Ni me preguntes
Mia esperaba en la calle, cambiando el peso de un pie a otro y estirando el cuello para ser la primera en saludar a Rosita, una señora mayor y clienta habitual del salón. El pelo fino y teñido de rubio platino de la recepcionista se agitaba con la ligera brisa veraniega que subía desde el río. Con su blusa celeste y unos pantalones de lino un tono más oscuro, parecía colocada allí a propósito, solo para animar la monotonía de la calle.
Lara se preparaba dentro. Nico y Gael no empezaban hasta la tarde. En cuanto apareció la inconfundible figura de Rosita —un vestido veraniego malva, con botones, que le llegaba hasta los tobillos—, a Mia se le aceleró el corazón. Llevaba días pensando en Rosita y en su nuevo pretendiente. La vida amorosa de Rosita era mucho más movida e interesante que la de cualquiera en el círculo de amigas de Mia.
Pero no podía lanzarse de golpe con la pregunta. Necesitaba otra táctica para llegar antes al meollo del asunto: ¿seguía en pie el romance?
—¡Qué temprano has llegado! —Mia le tendió ambos brazos—. No me digas que te trajo el cartero en el coche —dijo con voz llena de segundas intenciones.
Rosita puso los ojos en blanco y agitó la mano con impaciencia.
—Ni preguntes —soltó de corrido—. ¿Cómo se dice ahora? Le estoy haciendo ghosting a ese hombre imposible —refunfuñó.
Y sin más, pasó de largo junto a Mia, ignorando por completo los brazos que le tendía. Le dio una palmadita en el hombro a la recepcionista y abrió la puerta de un tirón. Su mirada fue directa al marcador del aire acondicionado. Asintió, satisfecha. Mia se quedó mirándola boquiabierta.
—¿Todo bien? —preguntó Lara, al ver que Rosita había pasado de largo junto a Mia sin detenerse.
—Sí, digamos que sí. La cosa es, cariño, que ahora mismo no quiero hablar de hombres.
Lara ya conocía bien a Rosita. En momentos así había que sacarle las palabras poco a poco, como a una niña nerviosa: con paciencia y con delicadeza.
—Como tú quieras, Rosita —asintió—. Dejemos hoy a los hombres en paz. Y a las relaciones en general. Perdemos demasiadas palabras y demasiado tiempo en ellos. —Miró alrededor—. Menos mal que Gael y Nico no llegan hasta la tarde.
Una sombra cruzó el rostro de Rosita. La comisura de su boca se torció por un instante.
—Ah. ¿Gael no está? —Se le cayeron los hombros—. Mejor así, quizá...
—¿Es que también hay algún problema con Gael?
—No, para nada —contestó Rosita de inmediato—. Él es un encanto. No como ese idiota.
A Lara se le dispararon las cejas. Mia se acercó un poco más. Rosita se dejó caer en la silla y soltó, resignada:
—Está bien, os lo cuento: ese hombre es un bruto huraño, arrogante y estúpido.
Mia asintió, aprobando.
—Eso ya es decir algo. ¿Y todo esto es por él? ¿El héroe romántico del asiento del copiloto de tu cartero?
—Podría decir cosas peores —masculló Rosita.
Lara acercó a Rosita el barreño lleno de agua y, con suavidad, le sujetó el tobillo para ayudarla a meter el pie entre las burbujas.
—No me imagino qué habrá hecho.
—Me dijo —empezó Rosita, con voz dolida— que si yo fuera un poco más joven, hasta se casaría conmigo. Y yo le contesté que si él no fuera tan patán, hasta me habría casado con él. Y encima se puso él ofendido.
Se recostó, malhumorada, y cruzó los brazos. Mia le acarició con cariño el brazo, sintiendo la piel arrugada y suave.
—Anda, no dejes que una tontería así eche a perder una buena relación.
Rosita se encogió de hombros.
—Bah. No creo que de ahí salga nada. Es que tiene esa manía de creerse sincero, de decir siempre lo que piensa. ¡Menuda excusa barata! No, cielo, tú no eres sincero, eres un grosero y ya está. Ya sabes, de esos que empiezan cada dos frases con: "No te lo digo para herirte, pero..." O: "Créeme, te lo digo con la mejor intención..."
Mia y Lara movieron la cabeza, pensativas.
—En el fondo, algo de razón tiene —comentó Lara en voz baja.
El rostro de Rosita se iluminó.
—¿Ves? Imagínate que alguien se te acerca y te dice: "Lara, cariño, no quiero ofenderte, pero haces unas uñas francesas horribles." No sentaría nada bien, ¿verdad?
Lara asintió.
—Creo que no.
Rosita se incorporó de golpe. El movimiento brusco hizo que el agua se derramara. Mia se levantó de un salto y corrió a por la fregona.
—Perdona, cariño, es que estoy muy alterada. —Esperó a que Mia terminara de limpiar—. Ahora, si esa misma persona se acercara y dijera: "Oye, Lara, he aprendido una técnica buenísima. ¿Te la enseño?" Y luego te la enseñara, y a ti te gustara, hasta se lo agradecerías.
Mia soltó una risita.
—El otro día Vera me contaba que en su salón tuvieron que darse crítica constructiva unos a otros, y se armó un buen lío.
Rosita levantó los dos brazos al cielo.
—¡Eso es lo otro! La crítica constructiva. Insultos disfrazados de azúcar. No critiques, tonto, ayuda. Enséñale a alguien cómo sacarle más partido a algo, en vez de soltar comentarios que nadie pidió.
Se llevó la mano a la cara. Lara posó suavemente la mano sobre la rodilla de Rosita.
—Tienes toda la razón, pero ¿y si se lo dijeras a él?
Rosita negó con la cabeza, con movimientos rápidos y pequeños, con la mirada perdida.
—Ya sabes, cariño, puede que ese sea el camino correcto. Pero ya somos demasiado mayores para cambiar. Cuando a alguien se le ha metido en la cabeza durante tantos años que puede meterse con cualquiera en cualquier momento y llamarlo "sinceridad", ya no sabe contenerse.
Dibujó las comillas en el aire al decir "sinceridad".
—Y yo no pienso pasarme los últimos años tragándome insultos y comentarios.
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
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