Sinceridad sin filtro
¡Vaya manera de empezar las vacaciones! El lunes me desperté junto a Ben en un rincón acristalado con vistas al jardín de ensueño de una casa fabulosa. Cuando nos espabilamos un poco, nos dimos una ducha agradable y refrescante y luego volvimos a meternos en la cama, para empezar el día con buen pie. Ben sigue siendo un dios en la cama.
Preparó un desayuno contundente, que nos tomamos en la terraza escuchando el canto de los pájaros. Bueno, al menos la primera mitad. Con el café, a mí, tonta de mí, se me ocurrió que podríamos hablar de algo un poco más serio.
—¿Por qué Cecília me odia tanto? ¿O es solo el alcohol lo que hace que me hable de una forma tan grosera?
A Ben se le endureció la mirada.
—Solo quiere protegerme —dijo, seco.
¿Protegerlo? ¿De qué, exactamente?
—Pues tiene una forma muy rara de demostrarlo —me reí, cortada.
—Cecília es así, y punto. Somos amigos desde niños. Siempre ha dicho las cosas tal cual. Es un poco escandalosa, sobre todo cuando bebe champán. Hay que aceptarla como es. No puedes enfadarte con ella por cuatro comentarios un poco bruscos.
—¿Como, por ejemplo, decirle a tu nueva pareja que ella se acostó contigo antes, chincha rabiña?
Se hizo un silencio helado.
—Eso ya lo aclaramos: lo entendiste mal. ¿O a partir de ahora vas a sacarlo cada dos por tres? ¿Para qué?
Desconcertada, me aferré al asa de mi bonita taza de cristal, alta y de paredes gruesas. ¿Por qué se había puesto tan irritable? No había dicho nada que no fuera verdad. Esa mujer bebe, y cuando se emborracha se mete con la gente con bastante mala baba. ¿Por qué había que actuar como si yo hubiera dicho algo ofensivo? Ni siquiera había mencionado sus ojos rojos e hinchados, ni esa voz cascada por el tabaco.
—Lo siento —logré decir por fin.
—No pasa nada —se encogió de hombros.
Saltaba a la vista que sí pasaba, y mucho. Otro punto negativo en mi cuenta.
—Entiende que solo quiere protegerme.
Necesitaba saber por qué seguía diciendo eso.
—¿Cómo que protegerte? ¿De qué?
Torció la boca y abrió los brazos.
—Ni idea.
Era más que evidente que no decía la verdad. Preferí cambiar de tema.
—¿Y aquella mujer que fue tan supermaja conmigo? —empecé con total convicción, para que se notara mi respeto por la Cara de Plástico—. ¿Por qué tiene la cara tan operada? ¿Tuvo algún accidente, la pobre? —pregunté, casi preocupada.
Para que se viera la poca importancia que en realidad le daba al asunto, ni siquiera miré a Ben; fingí que rascaba el azúcar inexistente del fondo de la taza con la cucharilla larga y estilizada. Espero que todavía no se haya dado cuenta de que nunca le echo azúcar al café.
—Su marido, que también es amigo mío de la infancia, gana muchísimo dinero con el concesionario de coches y otros negocios. Y a ella le encanta gastárselo. Su hobby son los retoques estéticos. No le hace daño a nadie. De verdad que es un encanto, con un corazón enorme, como ya has visto.
No pude evitar pensar en lo bien que me vendría a mí todo ese dinero tirado. Lo que sí me tranquilizó fue haber recuperado un punto, de tanto como había elogiado a esa mujer.
—¿Y las demás? —preguntó con curiosidad.
Por supuesto, contesté con total sinceridad.
—La del pelo negro es un poco rara; no parece muy feliz. Al menos, eso deduzco por su forma de hablar.
Ben me miró con la barbilla hundida y las cejas arqueadas.
—¿Qué forma de hablar?
—¿No te has dado cuenta? —le pregunté, entusiasmada, como la gilipollas que soy—. Una de cada dos palabras que dice es «horrible» o «espantoso». Hasta a su propio marido le suelta unas pullas que me dejaban parpadeando —me reí por lo bajo.
—Mmm. Yo no me había fijado. Por cierto, es la mujer de mi mejor amigo. Se adoran. Supongo que confundiste alguna broma cariñosa. ¿Y la cuarta esposa?
—¿La que parece una viejecita? —canturreé—. Esa también es un amor. Como una abuelita entrañable.
Le sonreí a Ben, triunfal. ¿Lo ves? Todas sus amiguitas eran simpatiquísimas, no había más que hablar. No tenían mayor fan que yo.
