Una relación adulta de verdad
Parece que de verdad tengo una relación de adultos. Es cierto que nos llevamos bastantes años. Conseguí averiguar por el contrato que tiene cuarenta y cuatro. Pero quizá sea lo mejor. Hay parejas felices con una diferencia de edad todavía mayor que la nuestra. Con hijos y todo.
A esta edad los hombres ya han dejado atrás las tonterías, la etapa de buscarse a sí mismos y de cazar conquistas. Hoy en día, un hombre no madura de verdad para formar una familia hasta pasados los cuarenta. Para entonces ya tiene una vida estable, paciencia para una relación seria y para los hijos. A un hombre, en el fondo, le da casi igual cuándo se convierte en padre.
Si todo sale perfecto y, digamos, dentro de un año decidimos formar una familia, Ben tendrá sesenta y cinco cuando el mayor cumpla veinte, y yo cuarenta y nueve. Me parece totalmente manejable. Al segundo lo querría uno o dos años después del primero, para que ninguno de los dos parezca su nieto en vez de su hijo cuando estén junto a él.
Como encajamos a la perfección, en cuerpo y alma, es muy posible que dentro de un año, por estas fechas, ya me esté acariciando la barriga. Además, podría aprovechar muy bien mis conocimientos en su negocio. Y más adelante hasta podría meterme en la empresa. Sobre todo una vez que ya sea su esposa y la madre de sus hijos. Con eso quedaría asegurado el futuro de los dos niños, y yo nunca más tendría que preocuparme por el dinero. Vale, tampoco es que lo hubiera hecho hasta ahora, pero un cincuenta por ciento de una empresa de ese tamaño… ¡Madre mía! Se me pusieron los pelos de punta solo de pensarlo. Millones cayendo en mi cuenta cada año…
Esta semana nos vimos dos veces, porque dijo que no quería causarme problemas en el trabajo. ¡Qué actitud tan madura, además!
Aun así me he retrasado un poco, porque todo el rato me sorprendo soñando despierta. Me imagino nuestro futuro juntos, a nuestros hijos preciosos, las vacaciones exóticas, los quince días de esquí… Y luego acabo trabajando hasta el amanecer. Cuando termino, no puedo resistirme a salir a la terraza con una copa. Ahí me quedo, dando sorbitos despacio a mi gin-tonic rosa, dejando volar la imaginación. Esta semana he dormido una media de cinco horas. Da igual. Soy joven, es el momento de disfrutar cada instante de la vida.
El martes me llevó a comer. Madre mía. Todavía se me enciende el cuerpo entero solo de recordarlo.
Vino a buscarme al mediodía y bajamos hasta el puerto. Ya había reservado mesa en uno de los restaurantes. Caminamos hasta allí desde el coche, de la mano. Yo iba a su lado tan, tan orgullosa. Ben es tremendamente atractivo, y las mujeres se derriten por él. ¡Y es mío!
Apenas nos habíamos sentado cuando ya teníamos a dos camareros encima, dispuestos a darnos el mejor servicio posible. Ben les dijo que pediríamos ahora, pero que antes teníamos un asuntillo pendiente. Que volveríamos en exactamente cuarenta y cinco minutos y que para entonces todo debía estar en la mesa.
—Y ahora vamos, no perdamos el tiempo —me susurró al oído.
No tenía ni idea de qué se le había ocurrido, pero mi cuerpo ardiendo probablemente lo intuía. Me arrastró deprisa hacia su yate. En cuanto vi el barco, un cosquilleo ardiente me recorrió entera. A partir de ahí todo se sintió casi como una experiencia extracorporal. Estaba tan desbordada por la emoción que era incapaz de procesar lo que pasaba.
En uno de los camarotes ya nos esperaba una cama abierta, lista para que Ben me hiciera suya mientras preparaban la comida. No sé qué me excitó más, si él o esa forma de vida deslumbrante. En cualquier caso, volvió a ser increíble. Después seguí temblando un buen rato, como una hoja al viento.
Durante la comida no paramos de reírnos pensando en cuánto más nos habíamos ganado ese plato que la gente que se pasa casi una hora sentada, esperando a que se lo sirvan. Nosotros sí que nos lo habíamos currado ese día.
—Cuando termine tu proyecto, te tomas una semana libre y vamos a visitar a nuestras familias —dijo entre el postre y el café.
