El diario de Emily – Entrada 20
Hacía una semana entera que no sabía nada de Ryan. No vino, no llamó, ni siquiera escribió. No lo entiendo. La semana pasada se quedó varias horas incluso en domingo. Me sentí tan cerca de él. Y ahora, así, se esfuma.
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Hacía una semana entera que no sabía nada de Ryan. No vino, no llamó, ni siquiera escribió. No lo entiendo. La semana pasada se quedó varias horas incluso en domingo. Me sentí tan cerca de él. Y ahora, así, se esfuma.
La lluvia caía como una cortina suave que separaba el salón del ruido de la calle. Lara esperaba a su primera clienta con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Nico se mecía adelante y atrás en el sillón, con las manos flojas sobre el regazo.
Ben me llamó el lunes por la mañana. Tampoco es que fuera para agradecerle nada. Según él, yo había quedado en devolver el catálogo terminado el 29 de mayo, pero juraría que recordaba el 9 de junio.
Lara se tomó su tiempo para preparar la llegada de su clienta. Rellenó la caja de guantes desechables, limpió la lámpara UV hasta que no quedó ni una mota de polvo y después alineó las hileras de esmaltes hasta que todas las etiquetas quedaron orientadas en la misma dirección.
Mi semana empezó con un pequeño «ups». Ya sabes, de esos que te hacen querer prender fuego al portátil.
Mia se acercó sigilosamente por detrás de Nico, que estaba sentado en el sillón de peluquería hojeando una revista. Ya había levantado la mano para agarrarle por el hombro cuando se fijó en el catálogo de lencería que tenía entre las manos.
Ben es un manipulador de primera. No me atreví a poner nada por delante de su trabajo. Cada día empezaba con sus materiales y solo después me ponía con las traducciones de telecomunicaciones. Además, cada semana parecía llegar más trabajo.
Nico entró en el salón, todavía vacío, con una sonrisa satisfecha. Rebuscó con entusiasmo en la cesta negra de mimbre que colgaba de su brazo, llena de pequeños objetos decorativos.
Solo pensar en tener que conocer al vendedor de yates me revolvía el estómago. Estaba más nerviosa que antes de aquellos exámenes orales brutales de la universidad.
Dolores estaba sentada en el sofá del salón, retorciéndose las manos. Mia miraba la pantalla del ordenador mientras sus dedos repiqueteaban suavemente sobre el teclado. Lara pintaba esmalte azul índigo en las uñas de una universitaria que estudiaba para los exámenes.