Pepinos en forma de flor y vino tinto
Lo poco de sentido común que me quedaba acaba de desaparecer oficialmente. Aunque, siendo sincera, tampoco es que me quedara demasiado con el agotamiento que llevo encima últimamente.
Así que hace un rato bajé a la tienda. Más que nada por salir un poco, porque esta semana Mark ya me llevó a hacer la compra grande. De camino intenté comerme una barrita energética de cereza, pero solo llegué a la mitad antes de meter el resto en el bolsillo.
Como en realidad no necesitaba nada, cogí una botella de vino tinto de la estantería.
Ni zumo. Ni refresco. Vino.
—Hola, Chica Mágica.
Su voz se me clavó en la nuca y me recorrió la espalda en un escalofrío cálido que terminó instalándose en la parte baja del vientre.
Me giré despacio, dándoles tiempo a mis párpados pesados para volver a despegarse de los ojos. Hasta sonreír me costaba esfuerzo.
—El instructor de kárate que salta por los aires…
Los hoyuelos alrededor de su boca se marcaron sobre la piel suave de su cara recién afeitada. El olor discreto y masculino de su aftershave me llenó lentamente los pulmones.
—Buena elección —dijo, señalando la botella—. Dicen que potencia las habilidades sobrenaturales.
—Entonces deberíamos beberlo juntos —se me escapó antes de poder frenarlo.
El horror me atravesó de golpe.
Joder. ¿Por qué he dicho semejante gilipollez?
Me llevé una mano a la frente, aturdida, como si acabara de acordarme de algo importante.
—Quiero decir… —balbuceé, tropezando con las palabras—. Tú también deberías llevarte una. Para la cena.
Ya está. Se acabó. No existe humillación más grande que esta. Básicamente me acabo de lanzar encima de un padre divorciado con dos hijos después de hablar con él tres minutos.
Pero él le quitó importancia con tanta naturalidad que parecía no haber entendido el peso catastrófico de mis palabras.
—Nah, hoy toca menú infantil. Sándwiches triangulares de jamón y queso, pepinos cortados en forma de flor y cacao caliente. El vino tinto no pega demasiado con un niño de siete años y otro de cinco.
—Ya veo —asentí, aliviada—. Entonces nada mínimamente adulto esta noche…
Negó con la cabeza fingiendo decepción.
Por supuesto, lo esperé mientras terminaba la compra. La verdad es que quería devolver el vino a la estantería, pero no me atreví.
Frente al ascensor me miró con seriedad.
—Te acompaño a casa, ¿vale?
Un calor entumecido me inundó la cara. La sonrisa se me deshizo sola.
—Te lo agradecería —susurré con voz ronca.
Subimos hasta el tercero en silencio.
Cuando se abrieron las puertas, se aclaró la garganta.
—Aun así… —señaló la botella que colgaba de mi mano— sigo pensando que es buena idea. Algún día, quizá. —Se encogió de hombros, incómodo—. Quizá.
Todavía no me he quitado la sudadera con la que bajé. Estoy aquí sentada con la capucha puesta, muriéndome de vergüenza por cómo me he comportado.
Le he tirado los tejos. No hay forma bonita de decirlo.
Qué vergüenza doy, joder.
Al menos el vino está bueno.
Y después de la tercera copa ya puedo decirlo con total seguridad.
*
La primera mitad de la semana prácticamente ni existió. Los días se mezclaron con las noches hasta convertirse en una masa informe. Como una idiota, decidí “adelantar trabajo” para tener algo de tiempo libre el fin de semana. Al final solo conseguí fastidiarme yo sola.
Cada mañana encontraba un montón nuevo de errores. Errores pequeños, absurdos, inútiles.
Así que está claro que ese método tampoco funciona.
Ayer, al final, me regalé una tarde entera de descanso sin pensar en las consecuencias. Necesitaba desconectar un poco.
Mark, Adele y yo fuimos juntos a hacer la compra. Creo que nunca los había encontrado tan irritantes.
—Sofia me hizo prometerle que le compraría compresas. El problema es que no sé exactamente cuáles. Se me olvidó hacerle una foto al paquete.
Hice una mueca.
—Pues podría comprárselas ella sola perfectamente. ¿Por qué tiene que encargarse su novio? A mí jamás se me ocurriría pedir algo así.
—Porque nunca has tenido una relación de verdad —saltó Adele.
—Bueno, yo no sé… —empecé, pero no me dejó terminar.
—Claro que no lo sabes —me cortó con sequedad.
Su voz cortó el aire a mi alrededor como una cuchilla.
Habría dejado pasar el tema. Si no hubiera seguido insistiendo.
—Dos adultos no necesitan ocultarse secretos infantiles. Los hombres saben que las mujeres tienen la regla. Y también saben que en el baño hacemos más cosas aparte de mear. ¿O de verdad crees que eso puede esconderse para siempre?
—No. Solo me parece poco romántico… —me defendí débilmente.
—Pues seguramente por eso no tienes pareja —soltó con malicia—. O mejor dicho —continuó, implacable—, por eso nunca has tenido una relación de verdad. Los polvos irresponsables no cuentan.
Las aletas de la nariz se le ensancharon y la boca se le afinó tanto que casi desapareció de la cara.
Solté el aire despacio y con fuerza.
Estuve a punto de soltarle que el padre divorciado del sexto probablemente me follaría con la misma irresponsabilidad con la que lo hacía Mark en su día, pero ya había decidido que no iba a contarles nada sobre él.
Y ahora menos todavía.
Además, Mark tampoco se lo merece. En vez de parar a Adele, desapareció entre las compresas. Tiró dos paquetes enormes al carrito.
Adele cogió uno y lo giró entre las manos.
—¿Esto es para un elefante o para tu noviecita diminuta?
Me mordí el interior de la mejilla para no echarme a reír.
No por Sofia. Por Mark.
Por fin le había caído encima aquello que Adele llevaba semanas guardándose. Aunque el asunto del cliente ladrón de coches se había calmado, la compra del restaurante de Dave le había vuelto a revolver por completo los nervios.
Lo que al principio parecía una idea brillante —y una inversión todavía mejor— empezaba a convertirse en un caos absoluto.
Así que, después de unas semanas más tranquilas, Adele volvía a atravesar una de sus “épocas difíciles”.
Aunque la querida abogada me había ofendido profundamente y yo tenía unas ganas tremendas de darle una patada al informático calzonazos debajo del carrito, decidí zanjar todos los temas de conversación horribles de una vez.
—Adele, por favor, decide ya de dónde pedimos la cena. Si hago el pedido mientras estamos en la cola de la caja, el repartidor llegará justo cuando nosotros lleguemos a casa.
Adele se encogió de hombros, todavía de morros.
—Pidamos al Rey de la Pasta. Necesito meterme una cantidad obscena de carbohidratos en el cuerpo.
—A mí también me vale —gruñó Mark.
Como si alguno de los dos tuviera derecho a ofenderse.
La verdad es que me alegró lo de la pasta. A esas alturas ya me daba igual echarle salsa picante a cualquier cosa y acompañarla con tragos enormes de gin-tonic.
Hasta metí una botella barata de ginebra en el carrito para que Mark no intentara volver a robarme de la botella rosa.