Eres mío, cariño
—Menos mal que traje un pañuelo —una voz aguda y penetrante rompió el silencio del salón.
Lara dio un respingo. No había oído abrirse la puerta, así que la voz de la clienta la pilló totalmente desprevenida. Mia estaba en la trastienda, sacando las toallas de la secadora.
La chica, alta, de poco más de veinte años, con las cejas finas y tatuadas, recorrió el salón con la mirada, seria. Apretaba los labios, con los músculos de la mandíbula en tensión.
Lara se levantó y fue a su encuentro, tendiéndole la mano.
—Supongo que vienes a que te atienda yo. Soy Lara.
La clienta la observó de arriba abajo. Se le relajó la boca, aunque no llegó a sonreír.
—Si tú eres la manicurista, sí.
Se acercaron a la mesa de trabajo y cada una ocupó su lugar.
—¿Ya sabes lo que quieres, o te ayudo a decidir?
La chica asintió con entusiasmo.
—Sé exactamente lo que quiero. Uñas rojas, sexis. Nada de decoración. Quiero algo maduro, de mujer adulta. —Una sonrisa tenue le asomó en la comisura de los labios—. Ya sabes, de esas que dicen: eres mio, cariño, y no pienso soltarte nunca.
Lara enarcó una ceja y asintió despacio. Cosas parecidas ya se las había oído decir a su propia hija, recién salida del instituto. La clienta no debía de ser mucho mayor que ella.
—¿Relación nueva? —preguntó con cautela.
Quería saber más, y a la vez no. Por un lado, le encantaba escuchar las historias de sus clientas; por otro, no quería meterse demasiado en la cabeza de esa generación. Todavía son fieras, a menudo poco prudentes.
La clienta bajó la mirada, y el rubor le cubrió la cara. Carraspeó.
—Es como algo viejo y nuevo a la vez... ya sabes. Nos conocemos desde hace tiempo, solo tuvimos que superar algunos obstáculos. —Se le quebró la voz.
Lara escrutó el rostro de su clienta con curiosidad.
—¿Qué clase de obstáculos tienen que superar los jóvenes hoy en día?
—Otra relación, digamos —dijo la chica, en voz muy baja.
—Entiendo —respondió Lara.
La inseguridad se le notaba a la chica en toda la cara, y Lara prefirió no presionarla.
—No pegaban ni con cola, pero la tía no lo asumía.
Bajo la lámpara UV, el esmalte recién aplicado brillaba como un diamante. A Lara se le encogió el pecho. Le pareció mejor cambiar de tema.
—¿Todavía estudias, o ya trabajas?
—Estaban fatal juntos, la verdad —soltó la chica, un poco más alto—. ¿Qué puede querer una cría de dieciséis años de un tío de veinte?
Lara parpadeó, desconcertada.
—¿Amor, tal vez?
La clienta negó despacio con la cabeza y soltó el aire con fuerza.
—Nadie es tan tonto, oye. Sobre todo si ni siquiera quiere acostarse con él. ¿Qué se creía, que él se iba a quedar ahí sentado, paciente, esperando años y años?
La manicurista no sabía qué decir, incómoda. No conocía ni la historia completa ni a los implicados. Solo notaba que algo pesaba en el ánimo de su clienta.
—Bueno, no sabría decirte cómo era esa relación...
Pero la clienta, alterada, no la dejó terminar.
—¡Una porquería! Una cría soñadora al lado de un hombre adulto. No podía pretender que él renunciara a sus necesidades por ella.
Mia escuchaba en silencio. En parte entendía a la clienta, pero había algo en su rabia que la inquietaba.
—Lo importante es que vosotros dos estáis bien —intentó zanjar Lara.
La chica se encogió de hombros.
—No es tan sencillo. Él le tiene lástima a esa pobre infeliz.
En la cara de Lara se dibujó una sonrisa comprensiva. Los celos los conocía bien. También sabía que eran pésimos consejeros. Sintió pena por la chica. En una relación reciente, la presencia de una ex de verdad puede resultar incómoda.
—A lo mejor podrías explicarle a tu pareja que esto te molesta. Tiene que entender que su relación anterior no tiene sitio en la vuestra. Una ruptura siempre duele. Seguro que a uno de los dos, a veces a ambos. Pero no hay que cargar a la nueva pareja con eso. Puede dejar heridas que no cicatrizan.
Su tono suave pareció calmar un poco a la chica. Suspiró hondo. Mia habría querido acercarse a abrazarla. Sabía perfectamente lo doloroso que eran los celos.
—Me costó bastante convencerlo de que rompiera con ella —siguió la chica, con la voz quebrada por el llanto.
—¿Por qué hubo que convencerlo? —se extrañó Lara.
—Porque él no los veía desde fuera. La otra se le pegaba como una cría, en vez de intentar averiguar lo que él necesitaba de verdad. A esa tontita le bastaba con cogerse de la mano y algún beso.
—¿Y él se quejaba contigo?
La chica volvió a encogerse de hombros.
—No exactamente. —Se abanicó con gestos rápidos y luego se pasó el pulgar varias veces por la piel encima de la ceja. —Una vez, cuando se dio la ocasión, lo sorprendí desnuda. —Carraspeó y se removió en la silla. —Tendrías que haberle visto la cara. Ahí lo entendí todo. Desde ese momento supe que ya no soñaba con niñas adolescentes, sino con mujeres hechas y derechas.
Mia se quedó mirando al frente, paralizada. ¿Dónde diablos se puede sorprender desnuda a alguien? ¿En un vestuario? ¿En un baño? ¿En la playa? ¿A la orilla del río, quizá? En serio, ¿dónde?
—Lo importante es que ya estáis juntos —lo intentó de nuevo Lara—. Y pronto podrá ver tus uñas tan bonitas.
Se levantó deprisa y fue hacia el mostrador de recepción. Cogió el datáfono y marcó el importe a pagar sin preguntarle a la clienta cómo quería pagar.
La chica volvió a resoplar.
—Ya, bueno. Otra cosa es que tenga que verle todos los santos días la cara de amargada y los ojos hinchados de llorar. Me la abofetearía y la echaría de mi vida ahora mismo si pudiera.
—¿Por qué no te la quitas de encima, entonces?
—Porque es mi hermana —soltó con frialdad, mientras acercaba la tarjeta al datáfono.
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
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