El momento en que te das cuenta de que la has liado
El lunes, Thessa me metió un buen puñetazo en el estómago con un correo de lo más alegre. Me recordó que el catálogo multilingüe que solemos preparar para uno de nuestros clientes de toda la vida ya tendría que estar camino de imprenta.
Pensé que me lo había mandado por error. Por pura costumbre.
Así que le contesté sin pensarlo demasiado, con uno de esos comentarios míos cargados de humor fino, diciendo que ya me gustaría a mí tener tiempo para cosas así.
Para mi sorpresa absoluta, me respondió con una parrafada monumental explicándome que, cuando organicé el proyecto de telecomunicaciones, también debería haber contado con esto. Y añadió que, aunque entendía y apreciaba el humor, le había sorprendido bastante el tono inmaduro y poco respetuoso que a veces me permitía usar con mi jefa.
Tuve que releer el correo una y otra vez antes de creerme lo que estaba viendo.
Al principio me dolió la frialdad que desprendían sus palabras.
La revelación vino después.
Y cuando llegó, me dio de lleno.
De repente me acordé de nuestra primera reunión sobre el proyecto.
Entonces estábamos los cuatro —incluidos los gemelos— sentados en la pecera de cristal de Thessa. Incluso recuerdo lo que llevaba puesto: un vestido de satén verde intenso. Olía ligeramente a polvos, un aroma suave y limpio. Recuerdo que me dieron ganas de hundir la cara en su cuello solo para respirarla de cerca.
Y sí.
Me había avisado.
—Emily, organiza las horas contando con que todo el mundo mantendrá a sus clientes habituales. Especialmente Ben, el vendedor de barcos. Nadie puede encargarse de lo suyo de un día para otro. Si estás pensando en pasárselo a otro traductor, empieza ya.
Los gemelos no tenían ese problema. No tenían clientes asignados específicamente a ellos. Siempre acababan llevándose los trabajos con los plazos más largos.
Yo, en cambio, llevaba años arrastrando este catálogo. Y la verdad es que me gustaba, pero daba un estrés de la hostia. Aparecía todos los años con la puntualidad de Hacienda o una catástrofe natural. Y, por supuesto, no era solo traducir. Al final siempre llegaban los infinitos textitos, la maquetación, las correcciones y el caos inevitable.
Y por algún motivo que todavía soy incapaz de entender, organicé los seis meses del proyecto como si todo aquello simplemente no existiera. Creo que una parte de mí pensó: son solo seis meses y yo solo tengo un proyecto grande al año. Lo cual habría tenido sentido… si no fuera porque no me di cuenta de que justo en ese mismo periodo también me había cargado encima el trabajo de otras dos personas.
Empecé a sudar en cuanto me vino a la cabeza aquella sonrisita de suficiencia al enterarme de lo del triple sueldo.
Aquella chulería.
Hablando sola frente al espejo del baño.
Sonriendo para mí:
Joder, qué pardilla es Thessa.
Me está soltando una pasta indecente solo para que acepte.
Y ahora no tengo ni puta idea de qué coño voy a hacer. Mis dos malditos clientes están sujetos a acuerdos de confidencialidad. No puedo pasárselos a cualquiera.
Quizá a algún compañero. Muy discretamente. Por debajo de la mesa. Y seguramente pagando una fortuna. Y luego me tocaría vivir cagada pensando cuándo me pillará Thessa.
Sí.
Ni de coña.
Mi lunes quedó oficialmente enterrado. Tardé horas en recomponerme lo suficiente como para hacer algo mínimamente útil. Seguía aferrándome, cabezota, a la esperanza de que para la semana siguiente Thessa encontrara a alguien que me sustituyera.
Terminé aquella noche de mierda con tres gin-tonics. La habitación todavía me daba vueltas cuando me acosté. Jamás pensé que acabaría emborrachándome sola en mi silloncito de escribir el diario.
Al día siguiente llamé a Adele.
Por suerte me acordé de que su jefe le había dado libres las tardes del martes y del miércoles, así que le alegró bastante que la llamara justo cuando iba de camino a casa en el tren.
