Zona privada
Todavía no me creo que haya terminado. No solo el trabajo, sino toda esta semana en general.
Esperaba acabar a una hora decente el viernes. Tenía pensado llamar a Ben y gemirle al teléfono lo mucho que lo deseaba. Él, por supuesto, vendría corriendo al instante y me haría suya en cada rincón del piso. En lugar de eso, a las doce menos diez, con los ojos hinchados de tanto llorar, conseguí enviar la última entrega. Estaba cansada, furiosa y me daba tanta pena de mí misma que no me apetecía nada. Desnudarme, lo que menos.
A Ben solo le escribí:
Hecho. Mañana por fin te veré y te sentiré…
No esperé su respuesta. Me acosté. El sueño, claro, no llegó. Mi cabeza iba a mil y me torturaba con todo tipo de mierdas.
¿Y si no soy lo bastante buena para Ben? Al fin y al cabo, fue él quien dijo que los hombres sueñan con mujeres ricas y guapas. Seguro que ya se ha dado cuenta de que yo no soy ninguna de las dos cosas. Sabe cómo vivo y que en el último medio año me he dejado la piel trabajando, algo que los ricos rara vez tienen que hacer. ¿Por qué tiene que salir siquiera el tema del dinero?
¿Y si al final se casa conmigo? ¿Tendré que vender mi piso y poner el dinero en común? ¿Y si nos divorciamos? ¿Lo repartiremos todo a medias o solo me devolverán lo que valía mi piso? Para entonces quizá solo me llegue para algún cuchitril en un barrio de chabolas. ¿Tendré que llevarme allí a los niños? ¿Los mantendrá él? ¿O aparecerá su hermana pequeña, guapa y rica, torcerá el gesto y acabará alejándolo de mí?
¿Quién coño habla en mi cabeza? ¿Y por qué solo se le ocurren horrores como estos? Llevamos apenas unas semanas juntos y ya estoy aterrada de acabar en la calle sin nada si nos separamos.
Me levanté y me serví una copa de vino. Esto me dará sueño, pensé. Salí a la terraza y me quedé mirando las luces de la ciudad. Y la ribera iluminada del río. Me encanta el agua, pero claro, eso solo me hizo acordarme de los barcos de Ben y de su negocio de millones.
Aquella noche tan esperada, con la que llevaba medio año fantaseando, había salido fatal.
Y la sorpresa de Ben también me había dado un buen golpe en el estómago. Había organizado una reunión en mi honor con su círculo más íntimo de amigos. No se le podía haber ocurrido nada peor. Lo confieso: cuando mencionó la sorpresa por primera vez, pensé que se refería a algo íntimo, los dos solos, a ser posible entre cuatro paredes. Con muchas caricias y mucha ternura.
Cuatro paredes hubo, sí. Pero eran las de la casa de Ben, donde yo no había estado nunca.
Vive en una de las zonas más bonitas de un barrio residencial de las afueras, en una casa de una sola planta de estilo mediterráneo. La fachada color crema se curva hacia la calle, con ventanas estrechas y un tejado de terracota. El edificio se adentra mucho en la parcela, pero desde fuera no revela nada de su tamaño real. Al principio hasta me tranquilicé.
Pero cuando cruzamos el estrecho vestíbulo, se me cayó la mandíbula. No es que esperase un modesto piso de soltero, pero tras el vestíbulo el salón, el comedor y la cocina se abrían en un único espacio enorme. La pared que daba al patio era casi toda de cristal, así que la casa parecía fundirse con la terraza de piedra clara y con el jardín.
Todo parecía sacado de un catálogo de decoración. Pocos muebles, espacios amplios y luminosos, unos cuantos objetos de diseño colocados a la perfección. En la cocina, los electrodomésticos más modernos, y probablemente los más caros, quedaban integrados entre los armarios empotrados. Madera color avellana, textiles color crema y paredes blancas por todas partes.
Frío no parecía, pero acogedor, menos todavía. Ni un jersey tirado, ni un libro a medio leer, ni una taza olvidada.
Era preciosa, eso sí. Pero parecía más una casa piloto perfectamente amueblada que un lugar donde de verdad vive alguien. No mucho después descubrí por qué.
Ben había invitado a cuatro matrimonios y a un amigo suyo con restaurante, que se encargó de toda la cena como chef. Vino sin pareja, pero trajo a tres camareros. Pusieron la mesa, dispusieron la comida y todo lo demás que hacía falta, y desaparecieron con discreción.
A Cecilia no me la pude quitar de encima, aunque al menos había llegado sobria.
—¿Y qué, te gusta su rinconcito privado? —preguntó en cuanto me vio.
