Corazonadas
Mark dice que la intuición no existe. Según él, solo tiene malos presentimientos constantes la gente que ya de por sí «se amarga con cualquier chorrada». A partir de ahí deja de ser un pensamiento siniestro ligado a algo concreto y se convierte en la típica «mierda autodestructiva» a la que esa persona se ha enganchado. La persona, o sea, la mujer. Los hombres no se complican tanto la vida.
Bueno, tiene razón en que soy mujer. También la tiene en que hay una vocecita que grazna en mi cabeza con bastante frecuencia. Aun así, cada vez que me ha invadido ese miedo que aprieta la garganta, pesa en el pecho y tensa los hombros, después siempre ha resultado que tenía un motivo.
Podría hacerle caso de una vez y decir: «Vale, gracias por el aviso. No lo mando / no voy / no lo digo / no me acuesto con él».
En cambio, parece que todavía necesito comprobar si tiene razón Mark o la tengo yo, que llevo veintiocho años conviviendo conmigo misma. Me encantaría decir que me merecía lo que pasó, por seguir dudando de mis propias señales de alarma después de tanto tiempo. Pero no lo digo, porque nadie se merece eso.
El viernes por la mañana repasé el armario y llegué a la conclusión de que no tenía nada que ponerme para una barbacoa en un castillo. Llamé a Adele, que a pesar de estar centrada por completo en el examen de septiembre, aceptó encantada acompañarme de compras.
Cuando llegué al centro comercial, ella ya llevaba un buen rato mirando el género en la tienda de ropa de fiesta. Me recibió con los ojos brillantes y las mejillas encendidas.
—¡Ya te he apartado dos vestidos! —chilló.
La dependienta —mascando chicle con la boca entreabierta, embutida en un traje blanco impoluto, seguramente convencida de que trabajaba en un sitio mucho más elegante de lo que era— nos repasó de arriba abajo, primero a Adele y luego a mí.
—Más bajito —susurré.
No soporto esas situaciones. Adele se encogió de hombros. A ella esas cosas no le afectan lo más mínimo. Me metió a rastras en el probador, donde me esperaban dos vestidos de cóctel, uno verde césped y otro negro. Me quedé paralizada al verlos, de lo elegantes que eran.
—¿Va en serio? ¿Crees que tengo que ir con algo así?
—¿A un castillo? —saltó Adele—. ¿Qué te habías imaginado? ¿Un chándal?
Me tapé la cara con las manos. Las uñas se me clavaron en la frente.
La dependienta apareció detrás de nosotras con un suspiro de impaciencia.
—¿Necesitáis ayuda? —preguntó sin ninguna gana.
Por lo menos preguntó. Por muy antipática que me pareciera, en ese momento era nuestra única esperanza.
—¡Sí, por favor! —gemí—. Es para una barbacoa.
Levantó las cejas y sujetó entre los dientes su chicle azul, ya reventado de tanto mascarlo.
—Barbacoa... vestido de cóctel... Puf.
Puso los ojos en blanco con tanta fuerza que hasta la cabeza le siguió el movimiento.
A Adele se le endureció la cara y se le dilataron las aletas de la nariz.
—Exacto —respondió—. Una barbacoa en un castillo.
Sus palabras sonaron secas y cortantes.
La dependienta frunció los labios. No supe distinguir si estaba pensando en el conjunto adecuado o en cómo mandarnos a la mierda. Dio media vuelta y se dirigió al perchero del fondo de la tienda, junto al escaparate, pasando prendas blancas y color crema con gestos impacientes.
Repasó dos o tres veces el último tercio del perchero y, por fin, sacó unos pantalones cortos de color crema, de tela con un brillo sedoso, y una blusa sin mangas de un tono ligeramente más claro, con un lazo de extremos largos en la parte delantera. No me atreví a decir nada. El contraste entre los vestidos que había elegido Adele y el conjunto que tenía la dependienta en las manos era considerable. Me limité a asentir y entré al probador. Antes de que Adele pudiera reaccionar, corrí la cortina. Quería verme yo primero.
