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El salón – Parte 29

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Hoy no se libra nadie

No fue tanto Vera quien abrió la puerta del salón como la tensión eléctrica que empujaba por delante. La joven, alta y enjuta, con un vestido vaquero hasta las rodillas, se detuvo pálida en el umbral. Apretaba los labios hacia dentro con tanta fuerza que parecía que se le hubiera borrado la boca. Los hombros le subían con cada respiración entrecortada.

Nico se apresuró a recibirla, pero lo que Vera tenía que decirle no sonaba precisamente a agradecimiento. Primero lo repasó despacio de arriba abajo. Luego tomó aire tan hondo que se le arrugó la nariz.

—Tienes suerte, Nico —empezó en tono amenazante—, de que no sepa en qué equipo juegas. —Carraspeó y se metió las manos en los bolsillos del vestido—. Así que, por ahora, prefiero imaginarme que eres el novio de algún tío encantador.

Nico no contestó. La observó con los ojos entornados. Conocía bien a Vera y sabía que era uno de esos momentos en los que más valía no abrir la boca. Mejor esperar. Pero Vera le dio la espalda y se dirigió con paso medido hacia la mesa de trabajo de Lara. Todavía no había nadie. Vera se quedó de pie junto a ella, esperando.

La puerta de Gael se abrió y salieron el masajista y Lara.

—¡Anda, Vera! —A Lara se le iluminó la cara—. ¡Qué bien que seas mi primera clienta de hoy!

Vera no le devolvió la sonrisa. Escrutó a Gael con abierta desaprobación, soltó un «mmm» y se sentó.

—Apuesto a que a ti también te ha tocado una dragona en casa —le espetó al hombre de voz suave—. A lo mejor tú no le sueltas pullas delante de la gente —negó con la cabeza—, pero me juego lo que quieras a que te quejas de ella todo el rato. Para tus adentros o con tus colegas, seguro.

A Gael se le abrieron mucho los ojos por un instante.

—¿Pasa algo, Vera? —preguntó con recelo.

—Pff. Sí. Pasa —resopló la clienta.

Lara se sentó frente a ella y le tendió las palmas abiertas.

—Dame las manos.

Vera obedeció sin pensárselo. Lara le apretó con suavidad los dedos tibios.

A la mujer alta y furiosa se le hundieron los hombros.

—Gilipollas, cabrón, capullo salido que no hace más que mirar tetas —estalló.

Lara sonrió. Miró a Gael y le hizo un discreto gesto con la cabeza. El masajista asintió y las dejó solas.

—Ya veo… —dijo Lara con dulzura—. ¿Y qué ha hecho exactamente?

Vera puso los ojos en blanco.

—Estoy cabreadísima con él. ¡Y con todos! Ya ni siquiera puedo mirar a Nico y a Gael como antes…

—Vale —la tranquilizó Lara—. Cuéntame qué ha pasado. A lo mejor te ayuda soltarlo.

Se abrió la puerta de la calle. Mia entró resoplando, a pisotones, con la bolsa de la compra crujiendo.

—Ay, madre mía, qué tiempo más tonto —jadeó—. Cuando salí me moría de frío y ahora estoy empapada en sudor, y encima llego tarde, y uf, estos zapatos me están matando —refunfuñó.

—Pues vente aquí con nosotras —dijo Vera, girándose—. Coge una silla, que estamos haciendo terapia para mujeres con pareja. Bueno, espera: ¿tú tienes novio o novia?

Mia se puso roja hasta las orejas. Mantuvo la cabeza gacha, esperando a que la respiración se le calmara por fin.

—¿T-tengo que contestar a eso? —balbuceó.

—Ya me imaginaba que era un tío —bufó Vera—. Seguro que es un impresentable. Ven, que ahora mismo os lo demuestro. A lo mejor tú ni lo sabes todavía.

Sacó pecho y se volvió de nuevo hacia Lara.

—¿Que nos lo vas a demostrar? —Lara arqueó una ceja—. ¿En serio? ¿No era de tu novio de quien estábamos hablando?

—El mío, el tuyo o el de Mia, lo mismo da. A todos les flipa ir de mártires, como si las mujeres los tuviéramos aterrorizados. ¿Sabes? —Vera hizo una mueca—. Esos mismos tíos que el resto del tiempo van de supermachos, siempre empalmados, más listos y más fuertes que nadie, se mueren por lloriquear que su mujer los manda al rincón a gimotear. Pff. —Hizo un gesto de desdén con la mano, furiosa.

Lara se tapó la boca con la mano y clavó la vista en la mesa. No quería reírse.

—Aquí estoy —anunció Mia, plantándose a su lado. Dejó la silla que había traído y se sentó—. ¿De qué va la cosa? ¡Ponedme al día!

—Vera nos estaba explicando que a todos los hombres les encanta quejarse de su pareja. Más concretamente, que las mujeres les amargamos la vida.

—¿Y eso cómo? —se escandalizó Mia.

—Imponiéndoles nuestra voluntad y nuestro humor, y echándoles la bronca por todo —saltó Vera.

—¿O sea, como cuando dejan un vaso chorreando encima de la mesa de cristal?

Vera ladeó la cabeza, pensativa.

—Por ejemplo… sí, por qué no. Ahora mismo no tengo nada de cristal, pero sí, seguro que me pondría de los nervios que me llenara de cercos lo que yo acababa de limpiar.

—Pero yo no discuto con él por eso —se defendió Mia, toqueteando distraída el cuello de la camiseta—. O sea, sí, se lo digo, pero ¿qué voy a hacer si ni se le pasa por la cabeza secarlo o usar un posavasos…?

—¡Eso es, exactamente! —Vera dio unos golpecitos con los nudillos en la mesa—. Nosotras no nos metemos en sus cosas, así que no tienen nada que echarnos en cara. Ellos, en cambio, se pasan el día haciendo cosas que demuestran que les importa un pimiento lo que hacemos nosotras. Y luego encima se quejan de que «montamos un drama por todo». —Dibujó unas comillas en el aire con ambas manos.

—¿Qué ha pasado para que estés tan alterada? —preguntó Lara. Necesitaba saberlo.

Vera se dejó caer hacia atrás en la silla y levantó la vista al techo.

—Esta mañana nos hemos encontrado con unos amigos suyos en la parada del bus. Unos capullos inmaduros. Va uno y pregunta, como si yo ni estuviera delante: «¿Qué, seguís de luna de miel o ya te ha vuelto un calzonazos?». Y yo pienso: venga, ahora se lleva una hostia. ¡Pues no, joder! Se ríe de oreja a oreja y suelta: «Ya, ya, ya está sacando sus garritas de dragona, ya sabéis, la tapa del váter, que si me duele la cabeza…». Y todos dándose palmadas en las rodillas, partiéndose, como si fuera el mejor puto chiste del mundo. —Se detuvo un momento, sin aliento—. Que se vaya a la mierda. Cinco citas, joder. Garritas de dragona. Sí, hombre. Y un jamón. Búscate a otra a la que mirarle las tetas.

A Lara se le abrió la boca.

—¿Vas a romper con él?

Vera la miró escandalizada.

—Ni de coña. No quiero aterrorizarlo. Ya se dará cuenta él solito, tarde o temprano, de que no me va a volver a ver el pelo.

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.

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