Todo el mundo esconde algo
Mia se acercó sigilosamente por detrás de Nico, que estaba sentado en el sillón de peluquería hojeando una revista. Ya había levantado la mano para agarrarle por el hombro cuando se fijó en el catálogo de lencería que tenía entre las manos.
—Joder… ¡Menudo cuerpazo tienes! —se le escapó.
Nico dio un respingo y se puso en pie, blanco como la pared. El catálogo cayó sobre el suelo de baldosas con un golpe sordo. Todo su cuerpo temblaba.
—¿Pero qué coño ha sido eso? —espetó entre dientes.
Mia se llevó una mano a la boca.
—¡Ay, Dios mío! ¡Lo siento muchísimo, cielo! Solo quería darte un susto.
Nico la miró con los ojos como platos.
—¿Solo? ¿Eso era todo lo que querías hacer? —replicó, pasándose las dos manos por el pelo—. Pues vaya si lo has conseguido…
Se agachó, recogió el catálogo y, sin decir una palabra más, se fue a la cocina, cerrando la puerta de un portazo tras de sí.
Los hombros de Mia se vinieron abajo. Se quedó mirando al suelo, llena de remordimientos. Ni siquiera se dio cuenta de que alguien acababa de entrar en el salón.
—¡Hostia! —La inconfundible voz de Vera rasgó el silencio—. ¿Qué pasa? ¿Se ha muerto alguien?
Mia dio un respingo y se llevó la mano al pecho.
—Jesús, Vera… —susurró con voz ronca—. Casi me matas del susto. —Suspiró—. Aunque creo que me lo merecía.
—Bueno, ¿qué has hecho? —sonrió Vera—. ¿Te has acostado con algún cliente? ¿Era un tío o una tía? Venga, cuéntamelo.
Mia puso los ojos en blanco.
—Ay, venga ya, Vera. No todo gira alrededor del ligoteo.
—¿Ah, no? —respondió Vera con una sonrisa burlona—. Créeme, tarde o temprano todo acaba llevando a eso.
—Bah… —Mia hizo un gesto despectivo con la mano—. ¿Para qué me molesto en discutir contigo?
Vera se irguió con aire triunfal.
—Es lo que hay, baby. Nadie ha conseguido ganarle a la tía Vera en un duelo verbal.
—Bueno, ¿a quién has venido a ver? —preguntó Mia mientras se sentaba delante del ordenador—. Perdona, pero ahora mismo me he quedado en blanco.
—A Nico, baby. ¿No ha llegado todavía?
—Sí, sí que está. Lo que pasa es que casi lo mato del susto. Desde entonces está enfurruñado en la cocina. Ahora le digo que has venido.
Alargó la mano hacia el teléfono.
Las cejas de Vera se arquearon.
—Vaya. ¿Tan cabreado lo has puesto que ya ni te atreves a ir a hablar con él?
Mia se sonrojó.
—Ni me lo recuerdes. Se puso hecho una furia.
En ese momento se abrió la puerta de la cocina.
—Ya estoy aquí, Vera. Siéntate —dijo Nico, señalando el lavacabezas.
Vera lanzó una mirada cómplice a Mia y le guiñó un ojo antes de dirigirse con paso ondulante hacia el rincón. Nico negó con la cabeza y la siguió.
—Bueno —empezó—, ¿qué tal va lo del tipo al que le rompiste un diente?
Vera apretó los puños y los levantó al aire.
—¡Que le den por culo! —masculló entre dientes.
Nico rompió a reír.
Mia levantó la vista hacia el techo, aliviada.
Se está riendo. Buena señal. Ya ha pasado el peligro.
—Sí, sí, muy gracioso —replicó Vera—. ¿Tú sabes cuánto dinero me va a costar esto?
—O sea, que le vas a pagar los dientes.
—Ni me lo recuerdes. Resulta que no me ha quedado otra. Maldito sea.
—¿Hablaste con un abogado?
—¡Ni de coña! —resopló—. El miratetas lo hizo por mí —añadió con un tono algo más suave.
—Qué detalle por su parte echarte una mano —dijo Nico, asintiendo como si no supiera perfectamente que el hombre estaba colado por ella.
—¡Anda ya! —Vera hizo un gesto despectivo—. Lo que quiere es llevarme a la cama. ¿Lo oyes, Mia? ¿Lo ves? Al final todo vuelve a… ¿cómo lo llamabas tú? Al ligoteo.
—Creía que habías dicho que a ti también te gustaba.
Vera torció el gesto.
—Yo solo dije que el tío no estaba tan mal.
—Tratándose de ti, eso casi es un cumplido en toda regla —comentó Nico.
Desde la recepción llegó una risita contenida.
—No te montes películas, Mia. Ya te conozco. Tienes esa carita tan dulce e inocente, pero por dentro eres toda una jugadora.
—Si con eso te refieres a pegarle sustos de muerte a la gente —intervino Nico—, entonces estoy de acuerdo.
Vera soltó un gemido exagerado.
—Ay, anda ya, Nico. Deja de hacerte la víctima.
Mia carraspeó con intención.
—Eso, eso —dijo asintiendo—. No vaya a ser que al final le dé a Vera algo muy interesante para leer.
Vera la miró con recelo.
—¿De qué estás hablando? ¿A qué viene tanto misterio?
—De nada —respondió Nico rápidamente—. Venga, pásate al otro sillón para que te corte el pelo. Ya sé exactamente qué peinado hará que al miratetas se le caiga la mandíbula.
Por suerte, a Vera le interesaba mucho más el padre que había pasado de ser un auténtico capullo a todo un caballero que la indirecta de Mia, así que dejó correr el tema.
Nico se puso manos a la obra. En el espejo volvió a lanzarle una mirada cargada de significado a Mia.
Ella respondió formando un corazón con los dedos.
—¿Y si te invita a salir? —preguntó Nico.
Vera se encogió de hombros.
—¿Y qué? Nos acostamos. Como mucho, un par de veces.
—¿De verdad crees que no sirve para nada más?
—¿Y yo qué sé?
—Entonces, ¿por qué has descartado tan rápido al pobre hombre?
Vera arqueó una ceja.
—¿Quién ha dicho que estuviera hablando de él? —preguntó, realmente desconcertada—. Hablaba de mí. Yo no espero más de mí misma. Y además… —resopló con suavidad—. ¿Quién iba a aguantar esta bocaza fuera del dormitorio?
Las tijeras temblaron en la mano de Nico.
Despacio, las dejó sobre su muslo.
Volvió a cruzar la mirada con Mia en el espejo.
La sonrisa desapareció del rostro de la recepcionista.
Mientras tanto, Vera seguía entretenida con el móvil.
Nico aprovechó el momento. Con cuidado, casi con timidez, deslizó los dedos entre sus rizos.
Vera captó el gesto a través del espejo.
—¿Qué estás buscando entre mi pelo? ¿Se te han caído ahí las tijeras? —bromeó, pero la voz se le quebró al final de la frase.
Rápidamente carraspeó, como si simplemente se hubiera atragantado.
Nico parpadeó, desconcertado, y de forma instintiva le dio unas suaves palmaditas en la espalda.
—Tranquila, no vayas a ahogarte ahora. —Miró hacia la recepción—. Mia, ¿podrías traerle un vaso de agua a la señora?