Calle la Rosa, 22 – Parte 60
Noud soltó un quejido cuando las plantas de sus pies tocaron la arena negra y ardiente.
—Te dije que trajeras escarpines.
—Lo dijiste, y se me olvidó —gruñó.
Calle la Rosa 22 – serie intrigante y compleja sobre la vida de una comunidad. Historias ligeras y entretenidas de Sonja Blonde.
Noud soltó un quejido cuando las plantas de sus pies tocaron la arena negra y ardiente.
—Te dije que trajeras escarpines.
—Lo dijiste, y se me olvidó —gruñó.
—Lo siento por lo que ha pasado, Majo —dijo Carlos, con la mirada baja—. Y también por el condenadamente largo viaje que aún nos queda por delante.
María José hizo un gesto despreocupado con la mano.
—¿Acabo de meterme en medio de un ajuste de cuentas mafioso? —preguntó María José con voz impasible.
Con una leve mueca de desagrado, removía el café de máquina en su endeble vaso de plástico con un palito de madera.
—¿Carlos? —la voz de María José sonó cansada e insegura—. ¿A dónde me has traído?
Parecía menos sorprendida que él de despertarse junto a Carlos en un lugar desconocido.
La luz del sol de la mañana quemaba la nariz de Carlos con más intensidad de lo habitual. Se dio la vuelta, aún sin ganas de abrir los ojos. Pero al moverse, la suavidad de la tela que rozaba su cara le desconcertó. ¿Qué tipo de sábanas le habría puesto la asistenta?
Lo primero que hizo Bernard fue comprobar las cámaras. No había querido hacerlo delante de Timothy porque, sinceramente, le daba vergüenza que un par de jubilados le estuvieran tomando el pelo. Aunque su objetivo principal no fuera Carlos, sino Ted.
Noud subió a regañadientes hasta el sexto piso, arrastrando los pies. Mantenía los labios apretados para asegurarse de no decir nada sin querer. En ese estado, solo era capaz de quejarse del aire asfixiante y con olor a orina de la escalera o de soltar maldiciones sobre su destino.
—Carlos ha puesto el turbo —se rió Noud.
Siempre que tenían que hablar de algo importante, los dos hombres solían retirarse a la cocina, donde las probabilidades de ser escuchados eran mucho menores.
Las amenazas escritas para Viktoria revoloteaban alrededor de los vecinos como si fueran confeti.
—¿Quién podría escribirte algo tan vil, Viktoria? —preguntó Pauline, horrorizada.
—Pensé en María José, en Ted y en ti —respondió la madre alemana con tono impasible.
Aquella mañana de domingo, los pájaros despertaron a los residentes del complejo Calle la Rosa 22 con un inusualmente fuerte concierto de trinos. Como si una mano extraña e invisible hubiera sincronizado las alarmas internas de los propietarios e inquilinos de las ocho casas.