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El salón – Parte 17

La venganza perfecta

A Mia se le cayeron los hombros en cuanto vio el nombre del primer cliente del día en el registro.

—Ay, no. ¡Pobre Nico!

Lara se incorporó de golpe junto al cubo metálico donde estaba colocando una bolsa de basura nueva.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?

—Anette…

Un destello de dolor cruzó el rostro de Lara.

—Pensé que después de la última vez había jurado no volver.

Mia hizo un gesto con la mano, sin darle importancia.

—Por favor. Yo creo que hasta le encantó.

—¿Qué, que Nico le hiciera un trabajo horrible a propósito?

—¡Ella fue la que trajo ese tinte espantoso! —siseó Mia—. Nico le repitió mil veces que no iba a quedar bien. Ella insistió de todos modos, y luego se puso a gritar cuando le quedó la cabeza rosa.

Lara soltó una carcajada.

—¡Como una bola gigante de helado de fresa!

Gael asomó la cabeza desde la sala de masajes al oír «helado de fresa».

—¿Están hablando de Anette?

—¿Lo has adivinado por el helado, o porque ninguna de las dos sabe alegrarse sin más de que haya vuelto?

—Por las dos cosas. Aunque, sinceramente, creo que le gustó ese pelo. Parecía la abuela más dulce del mundo. Nadie diría, con solo mirarla, que en realidad es una arpía.

Lara lo mandó callar, alarmada.

—¿Estás loco? Puede entrar en cualquier momento y tú ahí hablando mal de ella.

Una sonrisa perezosa se dibujó en la cara de Gael.

—Tranquila. Podríamos estar hablando de cualquiera.

Mia se acercó a él, se puso de puntillas y le dio una palmadita cariñosa en la mejilla.

—No se habla mal de los clientes.

—¿Y ella sí pudo llamar a Nico «torpe mocoso»? ¿Y ahora, un año después, vuelve para que le arruine el pelo otra vez?

—Tranquilo, hoy solo es lavado y secado. No debería dar para tanto drama —dijo Mia, y le rodeó el cuello con los brazos a Gael—. Y si lo da, no vuelve a poner un pie aquí.

Gael apartó con suavidad a la recepcionista que se le colgaba del cuello. Mia volvió arrastrando los pies hasta su mostrador, decepcionada.

Casi no reconoció a la mujer mayor de pelo negro azabache que entró y, en lugar de saludar, solo preguntó:

—¿Nico?

Mia apenas levantó la comisura de los labios, lo justo para que no pareciera una mueca.

—Tome asiento, Anette. Nico está a punto de llegar.

Los ojos de la anciana se abrieron de par en par.

—¿Todavía no está aquí? —canturreó—. ¿Y cómo se supone que se prepara para mí?

Mia arqueó una ceja.

—¿Para… el lavado?

—¡Por supuesto! —replicó Anette, molesta—. Todo trabajo requiere preparación. Nada se hace en automático. Y menos algo tan personal —refunfuñó.

Por suerte, cuando terminó de quejarse, Nico ya había llegado.

—¡Anette! —exclamó, encantado—. ¡Qué alegría verla otra vez! Ya le he lavado el pelo como cuatro veces en mi cabeza, y aproveché todo el viaje en tranvía para calentar las muñecas para el secado.

Algo brilló en los ojos de la anciana, pero se quedó callada. Asintió con brusquedad y se dirigió al lavacabezas.

—Hoy va a ser un buen día —suspiró al acomodarse.

—¡Por supuesto que sí! Todos los días tienen algo por lo que alegrarse.

—Esta mañana se la jugué bien a mi marido. Se lo tenía merecido.

A Nico se le quedó la mano quieta en el aire, con el cabezal de ducha negro con bordes dorados todavía abierto, el agua cayendo sin sentido sobre el lavabo, también negro. Tardó unos segundos en volver a controlar sus movimientos. Un nudo de mal presentimiento se le apretó en el estómago.

—¿Y qué hizo para merecérselo? —preguntó con cautela.

—Me tiene harta con eso de guardarlo todo. Hace unos meses se compró una cortasetos, una buena. Se la prestó al vecino el fin de semana y el hombre la rompió. Nunca contó cómo, pero enseguida nos compró una nueva —soltó de corrido—. Le dije a mi marido que tirara la vieja, que yo no guardo trastos. Pero no, tenía que quedársela, por si algún día servía para algo. Esa basura inservible. Como si esas cosas alguna vez sirvieran para algo —refunfuñó—. Así que esta mañana me sacó de quicio, y de camino para aquí agarré la rota y la dejé junto a los contenedores. Vi por el retrovisor que ya había un tonto sonriendo como si le hubiera tocado la lotería —soltó una risita—. Pues ya verá él también lo que es llevarse un chasco.

Nico se secó la frente. No sabía por qué, pero esperaba algo mucho peor. Solo una pequeña venganza disfrazada de limpieza de primavera; casi inocente, viniendo de Anette. Aun así, puso todo su cuidado en el lavado y el secado.

Anette pareció darse por satisfecha con su victoria sobre el marido, porque se fue sin una sola queja. Nico no se atrevió a soltar un suspiro de alivio hasta que pasaron más de diez minutos desde que ella se marchó. Por eso, cuando alguien golpeó el cristal de la puerta del salón, pegó un salto del susto.

—Tranquilo —rio Mia—. Solo es un hombre.

Fue hasta la puerta y bajó el picaporte. El cliente llevaba una caja de cartón grande bajo el brazo. A juzgar por la imagen impresa, dentro había una cortasetos.

—Perdonen que traiga también esto, pero no quise dejarlo en el coche, no fuera a ser que me rompieran el cristal por robármelo. Alguien acaba de dejarlo junto a los contenedores.

—¿F-funciona? —preguntó Mia, conteniendo apenas la risa.

—La probé yo mismo, funciona perfectamente. Está nuevecita, hasta trae el recibo dentro. Tiene unos días, la compraron este fin de semana, y hoy ya la habían tirado… —Movió la cabeza, incrédulo—. No entiendo a los ricos. En vez de devolverla cuando se dieron cuenta de que no la necesitaban, ¡simplemente la tiraron! Qué desperdicio. Aunque bueno, yo encantado.

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?

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