Nunca había tenido nada parecido, y jamás se me habría ocurrido ponerme algo así. Pero tuve que admitir que quedaba tremendamente elegante, aunque el lazo, en mi opinión, era más propio de una señora mayor. De esas de más de cincuenta.
Adele dio una palmada al verme.
—¡Joder, qué fuerte! —Y se giró hacia nuestra ayudante rumiante—. ¡Vaya ojo que tienes!
La chica torció una comisura de la boca, indiferente.
—Voy a por los zapatos a juego.
No quiero ni hablar de los precios. Hice un pacto conmigo misma para borrarlos de la memoria al instante. Es una inversión en mi futuro y punto.
Así que, el sábado...
Teníamos que estar allí a mediodía. Por suerte, aunque el castillo era realmente impresionante, apenas tenía una cuarta parte del tamaño que yo había imaginado. Bien podría considerarse un palacete. Al final resultó que era un edificio de más de cien años que habían reformado y ampliado. La parte antigua había conservado su forma original; por dentro lo habían modernizado. El castillo estaba lejos de la ciudad, en pleno campo. No había otra casa a la vista en kilómetros a la redonda.
Saltaba a la vista que se habían gastado una fortuna en la reforma, pero a la hora de diseñar el jardín debió de faltarles imaginación. El césped y las plantas estaban impecablemente cuidados, pero no había ni una sola flor de color. Solo arbustos verdes y árboles ornamentales rodeando el edificio. El aparcamiento, en cambio, era del tamaño de uno pequeño de centro comercial. Calculo que cabrían cincuenta coches sin problema.
Apenas pude bajarme del coche. Al llegar, las piernas me pesaban como plomo. Se me habían entumecido los dedos y respirar me dolía de verdad. El aire que tragaba me pinchaba no solo en la nariz, sino también en los pulmones. Como si en vez de oxígeno hubiera aspirado hielo.
No habíamos llegado aún a la puerta principal cuando apareció de la nada una mujer con el pelo recogido en dos trenzas. Vino corriendo hacia nosotros con los brazos abiertos.
—¡Cariño! —chilló.
Ver sus pantalones cortos vaqueros, que apenas le tapaban el trasero, y su top negro sin mangas me alivió un poco, pero no me duró demasiado. Se lanzó a los brazos de Ben, literalmente saltó sobre él y le rodeó la cintura con las piernas.
Me mareé solo de verlo.
—¿Cuántas botellas de champán llevas desde esta mañana, Cecilia? —se rió Ben.
Ella bajó de un salto, fingiéndose ofendida.
—Eres un capullo —graznó.
Se me revolvió el estómago con el fuerte olor a alcohol que me llegó. Las bolsas hinchadas y rojas bajo sus ojos, y las venas marcadas alrededor de la nariz, hablaban por sí solas. Habiendo crecido con un padre alcohólico, detecto a un adicto a kilómetros. Ese olor tan penetrante solo confirmaba que ese día ya había mirado bien el fondo de más de una copa.
Ben carraspeó.
—Te presento a Emily.
La mujer me tendió la mano, pero no me miró a los ojos. Su mirada se deslizó por encima de mi cabeza. Lo achaqué a la borrachera. Ben se marchó de repente con pasos apresurados, dejándome sola con Cecilia.
—Cuando tú todavía jugabas con muñecas, yo ya me montaba en la polla de tu novio —soltó con una risita chillona—. Si necesitas algún consejo sobre cómo satisfacerlo, solo tienes que pedirlo.
Dicho esto, me dio una palmada en la espalda y salió corriendo detrás de Ben. Si hubiera tenido las llaves del coche encima, juro que habría desaparecido en ese mismo instante. Pero no me quedó otra que seguirlos. Por suerte, Ben se detuvo en la entrada y me esperó. Quería con toda mi alma contarle lo que había pasado, pero él ya estaba escaneando la multitud, emocionado. Porque había una cantidad brutal de gente. Ante tanta gente, además de ganas de llorar, sentí náuseas.