Me quedé paralizada un instante.
—¿Qué familias? —pregunté, insegura.
Ben me tomó las dos manos y me acarició suavemente la muñeca. Se sacó un pie del zapato y lo deslizó despacio por mi pantorrilla y mi muslo, hasta el punto más sensible. Bajé la cabeza para que nadie viera cómo se me entreabrían los labios.
—A mis padres, a los tuyos y a nuestros hermanos —enumeró, como si tal cosa.
Con el dedo gordo del pie trazaba círculos lentos.
—No sé —gemí, casi sin voz.
—No pasa nada —murmuró—. Ya lo organizo yo.
Le agarré el pie enseguida, para no gemir y hacer el ridículo. Quizá podría haberme tapado la cara para que nadie me viera, y dejarme llevar por el momento, pero la vergüenza que llevo tan metida dentro no me lo permitió. No lo solté hasta que me calmé un poco.
Después no se volvió a hablar de esa idea horrible. Espero que se le olvide antes de que acabe agosto. De momento no quiero hablar de mi padre alcohólico. Ni siquiera ahora que ya está muerto y no puede hacerle daño a nadie. Y de mi horrible relación con mi madre, ni hablar. Llevamos juntos una semana. Todavía estamos en la nube rosa, no en la gris realidad.
El jueves volvimos a vernos, y por suerte tampoco salió el tema. Ese día me llevó a un brunch en un hotel de lujo. Vete a saber cómo, otra vez terminamos primero viendo una habitación y comprobando si el colchón era de buena calidad…
Nunca había estado en un hotel de lujo. Ni en un brunch.
Ya que salió lo de mi padre, seguro que se habría sentido orgulloso de mí por beber champán antes del mediodía. Ben no bebió porque conducía, pero yo no pude resistirme a la experiencia. Tampoco quería. Solo tomé una copa, pero sentó de maravilla.
Vinieron varias personas a saludarnos. Parece que Ben conoce a más gente todavía de la que yo pensaba. Creo que estuve todo el rato pegada a él, con el pecho hinchado de orgullo. Es una pasada que, de entre todas las mujeres del mundo, me eligiera a mí. ¡Y es mío!
Además, se nota clarísimo que está orgulloso de mí. Le encanta presentarme a la gente. Me derrito cada vez que dice: «Esta es mi chica».
Soy la novia de un empresario millonario…
—El sábado que viene estamos invitados a una reunión con unos amigos —me dijo al aparcar delante de mi casa, justo cuando iba a abrir la puerta del coche.
—Ah.
No conseguí decir nada más. La noticia me descolocó un poco. ¿Eso significa que ya le ha hablado de mí a sus amigos?
—Va a ser una barbacoa chula en el castillo de uno de los chicos —dijo, con la naturalidad de quien habla de lo más normal del mundo.
Un chico con castillo. Bueno… Si Mark y Sofia se lo curran, todavía tienen alguna posibilidad de conseguir, como «chico» y «chica» normales, una propiedad tan impresionante. Ganan bastante, aunque tampoco vendría mal alguna herencia familiar. O una subasta que, por una vez, no estuviera amañada, y en la que los únicos rivales fueran gente en una situación económica mucho peor que la suya…
Así que, por un lado, estoy locamente feliz y orgullosa de vivir por fin una relación de verdad, de adultos, y por otro, claro, me da miedo todo lo que eso implica. ¿Qué dirán sus amigos de mí? ¿Les caeré bien? ¿Y su madre? ¿Es esta la nuera que quería? ¿Puede imaginarme como la madre de sus nietos? Un año pasa en un suspiro, y después vamos a pasar mucho tiempo juntas por los niños. Ben es bastante refinado, seguro que lo educaron bien, así que supongo que su madre será una abuela entregada.
Al fin y al cabo, tendrá que venir a ayudar después del parto, cocinar de vez en cuando y esas cosas. Tendremos empleada de hogar, claro, así que de eso no tendrá que ocuparse, pero al menos debería estar dispuesta a moverse por la cocina. Aunque, conociendo a Ben, seguro que contrata a un cocinero para esa temporada, o le pide a algún amigo dueño de restaurante que se ocupe de nosotros.
Qué maravilla sería que durante unas semanas nos trajeran la comida de un restaurante de lujo… ¡Uy, por eso hay que brindar!
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
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