El salón cuenta las historias divertidas y, a veces, conmovedoras del personal y los clientes de un salón de belleza. Las peticiones insólitas y los pequeños y grandes dramas personales alteran el día a día de Lara, Mia, Nico y Gael. Cada jueves llega una nueva entrega, y puedes empezar por la primera cuando quieras.
Era una mañana de otoño fresca y fragante en el salón. Mia fue la primera en llegar. Repasó las citas del día y, en unas notitas adhesivas con forma de corazón, apuntó lo que los demás tenían que saber sobre su primera clienta. Pegó una en la pared, encima del gancho donde colgaba el delantal de Nico, y la otra sobre la lámpara UV de Lara. Le gustaba poder demostrar con detalles así lo mucho que le importaban.
—Menos mal que traje un pañuelo —una voz aguda y penetrante rompió el silencio del salón. Lara dio un respingo. No había oído abrirse la puerta, así que la voz de la clienta la pilló totalmente desprevenida. Mia estaba en la trastienda, sacando las toallas de la secadora. La chica, alta, de poco más de veinte años, con las cejas finas y tatuadas, recorrió el salón con la mirada, seria. Apretaba los labios, con los músculos de la mandíbula en tensión.
Mia esperaba en la calle, cambiando el peso de un pie a otro y estirando el cuello para ser la primera en saludar a Rosita, una señora mayor y clienta habitual del salón. El pelo fino y teñido de rubio platino de la recepcionista se agitaba con la ligera brisa veraniega que subía desde el río. Con su blusa celeste y unos pantalones de lino un tono más oscuro, parecía colocada allí a propósito, solo para animar la monotonía de la calle.
La templada lluvia de verano golpeteaba con suavidad y a un ritmo constante la puerta de cristal y el escaparate del salón. Los ojos adormilados de Mia se iluminaron al ver en el monitor que su primera clienta sería Vera. Por lo menos ella los espabilaría.
El hombre cuarentón se acomodó en el sillón de lavado, vestido con una camiseta de fútbol desteñida y un pantalón de bolsillos hasta la rodilla. Llevaba una riñonera cruzada al pecho, con la correa tensada sobre su barriga prominente. Se había engominado el pelo ralo hasta dejarlo brillante, y en su muñeca gruesa llevaba un reloj digital tan grande que Mia podría haber leído la hora desde el mostrador de recepción.
Agosto llegó en alas de vientos abrasadores. El sol quemaba la piel sin piedad, recalentaba el asfalto y volvía insoportables las mañanas. Mia puso el aire acondicionado a veinticuatro grados.
Aquel jueves por la mañana en particular, la primera clienta de Lara también había reservado cita con Nico y con Gael. No era frecuente que alguien reservara tres citas seguidas, una con cada uno. Mia había calculado con cuidado cuánto tiempo necesitaría cada uno como mínimo, y había organizado el horario de manera que la mujer solo tuviera unos minutos libres entre tratamiento y tratamiento.
Lara apoyó con delicadeza el pie de Rosita sobre su rodilla. La anciana movía los dedos del pie con aire juguetón, girando el talón de un lado a otro sobre la toalla blanca y gruesa, como si en lugar de una mujer de más de setenta años fuera una niña impaciente esperando ansiosa que la mimaran.
Lara preparó el baño de pies, ajustó el agua a una temperatura agradable y comprobó que estuviera todo lo necesario para la pedicura. Limpió la paleta de colores y repasó rápidamente los frasquitos, asegurándose de que no faltara ningún tono en la estantería.
Mia abrió la aplicación de reservas para ver cuántos clientes tenía cada quien ese día. Sus compañeros estaban apoyados en el mostrador de recepción.