pregunté qué le molestaba más: si que fuéramos más jóvenes o que ganáramos más dinero.
El cuchillo se me cayó de la mano.
—Dime que es broma…
Mark me sostuvo la mirada.
—¿Me ves cara de estar de broma?
—N-no…
—Pues entonces ya sabes que no lo estoy. Y estoy hasta las narices de cómo te mira…
Nada más decirlo, se puso rojo como un tomate.
—…y a nosotros —añadió deprisa.
Miré a Sofia alarmada.
Se encogió de hombros.
—A mí no me molesta. A veces entro en su farmacia aposta solo para fastidiarlo. Empiezo a enumerar principios activos. Y a veces también excipientes y recubrimientos, solo para restregarle por la cara que soy médica.
El hecho de que Mark hubiera intentado defenderme parecía ni siquiera haberle llamado la atención.
O quizá simplemente fingía que no.
Todo aquello me dio pena.
Porque Sofia es realmente buena persona.
Espero que algún día podamos ser amigas de verdad.