Poniendo las cartas sobre la mesa
Hasta que termine el proyecto, Ben y yo no nos vemos, solo hablamos por teléfono. Unos días más y se acabarán las madrugadas trabajando, la falta de sueño y el estrés constante.
Claro, todavía tenía que haber un poco de drama al final: alguien de la operadora hizo mal los cálculos, así que esta última semana voy a recibir un cincuenta por ciento más de material del que habíamos acordado.
Thessa ya ha montado el numerito necesario para que le paguen la disponibilidad extra, además de todo lo demás que ha podido sacarles. Aquello no me dejó muy tranquila. Cuando fui yo la que metió la pata, ellos no se pusieron a dar golpes en la mesa, aunque prácticamente dejé sin entregar el trabajo de un día entero.
Le propuse a Thessa que, por una vez, fuéramos nosotras las generosas. Pero ella me salió con que la operadora lo pagaba todo con el dinero de una subvención y que el papel lo aguanta todo. Seguro que tenía razón, pero aun así alguien de su lado acabaría saliendo perjudicado. O eso pienso yo.
Da igual. Dejaré que los peces gordos lo resuelvan entre ellos. Por mi parte, cuando la jefa de proyecto de la operadora llamó para disculparse una y otra vez, le dije que no pasaba nada, que de todos modos le debía una. No se lo conté a Thessa. Que ella quede como la gilipollas y yo como la buena.
Por cierto, ya me he acostumbrado del todo a trasnochar. Antes de las dos y media de la madrugada no sería capaz de dormirme ni queriendo.
Así que Ben me llama cada mañana y cada noche. Me llama «preciosa», y yo me derrito. Me encantaría ponerle un apodo cariñoso yo también, pero no me sale. Soy incapaz de decir ñoñerías, aunque en su boca no suenan a ñoñería para nada. De alguna manera, nada de eso me sale por la boca, y eso que le he dado muchas vueltas a qué apodo ponerle. Con cosas como «cariño», «cielo», «conejito» u «osito» me da repelús.
Intenté partir de lo que más me gusta de él. Pero resulta que son su determinación y su polla —o, mejor dicho, su polla y su determinación—, así que lo tengo complicado. No puedo llamarlo Flácido ni Máquina de Follar…
Por cierto, su determinación se nota en todos los ámbitos de la vida. Insistía en hablar de mi familia. Ya había conseguido quitármelo de encima una vez, pero una noche no pude escaparme de sus preguntas.
—¿Por qué no me hablas de tus padres? ¿Te hicieron daño? Puedes contármelo, de verdad. Déjame ayudarte —ronroneó al teléfono.
Lo malo de esa voz es que cuesta resistirse. Además, no quería que se preocupara por mí. Comencé mi confesión con un suspiro enorme.
—Mi padre tenía una adicción al alcohol. Murió hace poco. Su cuerpo no pudo más.
—Lo siento. Pero es una forma muy bonita de decirlo. —Guardó silencio un momento, pero noté que aquello no le bastaba—. ¿Te hizo daño?
¿Por qué lo pregunta todo el mundo? ¿Por qué todos dan por hecho que quien bebe es una bestia violenta?
—No, qué va. Nunca.
—Entonces, ¿qué?
—¿Qué de qué?
—¿Cuál era el problema?
Si fuera tan sencillo… Estaba sentada en el balcón, con las luces de la ciudad nocturna a mis pies, como si no estuviera hablando con mi flamante novio, sino que me interrogaran en un sótano oscuro. Me aferré con todas mis fuerzas al reposabrazos de la silla.
—La verdad es que no lo sé. Era encantador, gracioso, pero claro, siempre olía bastante mal, el pobre. Mi madre y él tampoco discutían, o al menos yo no los oía. Pero en un acto del colegio, cuando me dieron un premio delante de todos los alumnos y profesores, decidió que no iba a esperar a que volviera desde el estrado del director hasta mis compañeros: salió corriendo hacia mí y se puso a bailar a mi lado, entre vítores. Ya sabes… con la corbata torcida, la camisa arrugada y toda descolocada. Quise que me tragara la tierra allí mismo.
—Ay, Dios mío, pobrecita —susurró.
Habría querido dejarlo ahí, pero por alguna razón a Ben no le bastaba. Necesitaba saber a toda costa qué pasó después.
