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El salón – Parte 16

Es solo pelo, ¿no?

—No puedes hacerme esto, tío.

Ante la voz angustiada de Nico, el salón se quedó en silencio de golpe. Rosita apartó la mano de Lara, se agarró al respaldo de la silla y se giró. Dolores, que ya estaba a punto de irse, se quedó paralizada en la puerta, con los labios entreabiertos, observando con espanto al joven peluquero. Mia se quedó con la mano tapándose la boca, mirando fijamente a Nico y a su cliente: un chico de pelo largo y abundante que parecía universitario.

Nico dejó caer, dolido, el mechón pesado que sostenía en la palma de la mano.

—Vamos… —lo animó el joven. —Es solo un corte de pelo, ¿no?

—Para ti —respondió Nico. Sus dedos se pasaron nerviosos por las cejas oscuras. —Lo hago. Solo dame un momento para hacer el duelo.

Nico soltó el aire despacio. Después, decidido, levantó la mano que sostenía las tijeras y se puso manos a la obra. Mia miraba con la boca torcida cómo el pelo caía al suelo formando una masa. Tan despacio como había empezado la tarea, así de rápido se formó una alfombra gruesa y suave alrededor de las ruedas del sillón.

—Ay, cariño, espero que no te arrepientas —susurró Rosita.

Negó con la cabeza y se volvió hacia Lara.

—Vuelve a crecer —dijo Dolores, quitándole importancia con un gesto de la mano.

Mia fue a buscar la escoba. El horror se le dibujó en la cara mientras recogía el montón espeso con el recogedor. Lo vació en la basura, golpeó el recogedor un par de veces contra la pared del cubo para que no quedara ni un pelo, volvió a dejarlo en su sitio y se sacudió las manos.

—Bueno, pues ya está.

*

—¿Ya te has cansado? —preguntó Nico.

Ahora que había desaparecido aquella melena envidiable y brillante —tragada, recuerdo incluido, por la bolsa de basura perfumada—, a Nico le salían las palabras con más facilidad.

—No, para nada. Me encantaba.

Nico abrió los ojos como platos. No se esperaba eso.

—Entonces, ¿por qué?

El joven se echó a reír.

—Con un colega se nos ocurrió gastarle una broma a un amigo nuestro. Mañana es su cumpleaños y vamos a ir los dos calvos a la fiesta. Todo el mundo va a flipar cuando nos vea.

—¿Él también tenía el pelo tan largo?

—Todavía más. Lleva una trenza que le llega hasta media espalda. Es su sello personal.

Nico soltó un murmullo de incredulidad.

—¿Y va a renunciar a eso solo por la broma?

El cliente se tocó, curioso, la cabeza recién rapada.

—Anda ya, tío, vuelve a crecer —dijo con cierta inseguridad en la voz.

—Algún día, sin duda —le concedió Nico. —Me alegro de que no te esté partiendo el corazón.

El chico se encogió de hombros.

—Va a ser raro, la verdad, porque hasta ahora mi pelo espeso y ondulado era todo mi sexapil. A las chicas les encantaba enredar los dedos en él. Ahora me siento un poco… desnudo. Aunque espero —añadió, pensativo— que aun así encuentren algo en mí que las vuelva locas.

Nico repasó despacio el rostro transformado de su cliente.

—Tienes buena forma de cabeza, y ahora se te notan más los ojos. No me había fijado hasta ahora en que los tienes verdes.

Se oyó un zumbido suave. El chico buscó en el bolsillo. Se le iluminó la cara en cuanto vio la pantalla.

—Es mi colega… Dios, estoy deseando que nos veamos calvos el uno al otro.

A Nico también se le iluminaron los ojos.

—¿Viene para acá?

—¡Sí!

El entusiasmo y la emoción contagiaron a Nico también. Quería ver al otro chico. Sentía curiosidad por saber qué sacaría la calvicie de su cara, pero, más aún, por cómo sería el momento en que los dos amigos se vieran por primera vez. Para eso, sin embargo, necesitaba saber de dónde partían.

—¿Tienes alguna foto suya para enseñarme?

El chico sacó el móvil de buena gana. En la primera foto, su amigo llevaba suelto su pelo negro azabache, espeso y liso como una tabla. Nico se quedó mirando, asombrado, la cascada de pelo que le caía sobre los hombros. En la siguiente foto ya aparecía con la famosa trenza. Recogido tan hacia atrás, sin embargo, el pelo dejaba a la vista unas orejas bastante prominentes. Nico necesitó todo su autocontrol para no hacer ningún comentario. Ahora ya sabía qué haría especial a ese chico una vez que perdiera la trenza.

*

—¿Puedo usar el baño? —preguntó el cliente, entusiasmado, después de pagar la cuenta.

Nico señaló la puerta detrás del mostrador de recepción. En cuanto se tragó al chico, ya calvo, se puso a recoger.

Ni siquiera se giró cuando oyó entrar a alguien. Había terminado por hoy y estaba deseando irse a casa.

—Ay, madre —gimió Mia, angustiada.

Nico se volvió hacia la entrada. Un joven alto y de hombros anchos estaba de pie en la puerta. Llevaba el pelo negro azabache recogido en una gruesa trenza, que dejaba las orejas completamente al descubierto.

—¿De verdad está aquí? —preguntó, inseguro.

No hizo falta respuesta, porque en ese mismo instante el joven, ya calvo, salió del baño. El recién llegado exclamó:

—¡Joder, tú no estás bien de la cabeza!

El asombro se apoderó de la cara del chico calvo, y una fracción de segundo después dio paso al pánico.

—Estás de broma, ¿no…?

—No —espetó el otro. —El que está de broma eres tú. ¿Cómo has podido hacerte esto?

El cliente se quedó boquiabierto y agitó los brazos por encima de la cabeza.

—¿Cómo que cómo he podido? ¡Esto lo hablamos, joder! ¡Que los dos nos rapábamos el pelo!

El otro agarró su trenza, furioso, y la agitó como una bandera.

—¿Esto? ¿Mi sello personal? ¡Ni de coña!

—Entonces, ¿por qué lo dijiste?

—¡Y yo qué sé! Pensé que estábamos de broma.

—Tío, me has jodido bien… ¿Ahora cómo llego así? Las chicas se van a reír de mí.

—Vale, vale, algo se nos ocurrirá…

Nico se acercó, levantó las tijeras y las hizo chasquear un par de veces.

—Yo tengo una idea.

El de la trenza se llevó las manos por delante y retrocedió hacia la puerta.

—¡Ni se te ocurra tocarme!

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?

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