Los tiempos cambian
«Lo que es realmente bueno se vende solo. No hace falta anunciarlo.»
«Lo que es realmente bueno se vende solo. No hace falta anunciarlo.»
Hacía seis meses que no abría la puerta más interior del gran armario. Simplemente no me atrevía ni siquiera a tocar el tirador de hierro forjado.
Todavía recuerdo el momento en que oí por primera vez esa palabra aplicada a mí. Ni siquiera fue un diagnóstico, más bien un comentario al pasar.
La visión de los cosméticos perfectamente alineados en la estantería siempre tranquilizaba a Peter. Como si la persona que había colocado aquellos tarros de crema hubiera medido las distancias con una regla: tan impecables que resultaban un deleite para la vista y un bálsamo para la mente.
Escena del cuento, en la que el dragón ha secuestrado a la princesa. La princesa planea escapar, el dragón planea la boda.
Lo que más me gusta es cuando esas ráfagas deslumbrantes de color se deslizan por la pantalla. Como pequeños cometas, cada bola deja tras de sí una estela brillante.
—Zumo de manzana para las niñas, mosto para los chicos grandes —dice la señora de la barra, dejando los vasos manchados delante de nosotros.
No puedo más. Por mucho que lo intente, no hay manera. Mi mano empieza a moverse hacia ella—más bien la empujo—con la intención de tocarle el muslo, pero me quedo a medio camino. Y lleva una falda corta.
El problema con Bob es que es un cabrón cínico y sarcástico. Por no hablar de lo taimado que es. Justo cuando crees que os lleváis bien, que todo está en orden entre vosotros, va y te suelta alguna vileza.
Llevo más de dos meses enganchada. Lo reconozco: jamás habría imaginado que algo así pudiera pasarme. A mí. Porque yo soy diferente. Especial. A mí no se me atrapa así como así, no se me encadena con facilidad.