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El salón – Parte 25

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Crítica constructiva

La templada lluvia de verano golpeteaba con suavidad y a un ritmo constante la puerta de cristal y el escaparate del salón. Los ojos adormilados de Mia se iluminaron al ver en el monitor que su primera clienta sería Vera. Por lo menos ella los espabilaría.

Nico preparaba en la diminuta cocina café con leche de avellana para los cuatro. Su aroma reconfortante llenó la parte delantera del salón. Gael había reservado el día para reorganizar la sala de masajes, y de allí salía un leve trajín. Lara llenó de agua el spa de pies y lo encendió. Su discreto zumbido ponía la tercera voz en el sosegado concierto de la mañana.

—Hazle uno a Vera también —le pidió Mia a Nico.

Desde la cocina no llegó respuesta, pero el chirrido inconfundible de la puerta del armario alto, seguido del agudo tintineo de una taza de porcelana, dejó claro que Nico ya estaba en ello.

Unos minutos después, Vera, alta y esbelta, ya resoplaba en el umbral. Dejó la puerta abierta tras de sí y sacó a la calle su enorme paraguas.

—Esta puta lluvia de mierda —refunfuñó—. Y no me vengáis con que si hace falta, con que si qué útil es. —Levantó la palma libre—. Lo sé, lo entiendo, pero tengo los putos zapatos empapados. —Alzó aún más la mano—. Está claro que podría haberme puesto otros, también soy consciente de eso, pero hoy tengo un humor de mierda y para eso solo pegan estos zapatos.

Salió con un pie a la acera, sacudió el paraguas a conciencia y lo clavó de un golpe en el alto y ancho paragüero de la esquina, entre la entrada y el sofá.

Lanzó el bolso entre los cojines decorativos y se dejó caer, gimoteando, en el sillón de pedicura.

Lara, como de costumbre y sin decir palabra, colocó el spa de pies delante de su fogosa clienta. Esperó a que Vera se desahogara y se relajara lo suficiente como para poder dirigirle la palabra.

Con una bandeja en la mano, Nico observaba cómo la joven profesora de educación especial se acomodaba. En cuanto los dos pies de Vera se sumergieron en el agua tibia y burbujeante, se acercó a la mesa de Lara y dejó las tazas delante de ellas. A Vera se le abrió la boca.

—¡Nico, no me lo puedo creer! ¿Encima me das café? ¿Y huele de maravilla? Tío, eres el mejor.

—Todo por los clientes. Sobre todo cuando están de mal humor.

Vera se tapó la cara con la mano.

—¡Ay, ni me lo recuerdes!

Agarrada a su café, Mia se acercó. Se sentó en el sofá de las clientas y no le quitó los ojos de encima a Vera. Lara se recostó en su silla.

—Mientras se te ablandan los pies, puedes contarnos qué te pasa. Y cuando termine de arreglarte las uñas, quizá hasta hayamos encontrado una solución.

—Uf —suspiró Vera con pesar—. La he cagado pero bien. Me tendieron una trampa y yo me metí de cabeza, bailando de alegría.

Mia apoyó los codos en las rodillas para acercarse todo lo posible. Se había olvidado hasta de parpadear.

—Venga, cuéntanos ya… —la apremió.

La profesora de educación especial cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

—Algún imbécil decidió que necesitábamos una dinámica de trabajo en equipo. —Tragó saliva con esfuerzo, con el cuello en una postura forzada—. La genial tarea consistía en apartarnos por parejas y hacernos una crítica constructiva. A mí me tocó una niñata joven que, por lo demás, no es mala tía y es bastante buena en lo suyo.

Se incorporó, cogió la taza y dio un sorbo. Arrugó la nariz al fruncir el labio superior. Pero no hizo ningún comentario.

—¿Salió mal? —preguntó Lara con dulzura.

Vera balanceó la cabeza de un lado a otro.

—Bueno, también se puede decir así. Primero le dije que aquello era una chorrada y que no pensaba soltar ninguna crítica, porque cada uno hace su trabajo lo mejor que puede. Lo importante es que los niños progresen y, además, se lo pasen bien. Ella se empeñó en que era una oportunidad estupenda, que esa era la mentalidad moderna y que todo el mundo tenía que ser superabierto y supersincero. Luego añadió que, en su opinión, soy una profesional cojonuda, que los peques me adoran, pero que no me vendría mal lavarme la boca con jabón de vez en cuando. Y, entre risitas, remató: «No es que haya jabón suficiente en el mundo para una boca tan espectacularmente sucia».

Lara, Nico, Mia y Gael, que escuchaba desde la sala de masajes, soltaron al unísono un grito de indignación.

—¿Estás de broma, no? —protestó Mia, como si desde primera hora de la mañana no hubiera salido ni una sola palabrota de los labios de Vera.

—¡Qué va! Y la pobrecilla se llevó de mí todo lo que, lo juro, ni yo misma sabía que pensaba de ella.

—Uy, uy, uy —murmuró Nico contra la palma que se había puesto sobre la boca.

—Ni te imaginas… Le dije a la pobre desgraciada que si de verdad se creía que podía pasarse el día zampando ajo, huevos y conservas de pescado, ventilándose los cafés de dos en dos, entonces ese chicle asqueroso de manzana verde, que ya de por sí da náuseas, no bastaba ni de lejos. Para neutralizar el olor haría falta como mínimo el jabón del que hablaba ella. Y yo, imbécil, encima le solté que seguro que por eso los niños avanzan tan bien con ella: porque huyen de la vieja que apesta a pozo negro.

Soltó un gemido desesperado. Lara se desplomó sobre su mesa. Le parecía a la vez horrible y graciosísimo, pero no se atrevió a reír. Mia apretó los párpados con fuerza, angustiada, como si así pudiera ahuyentar la escena que se representaba en su imaginación. Y Nico se escabulló a la cocina.

—¿Y ahora qué? —preguntó Lara en voz baja cuando consiguió recomponerse más o menos.

Vera apretó los labios hacia dentro y clavó la vista, vidriosa, al frente.

—Les dije a los jefes que, si no quieren sumar al llanto de los niños los lloriqueos de una adulta, que me dejen fuera de estas gilipolleces. Estuvieron de acuerdo, así que la dinámica de esta tarde me la ahorro. Es más —añadió sonriendo—, han metido en el reglamento que antes de cada sesión hay que lavarse los dientes y, si hace falta, ducharse.

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.

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