—Mi madre me sacó del colegio, me llevó a otro y se divorció de mi padre. Normalmente era él quien venía de visita. Yo no podía ir a su casa, por si se emborrachaba y pasaba algo. Bueno, mi madre tenía miedo de eso, yo no. De que pasara algo, quiero decir. De adulta fui a verlo varias veces, pero para entonces ya bebía sin parar. Pasó los últimos dos meses de su vida en el hospital. Uno en medicina interna y el otro en la unidad de larga estancia.
—¿Y por qué se estropeó tu relación con tu madre?
Tenía unas ganas enormes de decirle que no era asunto suyo, joder, pero no podía. Tiene razón, necesita saber con qué clase de mujer quiere unir su vida. Mejor quitárselo de encima cuanto antes, solo que no suelo hablar de esto. Mis amigos tampoco me presionan. Saben que es un tema delicado y lo respetan.
—Le guardo rencor por haber tirado la toalla con mi padre.
—¿A qué te refieres?
A esas alturas, Ben ya ni siquiera guardaba las formas. Quería saberlo todo, y ya. Supongo que, después de todo, lo que más me gusta de él es su polla.
—Como mi padre no era violento, ella podría haberlo ayudado de verdad a quitarse de la bebida. Vamos, que no bebía porque fuera feliz. A lo mejor fue justo mi madre quien lo hizo desgraciado.
—¿Alguna vez le has preguntado todo eso?
—¿A quién?
—A tu madre.
La forma en que pronunció aquellas dos palabras —tu madre— me erizó el vello de los brazos.
—No, qué va. ¿Para qué? Nunca hablaba del tema, solo hacía comentarios, y eso lo odiaba. Claro, vale, es verdad que apestaba y que todos sus pensamientos giraban en torno al alcohol, pero aun así.
—¿Y cómo es que no tienes hermanos? —preguntó, cambiando de tema de repente. O quizá también eso figuraba en su lista de asuntos por aclarar.
—No lo sé, nunca lo he preguntado. Estaba bien sola.
—Mm.
Ese «mm» sonó bastante raro. Al parecer, no había dado la respuesta correcta. Crecí sin hermanos. Para mí, eso era lo normal.
—¿Y tú? ¿Qué me cuentas? ¿Cómo es tu relación con tus padres?
Casi podía ver su sonrisa orgullosa.
—Mi padre es muy mayor y está enfermo, necesita atención las veinticuatro horas, así que tuvimos que ingresarlo en una residencia. Es un sitio estupendo y lo cuidan perfectamente. Mi madre tampoco es joven: tuvieron hijos relativamente tarde. Ella, por suerte, está bien, pero le cuesta moverse.
Joder, entonces nuestros hijos apenas tendrán abuela. Con la mía no puedo contar, y la suya físicamente no podrá con ello. No son buenas noticias.
—¿Y tus hermanos?
Soltó una risita baja y satisfecha.
—Tengo una hermana pequeña que vive en el extranjero. Ya la conocerás, es una belleza. Tiene una escuela de modelos en Italia. Ella misma fue modelo durante años. Guapa y rica. El sueño de cualquier hombre.
Tragué saliva. Genial. Ya no me apetecía una mierda seguir con la conversación después de enterarme de que en la familia de Ben todos eran maravillosos y de que el sueño de cualquier hombre era una mujer guapa y rica.
Y yo no soy nada de eso.
—Estoy deseando verte —suspiré.
En ese momento no era verdad, pero tenía que poner fin a todo aquello.
—Yo también, preciosa. No te imaginas cuánto. Pero ya lo verás el sábado que viene, porque te tengo preparada una pequeña sorpresa.
Un cosquilleo agradable me recorrió el cuerpo, pero al mismo tiempo algo pesado me oprimía el pecho. Por favor, que no se acerque otra mierda. Espero que sea solo el recuerdo de la fiesta en el castillo y que por eso mi cuerpo esté reaccionando de una forma tan tonta. Ahora quiero ser feliz, sin una sola nube en el cielo. Me lo he currado. En todos los sentidos de la palabra.
Adele mandó un mensaje a todos diciendo que su examen de acceso a la abogacía es el veinte de septiembre y que hasta entonces nos olvidemos de que existe. Mientras tanto, no pude contenerme y encargué la barra de bar con sus cuatro taburetes. Los operarios vienen a principios de mes. Aunque surja algún imprevisto, estará lista con mucho margen antes de que Adele se examine. No se lo diré a nadie: simplemente invitaré al grupo a celebrarlo, y será mi regalo para la nueva abogada.
Después de eso, seguramente acabaremos quedando aún más en mi casa. La verdad es que ni me importa. Me gusta ser el centro de atención.
Aun así, por ahora mantengo separados a mis amigos y a Ben.
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
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