—Emily, deja de hacer el idiota y espabila de una vez —me soltó nada más terminar de contarle lo ocurrido—. La has liado. Vale. Eso ya está hecho. Pero todavía estás a tiempo de decidir si quieres meterte en un problema todavía más gordo.
Las palabras le salían disparadas como balas.
Y, como siempre en momentos así, me limité a escuchar sin rechistar.
—No la llames. No le mandes mensajes. Eso no sirve para nada. Ve a verla. Siéntate delante de ella, mírala a los ojos y dile que es la jefa, así que te ayude a solucionar este marrón —continuó—. Pide perdón. Reconoce que la has cagado. Y dile que asumirás las consecuencias.
—¿Y si me despide? —gimoteé.
—¿Pero tú te oyes? Tendría que estar loca para despedir a una empollona pringada como tú.
Sus palabras dieron justo donde dolía.
¿De verdad era así?
¿De verdad?
—Adele… ¿lo dices en serio? —pregunté en voz baja—. ¿Así me ves?
—Ay, por Dios, Emily, no empieces ahora con dramas. Sabes perfectamente a qué me refiero. Somos iguales. Las dos trabajamos hasta reventar. Somos así. Hay gente que monta negocios y trabaja para sí misma. Nosotras nos dejamos la piel trabajando para otros.
—Sí, pero solo hasta que termines con el examen de acceso. Luego tendrás tu propio despacho.
—Bah —gruñó, impaciente—. Primero habrá que llegar.
Solté el aire despacio.
No tenía mucho que decir.
—¿Quieres que mañana te lleve comida? —preguntó otra Adele distinta.
La abogada desapareció. Y apareció la amiga que se preocupa. Y, de repente, dejó de importarme lo agobiada que estaba.
—Pero solo si comemos juntas.
—Si quieres, nos pegamos una buena comida. Mañana por la mañana Dave mandará el menú y elegiré algo rico.
Suena bien.
—A mí también me vendrá bien un rato de tranquilidad contigo —suspiró.
Tuve una sensación rara. Y ni siquiera era por Adele. La cara de Dave me vino de golpe a la cabeza. Y me recorrió un escalofrío.
*
Me alegraba tener compañía.
Como no quería cruzarme ni por accidente con el padre karateca —sobre todo desde que había empezado a notar aquella incómoda tensión entre las piernas cada vez que pensaba en él—, no me había atrevido a salir del piso.
Mi concepto de airearme seguía consistiendo en hacer veinte sentadillas en el balcón varias veces al día. Aunque ya empezaba a notar el culo bastante más firme. Lo que no esperaba era acabar compartiendo una de las comidas más incómodas de mi vida con mi mejor amiga.
—¿Y si hubiera una guarra detrás de tu novio? ¿Qué harías? —preguntó Adele después de tragarse el segundo bocado de wrap de salmón y unas patatas de boniato.
Se me cerró la garganta de golpe. Y entonces lo entendí. Ah. Por eso había tenido esa sensación rara con Dave. Seguro que se está tirando a la nueva asistente.
—¿Los pillaron?
—¿A quién?
—A Dave y a su asistente.
—¿Qué? —saltó—. Pero Emily, ¿tú te estás oyendo? Esa imbécil está coladísima por él, pero Dave jamás, jamás le tocaría un pelo.
—Vale, vale —me eché atrás enseguida—. Pensé que habían acabado juntos o algo.
A Adele se le despertó la leona en una fracción de segundo. La cara se le deformó entre la rabia y la incredulidad.
—¿Juntos? ¡Por Dios! Dave jamás me engañaría. ¿Dave? ¿En serio? ¿Cómo se te ocurre algo así? Sabes perfectamente lo bien que estamos. Nunca ha querido a nadie como me quiere a mí.
—Ya lo sé —balbuceé—. No quería decir eso… solo me habría sorprendido…
Intenté explicar lo inexplicable. No sé si nota el rechazo visceral que siento hacia Dave. No quiero hacer daño a Adele. Así que no puedo decirle que probablemente no haya pisado la Tierra un gilipollas más grande que él. Ella no pega con un capullo arrogante como ese. Necesita a alguien bueno. Algún profesor universitario que adore a su novia lista, valiente y cañera, y al que no le importe aguantar sus golpes cuando descarga el estrés.