El salón cuenta la historia de un pequeño salón de belleza donde cada cliente trae un mundo nuevo. Relatos románticos y sensuales de Sonja Blonde.
Aquel jueves por la mañana en particular, la primera clienta de Lara también había reservado cita con Nico y con Gael. No era frecuente que alguien reservara tres citas seguidas, una con cada uno. Mia había calculado con cuidado cuánto tiempo necesitaría cada uno como mínimo, y había organizado el horario de manera que la mujer solo tuviera unos minutos libres entre tratamiento y tratamiento.
Lara apoyó con delicadeza el pie de Rosita sobre su rodilla. La anciana movía los dedos del pie con aire juguetón, girando el talón de un lado a otro sobre la toalla blanca y gruesa, como si en lugar de una mujer de más de setenta años fuera una niña impaciente esperando ansiosa que la mimaran.
Lara preparó el baño de pies, ajustó el agua a una temperatura agradable y comprobó que estuviera todo lo necesario para la pedicura. Limpió la paleta de colores y repasó rápidamente los frasquitos, asegurándose de que no faltara ningún tono en la estantería.
Mia abrió la aplicación de reservas para ver cuántos clientes tenía cada quien ese día. Sus compañeros estaban apoyados en el mostrador de recepción.
—¡Dios, qué calor! —jadeó la mujer de pelo espeso y rizado que le llegaba hasta el trasero, mientras prácticamente se desplomaba por la puerta.
A Mia se le cayeron los hombros en cuanto vio el nombre del primer cliente del día en el registro.
—Ay, no. ¡Pobre Nico!
—No puedes hacerme esto, tío.
Ante la voz angustiada de Nico, el salón se quedó en silencio de golpe. Rosita apartó la mano de Lara, se agarró al respaldo de la silla y se giró.
La lluvia caía como una cortina suave que separaba el salón del ruido de la calle. Lara esperaba a su primera clienta con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Nico se mecía adelante y atrás en el sillón, con las manos flojas sobre el regazo.
Lara se tomó su tiempo para preparar la llegada de su clienta. Rellenó la caja de guantes desechables, limpió la lámpara UV hasta que no quedó ni una mota de polvo y después alineó las hileras de esmaltes hasta que todas las etiquetas quedaron orientadas en la misma dirección.
Mia se acercó sigilosamente por detrás de Nico, que estaba sentado en el sillón de peluquería hojeando una revista. Ya había levantado la mano para agarrarle por el hombro cuando se fijó en el catálogo de lencería que tenía entre las manos.