Señaló con la barbilla hacia el otro lado del patio. Seguí su mirada como una tonta. La casa rodeaba el patio en forma de U: frente al gran salón acristalado, un ala mucho más pequeña se adentraba hacia el jardín. Hasta entonces había creído que era un garaje o una casita de invitados. Solo entonces me fijé en la ancha puerta de la terraza y en que el pasillo que salía del extremo del ala principal llevaba hasta allí.
—Es bonito…
Soltó una risita estridente.
—Pero si ni lo has visto, ¿verdad?
La miré sin entender. Con los nervios, iba cambiando el peso de un pie a otro.
—Es la primera vez que vengo.
Se rio aún más fuerte.
—¡Hostia, no me digas que a esta ni la dejan entrar ahí!
Se dio la vuelta y, como si su cuerpo ya se hubiera acostumbrado a caminar sin equilibrio, se fue balanceándose hacia Ben.
Entonces entendí que el enorme salón, el comedor y la cocina eran solo la parte social de la casa. La verdadera vivienda de Ben empezaba en algún punto al final de aquel pasillo. Quizá allí guardaba sus libros a medio leer, sus jerséis tirados y sus tazas olvidadas. Si es que los tenía.
Miré a mi alrededor con desesperación. El chef debió de darse cuenta, porque me hizo una seña desde la cocina.
—Ven, mira lo que he preparado.
En mi imaginación me agarré a mi salvavidas con las diez uñas. Parecía que tampoco tenía a nadie. Y eso que daba el tipo de haber salido de una revista de moda.
No lo entiendo.
Cecilia recuperó el tiempo perdido en un abrir y cerrar de ojos. Poco después entretenía a las demás esposas con una voz melosa y arrastrada. Procuraba colocarse de manera que yo no tuviera ninguna posibilidad de unirme a ellas. Aunque ni se me pasaba por la cabeza.
Las otras tres mujeres no bebían. Una de ellas, de pelo largo y negro y con gafas, tenía toda la pinta de profesora de literatura. Parecía que siempre estuviera arrugando la nariz y casi solo usaba adjetivos como horrible, espantoso, terrible, hortera y atroz. De todos modos, tampoco quería tenerla cerca.
Otra parecía una señora mayor, aunque no tenía ni una arruga en la piel. Hasta su cabello espeso y rizado parecía haberse quedado olvidado allí desde otra época.
Curiosamente, la que al final me pareció más simpática fue la mujer operada hasta la extenuación por los cirujanos plásticos. No solo tenía una voz amable, sino también todos sus gestos, sus movimientos e incluso la mirada. Por desgracia, los cirujanos le habían esculpido una cara de indiferencia, aunque seguramente no lo era en absoluto.
Hasta que Cecilia se derrumbó del todo y quedó despatarrada en la esquina del sofá, no pude hablar con ellas. Tampoco tenía muchas ganas, pero por Ben tuve que hacer un esfuerzo.
Resultó que la mujer operada era farmacéutica y trabajaba en la farmacia de una clínica privada. Su marido tenía un concesionario de coches. No pareció impresionarle especialmente que yo fuera traductora profesional. O quizá su cara ya no era capaz de transmitir ninguna emoción. Sobre todo me preguntaba cómo había conocido a Ben y cuánto tiempo llevábamos juntos.
Cuando se fue el último invitado y nos quedamos solos, me sentí un poco incómoda. Ben se comportaba de una manera muy distinta entre sus amigos que a solas conmigo. De pronto no supe cómo actuar con él.
Me cogió de la mano y me llevó hacia su zona supersecreta.
—Ven. Te he echado mucho de menos.
Fue agradable sentir la fuerza tensándose en su brazo mientras casi me arrastraba tras de sí. Me encanta lo decidido y viril que es.
Su dormitorio es enorme, con dos paredes casi enteras de cristal, y aun así resulta acogedor. Después de la parte social, tan luminosa, me sorprendió la madera más oscura, la gruesa alfombra y la cantidad de cojines suaves amontonados sobre la cama. Moderno, pero hogareño. De él se accede a un vestidor y a un baño de ensueño.
¡Qué ganas de vivir en esa casa!
—Así que este es el sitio al que no se puede entrar sin más —le susurré al oído, y le atrapé el lóbulo entre los labios.
—Ajá —gruñó—. Aquí no suelo dejar entrar a nadie. Esta es mi zona privada.
—Entonces es algo importante que yo esté aquí, si no me equivoco.
Me besó.
—Ya lo creo… Sobre todo para mí.
No sé si es verdad o si solo me está camelando, pero en ese momento estuve a punto de reventar de orgullo y felicidad.
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
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