Olivina
Era una mañana de otoño fresca y fragante en el salón. Mia fue la primera en llegar. Repasó las citas del día y, en unas notitas adhesivas con forma de corazón, apuntó lo que los demás tenían que saber sobre su primera clienta. Pegó una en la pared, encima del gancho donde colgaba el delantal de Nico, y la otra sobre la lámpara UV de Lara. Le gustaba poder demostrar con detalles así lo mucho que le importaban.
Llamaron a la puerta.
Sorprendida, Mia giró la cabeza hacia la puerta de cristal de la entrada. Los clientes solían entrar sin más y decir enseguida a qué venían. Echó un vistazo al cartel de abierto/cerrado, por si se le había olvidado darle la vuelta. Todo parecía en orden. Sin embargo, la mujer —melena pelirroja y abundante, jersey blanco y bufanda verde manzana— no se movía.
Mia esperó.
La mujer seguía allí plantada.
Picada por la curiosidad, Mia se acercó sigilosamente y abrió la puerta. La joven, de cara redonda y llamativamente guapa, esbozó una sonrisa encantadora con sus labios brillantes en tono nude; sus ojos verdeazulados resplandecían.
—Estaba deseando ir por fin a un salón de belleza —dijo, entusiasmada.
Mia arqueó la ceja izquierda.
—Bueno… pues pasa —dijo encogiéndose de hombros.
Se apartó y le indicó con la mano el interior del salón.
Con una sonrisa extraña, la mujer se quitó la bufanda, la dobló y la guardó en el bolsillo lateral del bolso. Luego sacó una pinza de otro bolsillo y se recogió el pelo.
—¡Madre mía, qué joyas! —exclamó Mia, maravillada.
De una cadena de plata le colgaba un colgante en forma de gota del tamaño de un pulgar, y en las orejas llevaba unos pendientes a juego, casi igual de grandes. Los engastes plateados estaban llenos de granitos minerales translúcidos, de color verde musgo, cuya superficie irregular quebraba la luz de forma caprichosa.
La mujer acarició el colgante con ternura.
—Olivina —dijo, orgullosa.
—Preciosa —suspiró Mia, sin poder apartar la vista.
—El mérito es de mi marido; las eligió él.
Mia chasqueó la lengua con aprobación.
—Pues me quito el sombrero ante tu marido. Te van perfectas con los ojos y con tu estilo.
Un leve rubor le subió a las mejillas, y bajó la mirada con timidez.
Lara y Nico llegaron a la vez. Él fue directo a la cocina, y Lara se apresuró hacia su mesa de trabajo.
—Ven, siéntate —le dijo, señalando la silla, mientras despegaba la nota de la lámpara UV—. ¿De qué color quieres las uñas?
—Verde. Como mis joyas.
Lara se inclinó hacia ella.
—¡Uy, qué preciosidad! —susurró. Alargó la mano por instinto, pero se contuvo justo antes de tocarlas y la retiró—. Tengo un color así. Quizá no idéntico, pero muy parecido.
Llegó Dolores, la primera clienta de Nico. La mujer de la olivina miró por encima del hombro y saludó a la señora con una amplia sonrisa.
—¿A que da gusto empezar el día en un salón de belleza? —preguntó con alegría.
Dolores le devolvió la sonrisa, aunque la piel alrededor de sus ojos no se movió. Solo la boca se le curvó, rígida, hacia arriba. Con los ojos entornados, miró de arriba abajo a la clienta de Lara.
—Sí, yo también prefiero empezar el día en el sillón de la peluquería que en la cocina, pegada a los fogones —respondió, y se dirigió al lavacabezas.
Al cabo de unos minutos, un silencio laborioso se instaló en el salón. Todos estaban concentrados en su trabajo o se dejaban mimar. Solo la joven no paraba de removerse en la silla.
—¿Pasa algo? —preguntó Lara, frunciendo el ceño, preocupada—. ¿No estás cómoda? ¿Te traigo otra silla?
La mujer negó con la cabeza. Sus grandes pendientes se balancearon con pereza.
—¿No viene nadie más? —preguntó, y se volvió hacia la entrada como si esperara a alguien.
Lara metió la barbilla y se echó hacia atrás. La observó con recelo.
—¿Lo dices por Gael? ¿Quieres saber si viene hoy?
Dolores y Rosita, las dos clientas habituales más mayores del salón, estaban platónicamente enamoradas del masajista, un hombre alto y de pocas palabras. A Lara no le habría sorprendido que aquella joven también estuviera colada por él.
Pero la clienta volvió a negar con la cabeza. Sus grandes pendientes se balancearon de nuevo.
—Ah, no —contestó enseguida—. Todo bien, es que me gusta tener bullicio alrededor.
Lara no la creyó, pero lo dejó estar. Tampoco tenía ganas de meterse en un avispero. Solo quería saber de su clienta lo estrictamente necesario.
Siguió trabajando, y durante un rato volvió la calma. Cuando Dolores terminó, llegaron dos clientas más y se sentaron en el sofá junto a la puerta. Nico barrió, y Dolores se acercó a la mesa de Lara.
—Un trabajo precioso, cariño —la felicitó—. Queda perfecto con estas joyas tan bonitas. —Le posó la mano con suavidad en el hombro a la mujer—. Muy buena elección. Un conjunto de lo más femenino.
A la joven se le iluminaron los ojos.
—Las eligió mi marido.
Dolores asintió con aprobación, y su melena recién peinada y perfumada se meció.
—Pues mi enhorabuena al hombre que le regala a su mujer unas joyas así.
Una sonrisa celestial se dibujó en el rostro de la mujer. Inspiró lenta y profundamente.
—No las compró para mí —respondió con dulzura—. Las tenía escondidas en el cajón de la ropa interior. Llevaban hasta una tarjetita: «Nora, cariño, soy tuyo para siempre». Yo no me llamo Nora. Así que arranqué la tarjeta y la tiré a la puta basura. —Su voz seguía sonando suave y serena—. Tendríais que haber visto la cara que puso ese miserable hijo de puta cuando me vio con los pendientes y el colgante. —Carraspeó con discreción—. Le dije que, cuando esa zorrita empiece a llenarle el cajón de calzoncillos limpios y calcetines bien emparejados, podrá quedarse con lo que encuentre ahí.
Lara, Nico, Mia y las clientas escuchaban conteniendo la respiración.
—Oh —musitó Mia.
—Tenía tantas ganas de venir a un salón de por aquí porque en estos sitios es donde más rápido corren los chismes —continuó—. Veréis, mi marido es ese gilipollas de agente inmobiliario que tiene la zona llena de vallas publicitarias. Así, por lo menos, le hago un poco de propaganda a él y a su negocio. Es un cabrón, por si no había quedado claro.
Se quitó la pinza del pelo y se arregló los rizos. Sacó la bufanda verde manzana, se la enrolló con soltura al cuello y miró a Mia.
—¿Te pago a ti?
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
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