El «chico», el marido de Cecilia, era un hombre de unos cincuenta años, de cuello arrugado y sonrisa fácil. Ben, por lo visto, era el más joven de todo el grupo. Lejos de la barbacoa, un grupo de mujeres —claramente entradas en años pese a alguna que otra ayuda de cirugía— se reía a carcajadas. No podía dejar de pensar que hablaban de mí. Sobre todo cuando Cecilia, sujetando una bandeja, se acercó a ellas con pasos inseguros y gritó:
—¡Venid a ver a la nueva de Ben! Creo que ni hace falta que nos aprendamos su nombre.
Su marido se pasó la mano por el pelo teñido y abundante con una sonrisa incómoda.
—No le hagas mucho caso... Cecilia se mete con todo el mundo —dijo, quitándole importancia.
Creo que asentí. Mientras tanto, mi cuerpo se había puesto rígido como un poste y sentía que era incapaz de moverme. Y todo esto apenas unos minutos después de llegar.
—Tranquila —me susurró Ben al oído—. Cecilia no lo dice en serio. Le he traído champán rosado, es su preferido. Dáselo tú. Créeme, así te la ganas.
Sinceramente, no sé cómo sobreviví. Todo aquello fue una tortura. En un momento dado, por suerte, caí en una especie de apatía. De las horas siguientes solo recuerdo caras borrosas, retazos de risas y alguna que otra conversación breve y educada. Y el instante en que me pillé mordisqueando el borde de la copa. Solo espero que nadie lo grabara para pasárselo luego entre ellos.
Cuando Ben me llevó a casa y paró delante de mi portal, se me escapó:
—¿Te has acostado con esa mujer?
Los dedos de Ben se tensaron sobre el volante.
—¿Qué más da lo que pasara antes?
—Porque me ha recibido ofreciéndose a darme consejos sobre cómo satisfacerte, ya que ella se acostaba contigo cuando yo todavía jugaba con muñecas —le espeté con voz llorosa.
Ben negó con la cabeza.
—Perdona, pero no me lo creo. A lo mejor solo estaba bromeando con algo y lo malinterpretaste...
Me ardía la cara y apenas podía respirar.
—No pensarás que estoy mintiendo, ¿verdad?
—No —contestó con frialdad—. Cecilia es así. Hay que aceptarla tal como es. Un poco bocazas, un poco burlona. Ya haréis buenas migas. ¿Subo? —preguntó como si nada de lo ocurrido tuviera la menor importancia.
Me quedé mirándolo con la boca abierta y los ojos como platos. Metí la mano bajo el muslo y me clavé las uñas en la piel para recomponerme.
—Todavía tengo que trabajar —susurré.
Se inclinó y me dio un beso suave en los labios.
—Vale. Te llamo mañana. Y tú no te lo tomes tan en serio. Les has encantado, créeme.
Esta mañana hemos hablado un buen rato por teléfono. Creo que me he calmado algo. Al fin y al cabo, puede pasar que me cruce con alguien con quien Ben haya estado antes. Las mujeres han ido y venido en su vida, y nunca lo ha ocultado. Podría haberme hablado de Cecilia antes, pero entonces seguro que no le habría acompañado a la fiesta. Aun así, como forma parte de su grupo de amigos, tarde o temprano habría tenido que enfrentarme a esta ansiedad de todos modos. Al menos ya ha pasado. Además, Mark y yo también seguimos siendo amigos.
Así que nada. Creo que no tengo derecho ni a abrir la boca.
¿Quién es Sonja Blonde?
¿Tienes curiosidad por saber quién está detrás de estas historias? Te cuento cómo mi pasión se convirtió en mi profesión y por qué escribo precisamente este tipo de historias.
Nuevos episodios los lunes y jueves: El diario de Emily y El salón →