El diario de Emily – Entrada 8
Para el jueves, llevaba toda la semana en piloto automático. Me levanto a las siete cada mañana, y esa hora que me reservo es sagrada.
Sigue El diario de Emily y El salón: dos historias por entregas llenas de romance, emoción y humor, con nuevos episodios publicados regularmente.
Dos historias por entregas, dos mundos diferentes. En El diario de Emily, una joven traductora habla con sinceridad del trabajo, la amistad y el amor. En El salón, los clientes y los imprevistos alteran el día a día de Lara, Mia, Nico y Gael. Cada semana llegan nuevas entregas, y puedes empezar ambas series desde el principio.
Para el jueves, llevaba toda la semana en piloto automático. Me levanto a las siete cada mañana, y esa hora que me reservo es sagrada.
Lara miró el reloj de marco en tono rosa dorado de la pared, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿No venía alguien a las nueve? ¿O me estoy liando?
Mark se presentó el lunes a las ocho de la mañana, como si no supiera que estaba llevando yo sola un proyecto pensado para tres personas. Ni siquiera tengo que ir a la oficina para no perder tiempo en desplazamientos, y aun así, a las ocho y siete estaba llamando a mi puerta.
Cuando Dolores aún bajaba por la escalera, Lara ya había dejado preparada una taza de café y una caja de galletas en la mesita de fuera del salón.
—¿Café con galletas de jengibre? —resopló Dolores al acercarse—. Mia le ha vuelto a llenar la agenda a Nico, ¿no?
Durante la primera semana, la empresa de telecomunicaciones me dio una carga de trabajo bastante asumible. De momento, he tenido jornadas normales, sin escaquearme ni un minuto: ocho horas completas cada día.
—Mia, en serio, no me puedo creer que otra vez hayas dejado solo una hora entre esas dos señoras —dijo Nico al entrar en el salón sin ni siquiera saludar. Sus cejas espesas —mucho más oscuras que su pelo— se fruncían con fastidio.
El lunes, unos minutos antes de las diez, ya estaba esperando a Adam, temblando de emoción. Había dejado el pelo ligeramente húmedo a propósito, con la esperanza de que los mechones mojados le hicieran imaginarme saliendo de la ducha.
El martes todos llegaron puntuales a la piscina. Me sorprendió, aunque no lo mostré. No quería que pensaran que me estaban haciendo un favor.
La reacción de Adele al sofá fue exactamente la que esperaba.
—¿Lila claro? ¿Te has vuelto loca? —se quedó mirando mi nuevo mueble con incredulidad—. ¿En qué estabas pensando cuando elegiste ese color? ¿Que vas a ganar tanto dinero que podrás cambiarlo todos los meses?
El lunes por la mañana fui andando a la oficina. El frío me mordía la cara y se me colaba por las muñecas hasta la nuca. Revolví en el bolso por si al final había metido los guantes, pero, como me temía, ni rastro.