Dos pulgares arriba
Nico entró en el salón, todavía vacío, con una sonrisa satisfecha. Rebuscó con entusiasmo en la cesta negra de mimbre que colgaba de su brazo, llena de pequeños objetos decorativos. Había traído algún detalle para cada puesto de trabajo, pequeños toques que harían el lugar aún más personal.
Sus mechones teñidos de rubio saltaban alrededor de su rostro, especialmente llamativos junto a sus cejas más oscuras. Mientras recorría el salón con pasos ágiles y elásticos, se detenía de vez en cuando para contemplar el resultado.
Dejó un portalápices dorado y una guirnalda de luces cálidas sobre el mostrador de recepción de Mia. A Lara le regaló una caja para pañuelos a rayas negras y doradas y varias velitas aromáticas del mismo color. En la puerta de Gael apareció una discreta placa negra con letras doradas. Junto al lavacabezas colocó una bandeja negra con varias piedras blancas y, entre ellas, un pequeño frasco con borde dorado lleno de aceite esencial, para que aquel rincón transmitiera calma desde el primer vistazo. En su propio puesto colocó un reloj de arena sobre una estrecha balda con marco dorado. No para medir el tiempo. Justo al contrario. Le recordaba que un buen peinado no podía hacerse con prisas.
En la mesa de la zona de espera colocó un cuenco con borde dorado lleno de caramelos de menta envueltos individualmente. En el rincón de manicura apareció un elegante jarrón dorado con varias orquídeas blancas tan realistas que solo de cerca se apreciaba que eran artificiales.
Nico dio un paso atrás y contempló el salón con satisfacción.
No eran grandes cambios.
Solo pequeños detalles.
Pero sabía que, a veces, eran precisamente esos pequeños detalles los que marcaban la diferencia entre un lugar simplemente bonito y un lugar con alma.
—Sigo teniendo un gusto increíblemente bueno —declaró al fin, levantando una mano—. Día perfecto. Comienzo perfecto.
*
Mia abrió la boca al ver todas las nuevas decoraciones repartidas por el salón.
—¡Nico, eres un cielo! —exclamó—. ¿A qué viene todo esto?
Nico se encogió de hombros.
—Porque sí. Estoy de buen humor, la mañana ha empezado de maravilla y me he encontrado con todas estas preciosidades. Ya sabes cuánto me gusta decorar.
Mia se colocó detrás de él y le rodeó la cintura con los brazos. Apoyó la frente en su espalda y lo apretó con cariño.
—Como agradecimiento, voy a prepararte un café antes de que llegue tu primer cliente.
Le dio un último apretón, lo soltó y salió casi dando saltitos hacia la cocina.
Nico siguió con la mirada a la recepcionista, siempre tan alocada, mientras una sonrisa suave se dibujaba en sus labios.
*
La mujer, de rostro aniñado y edad imposible de adivinar, cambiaba tímidamente el peso de un pie al otro. Un poco detrás de ella, una adolescente con unos auriculares negros desproporcionadamente grandes se balanceaba con los ojos cerrados al ritmo de una música que nadie más podía oír. Mia miró la pantalla del ordenador y asintió varias veces seguidas.
—Nico vendrá enseguida. Y tú —añadió mirando a la chica—, ponte cómoda.
La adolescente hizo un breve gesto con la cabeza y se sentó en el sofá. Cogió una revista llena de peinados. Tras lanzar una última mirada a su madre, se sumergió en las páginas.
Mia se llevó una mano al pecho.
—Qué monada —susurró—. Yo no era así para nada —admitió—. Era imposible. No podía estarme quieta ni un minuto. Tienes suerte de que sea tan tranquila.
La mujer sonrió con cierta incomodidad y lanzó una mirada impaciente hacia el lavacabezas.
Mia la captó al instante.
—Adelante —dijo señalando la zona de lavado—. Puedes sentarte ya. Nico estará aquí en un momento.
Y así fue. Cuando la mujer terminó de acomodarse, Nico ya estaba a su lado con la capa y las toallas.
Una calma agradable descendió sobre el salón. Mia estaba absorta en su teléfono. Nico trabajaba en silencio mientras la mujer seguía con interés cada uno de sus movimientos. De vez en cuando, la mirada de Nico se desviaba hacia la chica a través del espejo. Como si lo percibiera, ella levantaba la vista y le dedicaba una leve sonrisa.
Nico todavía recordaba perfectamente su propia adolescencia. Aquel mundo incomprensible e impredecible que un momento parecía perfecto y al siguiente se convertía en un infierno. Recordaba a los adultos irritantes que siempre creían saber más que nadie. La ropa espantosa que su madre intentaba encasquetarle. El dinero de bolsillo que nunca alcanzaba para nada. Y la sensación aplastante de no sentirse comprendido.
Comparada con todo aquello, aquella chica parecía sorprendentemente tranquila.
No ponía los ojos en blanco.
No resoplaba de forma teatral.
No miraba a su madre como si su mera existencia fuera una ofensa personal. Es más, parecía seguir con auténtico interés la evolución del peinado.
Cuando terminó, Nico se encontró mirando primero a la chica. Ella sonrió de oreja a oreja y levantó ambos pulgares. Instintivamente, Nico se irguió un poco más antes de volverse hacia su clienta.
—¿Qué te parece?
La mujer pasó los dedos con cautela por la forma y el color, todavía desconocidos para ella. El brillo de sus ojos dejaba claro que le gustaba lo que veía.
—Soy completamente distinta —susurró—. Hay otra mujer en el espejo.
Puede que Nico hubiera sentido curiosidad por saber qué la había llevado a un cambio tan radical, pero había escuchado demasiadas historias a lo largo de los años. Y ese tipo de historias solían ser desgarradoras. No estaba dispuesto a permitir que nada estropeara aquel día.
La acompañó hasta el mostrador para que pudiera pagar. Cuando terminaron, la mujer le tendió la mano.
—Muchísimas gracias.
Luego se volvió hacia su hija.
—Bueno, ¿y ahora adónde vamos?
—A comprar un gorro —respondió la adolescente con una voz fina e infantil.
Las cejas de la mujer se dispararon hacia arriba.
—¿Un gorro? ¿Qué gorro?
La chica se encogió de hombros.
—Me da igual. Compra el que quieras. Solo asegúrate de que sea lo bastante grande para taparte el pelo.
El rostro de la mujer se endureció. Todo su cuerpo se tensó.
—¿Y por qué tendría que tapármelo? —preguntó con frialdad.
—Porque ha quedado de puta pena. Yo desde luego no pienso subir a un autobús contigo así —sentenció antes de darse media vuelta y salir por la puerta.