Ben arrancó un trozo del extremo del panecillo de semillas que languidecía en la panera. Con toda la calma del mundo, rebañó la yema del huevo frito que se había esparcido por el plato. Se metió el trozo de pan en la boca y lo masticó despacio, saboreándolo. Luego dio un sorbo a su café con leche con miel y se tragó el bocado con él.
—Estoy deseando conocer a tus amigos. Sobre todo ahora que sé que las mías son todas idiotas. Una panda de perras borrachas, rajadas a bisturí, viejas y gruñonas.
Me quedé de piedra, sentada frente a la taza vacía y el plato lleno de migas. Los pájaros dejaron de piar, aterrados.
—Ben, yo...
—No pasa nada —me cortó—. No te caen bien. Es lo que hay.
Pero qué idiota, qué imbécil soy. ¿Qué necesidad había? Me sentía fatal. La mejor distracción que se me ocurrió fue, después de recoger los restos del desayuno, arrastrarlo hasta el sofá y sentarme en su regazo. Y cuando terminamos, le pedí perdón de corazón.
—Siento muchísimo haberte hecho daño. No tengo ningún derecho a hablar así de tus amigos, que, créeme, me caen bien. Te confieso que no sé cómo manejar la actitud de Cecília, ni el hecho de que vosotros hubierais estado juntos. Al fin y al cabo, tengo que llevarme bien con tu ex, y nunca me había visto en una situación así. Ya me acostumbraré, pero necesito tiempo. Si quieres, durante una temporada no te acompaño cuando quedes con tus amigos. Puede que así estemos todos más a gusto.
Se quedó un rato rumiando mis palabras, sin dejar de acariciarme la espalda desnuda.
—Y yo no me había parado a pensar que tener a Cecília cerca te pone celosa. He sido un desconsiderado; lo siento.
Por un lado, me alegré de que por fin pudiéramos dar el tema por zanjado; por otro, me dolió en el alma que siguiera sin ver nada reprochable en el comportamiento de Cecília. Lo había despachado diciendo que yo estaba celosa. Nunca nadie me había colgado esa etiqueta.
Pasamos el resto del día navegando en el yate azul, grande y precioso. No sé si de verdad lo conservó por mí o si nunca tuvo la menor intención de venderlo. Quizá ni siquiera importe.
El martes Ben se fue de viaje de negocios, y yo me lancé a limpiar el piso a fondo para dejarlo todo listo para montar la barra. Metí en una caja las cosas que ya no necesitaba y la bajé junto a los contenedores, por si a alguien le servía. Como solo bajaba un momento al patio de detrás del edificio, no me molesté en vestirme. En camiseta de tirantes, sin sujetador, con la coleta deshecha y en chanclas, bajé las escaleras chancleteando. ¿Y con quién me topé a la vuelta? Pues claro: con Gruñón.
—Qué cochecito tan mono lleva tu nuevo príncipe azul —soltó, de una forma rara.
Creí que se estaba burlando, pero su voz y su mirada eran completamente distintas de cuando reparte sus pullas. Lo observé con atención, sin acordarme ya de mis pintas.
—¿Nuevo?
Eso fue lo que más me chocó de todo lo que había dicho.
Con una mueca forzada, se encogió de hombros.
—Antes estaba ese deportista chiquitín tuyo, ¿no?
Me quedé helada.
—¿Es que llevas un diario con todo lo que haces sobre mí? ¿Qué eres, un detective privado disfrazado de farmacéutico, o qué? —balbuceé.
Esta vez, una sonrisa burlona, ahora sí bien visible, le cruzó la cara.
—No hace falta espiar a nadie para ver que en su casa entran y salen hombres.
De repente no supe qué pensar.
—Joder, Gruñón, no me puedo creer lo que estoy oyendo.
Abrió los ojos como platos.
—¿Gruñón? ¿Cómo que Gruñón?
Me ardía tanto la cara que me dolía. ¿De verdad lo había dicho en voz alta?
—Nada, no tiene importancia.
Y dicho esto, di media vuelta y no paré hasta la puerta de entrada. La abrí de un tirón y dejé que se cerrara de un portazo tremendo a mi espalda. De reojo, vi el aviso clavado en el tablón de anuncios, escrito todo en mayúsculas: ¡NO DEJES QUE LA PUERTA DÉ UN PORTAZO! ¡MOLESTA A LOS VECINOS DEL BAJO!
Ya la próxima vez. Ahora mismo estoy de una mala leche que no veas.
El jueves invité a Mark y a Sofia a una cena informal de sándwiches calientes, solo para sentir por fin que era libre, que podía hacer con mi tiempo lo que quisiera. Les extrañó que no la hubiera organizado el viernes, cuando habrían podido quedarse más rato. Les dije que los echaba demasiado de menos. ¡Sí, hombre! Como si les fuera a decir: el viernes Ben también puede, y no me da la puta gana de que os conozca.
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
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